diciembre 25, 2005

Día Setenta y Dos


Por supuesto, Joan no me esperaba. El día en el que él había ordenado asesinar a Drezner, se había cuidado mucho de no permanecer cerca del lugar del incidente. Simplemente, aquel día había salido a pasear, dejándole órdenes expresas a uno de sus hombres para que hiciera el trabajo sucio. Al regresar de su paseo, se había encontrado con el inesperado panorama, un par de horas después de sucedido el incidente.
Esta vez, sin embargo, el “panorama” era diferente.
Cuando Joan regresó del bosque, se había dirigido directamente hacia su casa. Había abierto la puerta. Y se había encontrado frente a su hermano. Frente a mi.
“Esos hombres del gobierno que buscan la fórmula vienen hacia aquí. Llegaran antes de media noche. Saben exactamente quién la tiene, dónde encontrarle y su descripción física. Carlos sabe quién eres y, si es necesario, les ayudará a encontrarte. Ni todos tus hombres te pueden librar esta vez. Si te encuentran, les importará poco lo que les digas. Te sacarán la fórmula de esa bebida aunque con ella hagan sopa de legumbres. Sólo te queda por hacer una cosa, hermanito”.
Joan se echó hacia atrás, fingiendo incomprensión.
“¿Qué has hecho?. ¿En qué demonios estás pensando? El 32 de Diciembre…”
“El 32 de Diciembre ya ha pasado, Joan. Y he vuelto. He ganado. Y de esa manera le he salvado la vida a Drezner y te he condenado”, dí un par de pasos hasta llegar frente a él. Le habría matado en aquel instante. “Soy lo que más temes en este mundo. Huye”.
No podía matar a aquel que se hacía llamar “mi hermano”.
Pero no me importaba hacerle daño.
Joan desapareció bastante antes de que los hombres del Gobierno llegaran. Se fue con aquellos tipos de negro que siempre le acompañaban. Lo último que recuerdo es su mirada de odio. Supe entonces que volvería a verle. No imaginaba entonces que verle o no poco importaría en las siguientes semanas o años.
Cuando Barba llegó, los habitantes del pueblo le dijeron por donde se había ido Joan. No exactamente, pero de una manera bastante aproximada. Emprendieron su búsqueda. A día de hoy, no sé aún si lo encontraron o no, ni qué ha sido de todos esos tipos encorbatados que dirigían La Cruz por todo el país. Ni de los de esa facción del Gobierno, liderados por Barba. Como dije hace un momento…todo eso no importa en absoluto.

*************************************************************************

Hemos celebrado la Navidad (otra vez). Pero ahora, de una manera mucho más tranquila. Nadia está viva, y si no me equivoco, está incluso algo más que viva. Aunque en esta nueva realidad nunca llegó a morir, aquella mujer que yo conociera en SegCom parece haber renacido. Toda la fuerza que llevaba en ella, se ha unido a la confianza que depositó en mi desde un principio. Y eso ha hecho que cada vez sea más apreciada en el pueblo, hasta el punto que, como figura en sí misma, está sustituyendo al desaparecido Joan ante los ojos de sus habitantes. Siempre ha sido una líder nata, lo recuerdo desde que era mi jefa en SegCom…En unos días que ahora se me antojan cada vez más lejanos, como si pertenecieran a una vida pasada…algo que no deja de ser cierto, de alguna manera.
Drezner y Angela han pasado la nochebuena y la navidad con nosotros. Creo que el verle vivo me ha dado una nueva vida, pero sigo pensando, sintiendo, que algo falta, o falla, en todo esto, y aún no sé lo que es. A veces pienso que debería o deberíamos volver a La Ciudad y reanudar la vida que llevábamos antes, que debería buscar un trabajo y empezar una nueva vida al lado de Nadia. Ninguno de los dos tendríamos problemas para conseguirlo. Han pasado muchas cosas y estamos más unidos que nunca. Sin embargo, este pueblo me sigue llamando, me siento vivo en él. Y sus bosques, y las montañas que le rodean, en las que puedo entrenar y correr todos los días. He hablado con Drezner de preparar el maratón de Nueva York para el año que viene. Está encantado. Me dice que tiene la seguridad de que todo irá maravillosamente, que puedo terminarlo sin problemas y haciendo una buena marca incluso…Si yo le contara…


*************************************************************************


Mañana es Fin de Año. Sé que a partir de ahora todo será normal. El 32 de Diciembre quedó atrás, y no volverá a haber otro. La razón de su existencia era que la profecía se cumpliera, y se ha cumplido. Pero no tiene sentido que el objetivo final de todo esto fuera salvarle la vida a Drezner, Nadia y a los habitantes de un pueblo perdido en medio de las montañas. Tiene que haber algo más.
Coincidiendo con el fin de año, ha llegado una nueva familia al pueblo. Les conozco, aunque eso no me sorprende. Un matrimonio y sus dos niños pequeños. Les conocí en SegCom, y huyendo de la vida en la gran ciudad, como muchos otros, han venido hasta aquí. El caso es que se han instalado en la casa de Joan, y al deshacerse de algunas de sus cosas, me han entregado algo que yo tenía olvidado.
El Libro.
El Libro está escrito en una lengua extraña. Ni Joan ni nadie la conocía. Había rumores en Internet. Había una profecía que se transmitió oralmente de generación en generación.
Todo eso es parte del pasado. Ya no importa.
Estoy sentado en el pequeño banco que hay frente a mi casa. Puedo ver a Nadia sentada frente a su ordenador, en la ventana del piso superior. Le encanta organizar, y está organizando la vida en el pueblo, las fiestas de año nuevo, todo lo que pueda ser organizado…Algunos vecinos pasan frente a mi y me saludan. Esta mañana he entrenado 25 kilómetros a través de los bosques y del valle. Es maravilloso correr aquí.
Sin embargo, ahora, cuando faltan unas pocas horas para que termine el año, estoy solo en este banco, sentado, y tengo el libro en mi regazo. Me lo han entregado hace un rato. Y, por alguna razón que se me escapa, sabía que llegaría el momento de abrirlo. Me atrae. Me llama.
Lo abro.
Y entonces lo comprendo todo.
Literalmente.
Puedo entender cada una de sus líneas. Lo que dicen. Lo que expresan. Ese idioma hasta entonces desconocido tiene sentido ante mis ojos y en mi mente.
“Ese, amigo mío, es el verdadero Premio. Y tu mayor responsabilidad”.
Levanto la mirada. Es Drezner. Me sonríe, me guiña un ojo y sigue camino hacia su casa.
Leo.
El mundo va a cambiar en los próximos años. El orden que conocemos va a desaparecer. Las fronteras van a desaparecer. La forma de vida de los hombres va a evolucionar. Habrá alegrías y desilusiones. Habrá guerras. Habrá victorias. Morirán personas y nacerán otras. Y en muy poco tiempo, todo será nuevo. El mundo que conocemos nunca volverá a ser el mismo. Y será decisión de nosotros, de todos los seres humanos, cuál será el nuevo mundo.
Y yo voy a tener que tomar muchas decisiones. Yo, un tipo perdido en medio de un pueblo perdido en un valle perdido, voy a tomar decisiones, y voy a participar en ese proyecto de cambio, porque he sido Elegido para ello.
Lo dice el Libro.
Levanto la mirada hacia la ventana y Nadia me mira desde allí. Me sonríe. Miro a mi alrededor. Más allá incluso de este pueblo. Las montañas, las ciudades, el cielo azul que empieza a enrojecer con la llegada de la noche de Fin de Año.
Todo va a cambiar en muy poco tiempo.
Y voy a formar parte de ello.
No me lo perdería por nada del mundo.
Quizás, para que todo salga bien, una vez más, el truco no consista en querer vencer…sino tan solo en llegar a la meta.



********************* FIN **************************


Nota del Autor: Como siempre, y esta vez un poquito más, agradeceros a todos los que habéis leido esto hasta el final u os habéis interesado en algún momento por su desarrollo. Espero que nos sigamos leyendo y, sobre todo, espero que hayáis disfrutado tanto leyéndolo como yo escribiéndolo.
Hasta siempre.

diciembre 22, 2005

Día Setenta y Uno



Y fue entonces cuando empecé a escuchar los aplausos. Alguien, creo que Karl, empezó, muy tímidamente, a aplaudir, y los demás, sin poder contenerse, le siguieron. Como un caudal que lleva hacia el final, hacia la liberación. Volví mi mirada hacia Drezner, y habría jurado que sonreía, como contraviniendo un principio mayor, una ley no escrita, pero sonreía, y Joan, por el contrario, era la viva imagen, primero, en un principio, de la incomprensión y, poco a poco, minutos después, del desencanto, del dolor, de la rabia...
"Esto no es justo", alzó su voz sobre el aplauso de los demás corredores, en medio de una solitaria, vacía, muerta Manhattan.
Drezner me miró de reojo mientras llegaba hasta él.
"Quizás prefieras hacer una reclamación", aventuró.
Los aplausos cesaron, seguidos de un silencio absoluto. Joan levantó la mirada, hacia lo alto, hacia los rascacielos que rodeaban Central Park, hacia el infinito. Le llevó varios minutos. Yo, mientras tanto, permanecía en silencio, esperando, sintiéndome cada vez más tranquilo, más seguro, y en absoluto cansado después de tantos y tantos kilómetros de dura carrera.
Finalmente, Joan negó con la cabeza, y se echó hacia atrás. Y aquel gesto marcó la diferencia, mientras yo veía a Drezner acercarse hasta mí. En un instante, todo aquello que nos rodeaba, el camino, la vegetación, los rascacielos, el cielo azulado del atardecer, la paz, la tranquilidad, todo se desvaneció, en cuestión de segundos, y únicamente vi a aquel hombre, muerto, fallecido, asesinado, frente a mi.
"Es tiempo de decidir",dijo, casi en un susurro. "Tiempo de premio al esfuerzo realizado, no ahora, sino durante toda una vida".
Sabía a qué se refería, pero me costaba reconocerme en aquella frase. Para mí, todo había sido un proceso natural. Quizás en eso residía todo. En no haberme esforzado en llegar hasta alli.
"Tienes que tomar una decisión", dijo, mirándome fijamente, como anhelando que yo comprendiese la implicación de toda y cada una de sus palabras." De ella depende todo. De esa decisión. Este es, realmente, tu momento".
Ví la mano de Drezner acercarse. Lentamente, como en un sueño. Y tocarme. No podía tocarme. Él estaba muerto, yo vivo. ¿Quería decir eso, su tacto, su mano, que yo acababa de morir, en alguna parte, en aquel hospital?.
Pronto, enseguida, supe que no era así.
Sentí la paz que nos rodeaba, que me envolvía. Paz. Por fin. Seguridad.
Y, por supuesto, tuve que elegir, y tomé una decisión, aunque , más tarde, tiempo después, supe que esa decisión ya había sido tomada tiempo antes, pues esa es mi naturaleza, mi manera , mi vida.
Elegí, por supuesto, a LA GENTE.
Y, en cuestión de segundos, esa elección supuso EL CAMBIO.
Todo aquello que nos rodeaba, se desvaneció ante mis ojos. Y, algo que conocía, aquello que me resultaba familiar, se formó ante mi. Como en un sueño hecho realidad. Mi decisión, mi capacidad para elegir, formaba parte del premio.
Sentí como viajaba. Como, en mi mente, a mi alrededor, se formaba un túnel, y el túnel me llevaba, hacia mi decisión, hacia el final, hacia la luz, y la luz no era la muerte, sino LA VIDA.
Ante mi se materializó...un volante.
Y un coche.
Y un lugar.
El pueblo.
Acababa de regresar. Justo al instante que yo había decidido.
Allí mismo.
Porque podía hacerlo, porque podía elegir, porque esa era una parte de mi premio.
Levanté la mirada hacia el frente.
Drezner.
Frente a mi.
Y yo, dentro del coche que le había atropellado, el coche que, en su momento, había sido lanzado contra él por orden de Joan.
Con todas mis fuerzas, pisé el freno.
El coche se detuvo.
El tiempo se detuvo.
Abrí los ojos, eufórico.
Drezner estaba frente a mi. Me miraba, quizás algo asustado. Tiré del freno de mano y abandoné aquel coche.
Había vuelto.
Justo al preciso instante que yo había decidido.
Saludé a Drezner, vivo, nuevamente vivo, con la mano, mientras descendía del coche, y caminé hacia él. Me miraba, extrañado, sin comprender. Por eso había podido tocarme unos minutos antes, en Nueva York. Porque yo, sin saberlo, ya había tomado mi decisión, y mi decisión había salvado su vida...y todas las vidas que me rodeaban.
El pueblo.
Estaba de nuevo en el pueblo. Faltaban semanas para la Navidad. Nadia y muchos de los habitantes de aquel lugar me miraban desde las ventanas, desde las puertas de sus casas, sorprendidos ante el frenazo del coche, ante lo que parecía un accidente que había quedado en nada.
El pasado, y con él el presente y el futuro, habían sido alterados.
Pero aún quedaba algo por hacer.
Joan.

diciembre 19, 2005

Día Setenta


La lluvia lo invade todo. Lo inunda. Las calles, las aceras, todo lo que nos rodea. Cómo si del fin del mundo se tratara, si es que esto es el mundo y si realmente se puede hablar de un “final”. Miro a Karl. Tiene la cabeza hundida entre las piernas, sentado, y se frota los cabellos rubios y húmedos, mientras oigo, entre el estruendo del agua que nos rodea, su llanto apenas perceptible.
Levanta la mirada. Supongo que la mía, en estos momentos, debe ser parecida. Resignación y dolor. Desesperanza. Desaliento.
“Sólo quería llegar”, murmura. “No he nacido para ganar, pero sí para llegar, eso es lo que dicen siempre ¿no?. El maratón es…”
No quiere terminar la frase. Recuerdo las palabras de BMW unos kilómetros atrás. Miro hacia delante. Sólo nos queda llegar hasta el puente de Brooklyn, cruzarlo, subir Manhattan y entrar en Central Park. Ahí está el final.
“Tú no deberías estar aquí”, dice Karl. “Tú tenías que ganar”.
“Me temo que nos han engañado a todos. Ni Profecía, ni Libro, ni Elegido. Este lugar, esta lluvia, mi presencia a tu lado, mientras los demás entran en Central Park, es la prueba de que no podía ganar.”
“¿Y llegar?”.
Su pregunta resuena por encima de la lluvia, por encima de mis pensamientos. Por encima de mi vida, de mis recuerdos. Mi padre, mi hermano, mi pareja, Nadia, Drezner, mi propia condición. Todo para llegar hasta aquí…Todo para conseguir que no ganase.
Puede que lo hayan conseguido, pero aún puedo caminar. O arrastrarme. Poco importa. Puedo LLEGAR.
Me incorporo. Karl me mira de reojo, y noto como si un asomo de sonrisa brotara de sus labios.
“Me voy a Central Park. ¿Te vienes?”.
Él asiente. Cojea, pero cada vez menos. Comenzamos a caminar bajo la lluvia. Puedo ver la silueta del puente de Brooklyn entre la lluvia. De los pasos cortos pasamos a un trote relajado. Poco a poco. Como si estuviéramos entrenando. Y de ese trote relajado a un ritmo un poco, tan sólo un poco más acelerado. Así, lentamente, pero mirándonos de vez en cuando, sonriéndonos cada vez que notamos cómo nuestro ritmo se acelera un poco, cruzamos el puente y llegamos cerca del Ayuntamiento. Ya estamos en Manhattan. Las calles desiertas nos abrazan, mientras corremos, cada vez más entusiasmados. Subimos tranquilamente, mientras la lluvia cesa y el cielo empieza a abrirse sobre nuestras cabezas, dando paso al azul del mediodía. No hay señalización ni nada parecido, pero conocemos el camino. El camino que nos lleva a cruzar la isla, desierta, fantasmal, en la que solamente podemos oir nuestros pasos, nuestro cuerpo, nuestros corazones.
Ya veo Central Park. Ni siquiera siento el cansancio, ni el dolor en mis piernas. Casi 55 Kms. Con un breve descanso para recordarme que , por lo menos, y ocurra lo que ocurra, puedo llegar. Podemos llegar.
Entramos en Central Park. Karl emite un sonido inesperado. Me vuelvo hacia él. La pierna le duele. Algo no está bien. Le tiendo mi mano. Corremos, ahora más lentamente, cruzando el parque. Hace sol. Y frío. Es agradable. Karl casi no puede andar. Le digo que se apoye en mi. Pasa su brazo sobre mi hombro. Caminamos juntos.
Veo la meta. Familiar, azul, y al otro lado…todos los demás. Nos observan, pero sobre todo me observan a mi. En silencio. No hay sonido alguno, salvo nosotros mismos caminando.
Casi hemos llegado. Veo a Joan, entre todos ellos. Su rostro es la viva expresión de la felicidad. Le ha llevado toda una vida llegar hasta ese momento. Como a mí. Estoy seguro de que ha llegado el primero. No me cabe la menor duda.
100 metros.
Miro a Karl. Me dice que puede seguir solo. Se separa de mí. Le veo empezar a correr de nuevo. Y yo a su lado. Despacio. Aún así, me fijo en su rostro, de reojo. Sonríe, sin dejar de mirar hacia la meta. Es la viva expresión de la felicidad. Va a llegar.
Reduzco el paso. Él ni se da cuenta. Sigue corriendo como puede, y realmente la pierna le duele, pero sigue. Sigue y sigue y cruza la meta extendiendo los brazos. Y yo, después.
El último.
Joder, de lo único que tengo ganas en estos momentos es de reír. Vaya ironía. “El último”. Después de todas las molestias que Drezner se ha tomado, después de que esa Profecía dijera que yo era el Elegido…efectivamente, soy el Elegido…para llegar de último en mi primer maratón.
Silencio.
Es entonces cuando empiezo a oír el sonido. Lo conozco perfectamente. Aplausos. Aplausos. Levanto la mirada. Todos aplauden mientras empiezan a rodearme. Sus manos me dan palmadas en la espalda, me sonríen. Karl hasta me abraza. Parece que ha resultado toda una fiesta el hecho de que yo haya llegado el último.
“Te equivocas. Tu llegada es la Celebración”.
Conozco la voz. Drezner. Llega hasta nosotros, se abre paso. Joan también está a mi lado. Y todos los demás nos rodean.
“Puedes llamarlo como quieras, pero no vas a disfrazar el hecho de que aquí hay un ganador…y el resto”.
La frase de Joan no deja de ser cierta.
“Tú lo has dicho”, reconoce Drezner. “Tenemos un ganador…y al resto de participantes. Pero tú no eres el ganador”.
Juraría que Joan ha palidecido en décimas de segundo.
“¿Qué carajo insinúas, viejo?”.
Drezner se planta frente a él.
“Tú has llegado el primero, pero no has ganado. Después de todo lo que has hecho, lo que has planeado, tramado durante toda su vida, ¿de verdad creías que con llegar el primero ganarías?. Eso no habría sido justo. Tu única posibilidad de victoria era que él NO LLEGASE A LA META. Y era una posibilidad muy alta. De hecho, era casi seguro que no llegaría. Pero hubo algo con lo que no contaste. Durante todo este tiempo, desde que empezaste a planearlo todo contra tu hermano, te olvidaste de algo, de lo más importante. Karl, ese joven al que tu hermano ayudó, representa todo aquello que tú olvidaste y despreciaste. Tu hermano no llegó a la meta para vencer, ni tan siguiera para llegar él mismo. Llegó porque era la única manera de ayudar a Karl a hacerlo. Y eso le ha convertido hoy en El Ganador”.
Creo que me voy a desmayar.

diciembre 14, 2005

Día Sesenta y Nueve



Muy pronto llegaré a Brooklyn, después de haber cruzado Queens. No sé cuanto tiempo llevo corriendo, pero debo andar cerca de los 25 kilómetros. No lo podría asegurar. La soledad es horrible. La mítica sensación de ánimo, de empuje, de buenas vibraciones, que acompañaría normalmente a cualquier maratoniano en la carrera de Nueva York no tiene nada que ver con esto. Esto es la desolación absoluta, corriendo por barrios abandonados, como en esas películas en las que ha caído la bomba y los humanos han desaparecido, dejando únicamente sus construcciones para el recuerdo.
Empiezo a tener , a sentir, algo parecido al miedo. No alcanzo a ver al pelotón. Se que corren allá, delante, en alguna parte, pero mi vista no les alcanza. Necesito correr más rápido, recuperar el tiempo perdido, pero no parece posible. Y es entonces cuando el miedo puede conmigo, el miedo que hace que mis piernas no respondan, que sienta mi corazón queriendo abandonar el pecho.
Esto no pinta nada bien.
Es entonces cuando le veo. De espaldas a mi, caminando. Un hombre. Extrañamente familiar. Viste gabardina oscura, alto, camina en silencio. No puedo oír sus pasos. Le alcanzo. Vuelvo la mirada. Y entonces le reconozco.
BMW.
Realmente, en este lugar solamente estamos los que fuimos destinados a correr…y los muertos. BMW me sonríe, como si pudiera leer mis pensamiento. Empieza a correr a mi lado, como si fuera lo más natural hacerlo. No parece costarle demasiado. Quizás sea una ventaja de estar muerto. No necesitas calzado especial para correr.
“Deberías empezar a pensar en dejarlo, amigo mío”, dice, sin perder el aliento. “Ellos no lo merecen”.
Ellos. ¿A quiénes se refiere?.
“Piensa un poco. ¿Recuerdas algún momento en el que te echaran una mano? ¿Recuerdas que realmente haya valido la pena ayudar? Todo esto no tiene sentido, amigo mío. Son un mundo de desagradecidos, no se puede confiar en nadie. Asi que…¿vale realmente la pena todo esto?”.
Tengo miedo de que haya algo de verdad, de razón, en sus palabras.
“Padres, amigos, hermanos, hijos, conocidos, desconocidos…nadie ayuda a nadie…nunca”.
Aprieto el paso, dejándole atrás, no sin alguna dificultad. Le miro de reojo. Tiene entre sus manos un cartel con grandes números en negro, y me sigue sonriendo. “KM 30”.
Ya estoy en el km. 30. Pero me siento como si hubiera corriendo doscientos. Esto es el fin. Las piernas me flaquean. Mi entrenamiento, mis dotes de corredor…nada sirve aquí abajo.
No quiero correr. Ni siquiera quiero ser un elegido, el elegido, o como cojones se le llame a lo que yo soy. Quiero volver, y quiero desaparecer. Drezner no está, Nadia no está. El pueblo ha desaparecido, SegCom es solo un recuerdo, todo es dolor. Dolor, y pena, y nada de lo que yo haga o desee podrá cambiar eso.
Nada de esto tiene sentido.
Es entonces cuando me encuentro con Karl. El joven ruso, o de algún pais del Este, no sé de donde. Sentado en el borde de una acera. El rostro lleno de lágrimas. Ahora parece más un niño que un hombre. Se frota una pierna.
“No puedo seguir”.
Sigue llorando.
Busco al pelotón en el horizonte. Nada. Seguramente, ya habrán llegado a la meta. Al menos, Joan seguro que ya está allí. No he ganado. No puedo ganar.
Escucho el sonido del trueno. Levanto la mirada. El cielo cubierto estalla sobre nosotros, y una inesperada lluvia cae sobre nuestras cabezas y nuestros cuerpos, como pequeños látigos que me golpean la piel.
Me detengo. Me dejo caer, sentándome al lado de Karl.
Los dos, derrotados.
Si yo era realmente el Elegido, ahora ya está claro que eso no ha servido para nada. Que Joan haga con el mundo, con el Futuro, con lo que sea que el Elegido pudiera hacer, lo que le apetezca. Seguro que no será un mundo peor de lo que ya es.
Dejo caer mi cabeza sobre el desesperanzado Karl, y sin poderme contener, me uno a su llanto, sintiendo como mis lágrimas se entremezclan con la lluvia.

diciembre 13, 2005

Día Sesenta y Ocho



En el puente de Queensboro, el silencio es absoluto. El leve murmullo del mar, allá abajo, es lo único que me acompaña. Eso, y el sonido de las pisadas, constante….y cada vez más alejado, allá, frente a mi.
No quiero engañarme, pero esto comienza a ponerse difícil, y cada vez que levanto la mirada, se me antoja más y más difícil. Y eso que, literalmente, acaba de comenzar. Acabamos de comenzar.
Sus pisadas se siguen alejando.
Es entonces cuando empiezo a distinguir los cuerpos. A lo lejos. Entre el pelotón que corre delante, perdiéndose en la aparente inmensidad del puente, y mis cada vez más cansadas piernas.
Y empiezo a oír los aplausos. Llegan hasta mi, pero son aplausos huecos. Como cuando golpeamos dos cajas vacías. Puedo distinguir algo más.
El olor.
Es entonces cuando empiezo a distinguir sus cuerpos. Inclinados a ambos lados del puente, me aplauden. Están ardiendo. Cuerpos medio carbonizados, sus ojos inyectados en fuego, aplauden a mi paso. Siento su dolor, el vacío de su desaparición. Les conozco. Aunque no puedo distinguir sus rostros, sé que les conozco. Son los habitantes del pueblo.
He paseado con ellos. Hombre, mujeres…y niños…
Sus almas incandescentes han venido a…¿animarme? ¿Recordarme lo ocurrido? ¿Maldecirme quizás?.
Siento que mis ojos se llenan de lágrimas. No tiene nada que ver con el frío en el puente. Son lágrimas, ya no únicamente de dolor, sino también de impotencia, de desesperación. Ocurra lo que ocurra, no hay marcha atrás, no puedo desandar lo andado. Ellos han muerto. Asesinados. Cruelmente. Todo…para conseguir esto. Han venido a mi, en un plan astutamente elaborado…para que yo pudiera verlos ahora…y para que ocurriera lo que está ocurriendo.
Siento que mis piernas están cada vez más cansadas. No he pasado del kilómetro 14, pero el cansancio me puede. Intento seguir corriendo. Los aplausos de las almas ardientes se alejan de mi, y me froto los ojos con el antebrazo, intentando apartar su recuerdo. Mi mente ha sido dañada. Parece imposible que alguien pudiera elaborar un plan de una manera tan perfecta. El conocimiento que Joan posee de este lugar de la existencia, si es que podemos llamarle así, es prácticamente total. De alguna manera, quizás después de años y años de estudio, ya no solamente por su parte, sino por todos aquellos que han pertenecido a La Cruz, ha llegado a conclusiones, o puede que simplemente haya creido que la posibilidad de que esto ocurriera era suficiente como para hacer lo que hizo.
Seguro que, en su cabeza, eso es una excusa suficiente para haber asesinado a cerca de doscientas personas.
Rabia.
Siento Rabia y mientras ese sentimiento crece en mi interior, mis piernas comienzan a responder de nuevo. No puedo ver el pelotón, pero sé que están allá, a lo lejos, en alguna parte, y sé que puedo alcanzarlos.
Tomo aire y empiezo a acelerar, lentamente, pero con seguridad.
Quizás con una falsa seguridad, pero poco a poco empiezo a recuperar la fuerza perdida.
El puente se está acabando.
Queens está allí, esperando, y kilómetros y más kilómetros.
Puedo hacerlo.
¿A quién quiero engañar?
He perdido mucho tiempo. Me llevan mucha ventaja. Joan me lleva mucha ventaja. Es imposible.
Aún así, tengo que seguir corriendo.
Tengo que llegar.

diciembre 12, 2005

Día Sesenta y Siete



Dios, correr es lo mejor del mundo.
Ahora comprendo, entiendo, el porqué de todo este entrenamiento. Me siento fuerte, feliz, seguro, siento que puedo hacer lo que quiera y llegar hasta el fin del mundo si hiciera falta. Siento que podría dar mil vueltas a esta ciudad, hacer 51 veces 51 kilómetros y aún así me seguiría sintiendo fuerte y seguro, percibiendo todo mi cuerpo, los latidos de mi corazón, el aire helado en mis entrañas…
A mi alrededor, ellos también corren. Mi mirada busca a Joan. Solamente él me preocupa. Los demás lo saben también. Es como si se sintieran partícipes de algo más grande que todos nosotros, algo para lo que han sido entrenados, para lo que se han estado preparando, quizás durante toda su vida, con el objetivo de estar aquí. Quizás esta sea la oportunidad de su vida, quizás realmente todos y cada uno de nosotros tengamos la misma oportunidad de ganar. Quizás con llegar sea suficiente.
No puedo ver a Joan. En la salida, hace unos minutos, iba por delante. Y ahí debe seguir. Le busco entre todos los cuerpos de hombres y mujeres, pero no resulta fácil. Me preocupa.
Llevamos unos 6 km y nos estamos acercando al puente de Quennsboro. Todo transcurre con relativa tranquilidad, aunque noto que corro mejor que nunca, que voy fuerte y que…
“Ahí lo tienes, mala puta”.
Conozco esa voz. Siento un escalofrío recorriendo mi espalda. No puede ser. Ahora no. Por favor. Ahora no.
Me vuelvo hacia el origen de la voz. Es Él. Y está con mi madre. Puedo verlos a ambos. Ella, con el sufrimiento marcado en la mirada. Recuerdo ese dolor que siempre parecía acompañarla. Y él, todo orgullo y prepotencia. Desde luego, no se parece en nada al hombre que vi morir en el Hospital. No. Este es otro. Este es el Don Manuel que yo no conocí, el que desapareció prácticamente al nacer yo y volvió cuando mamá ya había fallecido.
Pero sus miradas no se dirigen hacia mi. Las sigo. Es entonces cuando localizo a Joan. Saluda a mi padre. Se sonríen. Y la mueca de dolor y rabia se acentúa en el rostro de mi madre.
Así que esto es lo que ocurría antes de nacer yo. Él, con un favorito fuera de casa, y ella sabiéndolo y sufriendo.
Y aún así, aceptó tenerme a mi, tenerme de alguien que la trataba como a…
Busco aire.
No lo encuentro. Siento que mi paso se aminora. ¿Qué está ocurriendo?
Recuerdo entonces las palabras de Drezner.
La mente.
Mi mente.
Vuelvo a buscar la mirada de mi padre antes de entrar en el puente. Y la encuentro. Y, en ella, una dolorosa mezcla de rabia, de odio, de odio hacia mi, hacia su hijo.
Siento que mi fuerza y mis pasos se desvanecen a cada instante, a cada segundo.
Ahora es cuando empiezo a comprender lo que este maratón realmente significa.
No se trata de la prueba física por excelencia. Si solamente fuera eso, incluso tratándose de 51 km, podría con ella.
No. Es algo mucho peor.
Se trata de una carrera contra mi mismo.

diciembre 07, 2005

Día Sesenta y Seis



Todo el mundo, y yo con ellos, se dirige hacia el norte. Caminamos tranquilamente. Es curioso, pero puedo sentir que hace un tiempo ideal. Buena temperatura, cielo azul claro y limpio…Creo que hoy es el día perfecto para correr en Nueva York. Miro a mi alrededor. Los hombres y mujeres que me rodean, que se mueven conmigo, o más bien, a los que sigo y acompaño, son realmente diferentes entre sí. Hay japoneses, occidentales, blancos, negros, sudamericanos, ingleses, alemanes, rusos…Creo que, si me detuviera exactamente a examinarlos uno a uno, descubriría que quizás haya aquí una buena representación, por no decir una representación absoluta de los habitantes de la Tierra.
Es entonces cuando divisamos la SALIDA. Un gran rectángulo azulado, con el reloj digital sobre nuestras cabezas. Otra vez, una vez más, y ya he perdido la cuenta, echo un vistazo a mi alrededor. Las calles vacías. Los grandes ventanales, sin nadie en las oficinas o los apartamentos. Los coches aparcados en las calles desiertas…Únicamente nosotros…nada más. Un par de cientos con el mismo dorsal, dispuestos a correr.
“Estamos vivos, verdad?”
Me vuelvo ante la frase. Un hombre de unos 40 años, bolsas negras bajo los ojos, muy delgado y atlético, que me sonríe.
“Eso creo”, asiento. “Eso espero”.
“Me llamo Karl. Karl Stanioslev. Supongo que tú también llevas mucho tiempo preparándote”.
No sé que responder ante esto. Realmente, no puedo decir cuánto tiempo es “mucho tiempo”. Ahora, se me hace una eternidad, y apenas puedo recordar aquel día en que la rueda comenzó a girar, aquel momento en el que abrí mi e-mail y me encontré con aquel correo ahora tan lejano…En cualquier caso, si no hubiera sido así, habría sido de otra manera. Ahora sé con seguridad que esto tenía que ocurrir, que de una u otra manera, yo habría llegado aquí.
Nos vamos situando en el punto de partida. Aquí no hay calificaciones por tiempos ni nada de eso. Estamos preparados para correr. Karl me hace un ademán, un gesto de “suerte” y yo le respondo con una sonrisa. Me mira un instante más de lo normal. Se vuelve hacia una mujer que se ha situado a su lado. Ella le comenta algo. Me vuelve a mirar, ahora con otros ojos, como si me reconociera de algo. Y la sonrisa se hace aún más grande. No lo comprendo hasta que otra mujer se sitúa cerca mía y la oigo hablar con otro hombre.
“Este es el definitivo, el último 32 de Diciembre. Y Él ya está aquí”.
Y ambos me miran de reojo. Y otra vez esa sonrisa.
“Para nosotros también es una liberación”, dice otro hombre. “Por fin la Carrera Eterna llega a su Fin”.
Intento asimilar los conceptos, pero creo que ni con 100 vidas llegaría a comprender todo lo que ocurre a mi alrededor. Sólo se que tengo que correr y ganar. Y no parece fácil. Me gustaría sentirme más seguro de lo que me siento. Me gustaría sentir “algo” de seguridad. No creo que ninguno de los que me rodean haya visto como su vida era usada, manipulada, alterada, moldeada al antojo de otros con el único objetivo de mermar su determinación, con el único objetivo de decidir el destino de…
De…
Un hombre aparece desde alguna parte y se sitúa muy cerca de la salida. Alto, fuerte, lleva una pistola en la mano. Siempre he leído que aquí la salida la marcaba un cañonazo. Supongo que no habría resultado muy adecuado. El hombre tiene los cabellos algo rubios, rizados, y viste una especie de túnica blanca…y sandalias. Unas simples sandalias algo rotas, de esparto, con tiras de cuero que…
No puede ser. No puede ser él. Aunque aquí, sea esto sueño o realidad, quizás todo sea posible.
Todos miran al frente. Y entonces mi mirada se encuentra con Joan. Se ha situado unos metros por delante, y su cabeza se vuelve, y veo su sonrisa. No se parece en nada a la sonrisa que he visto en los otros corredores.
Aunque el mundo se termine este 32 de Diciembre, sólo espero tener la oportunidad de hacerle pagar por lo que le hizo al pueblo, y a Drezner y Nadia.
La pistola del hombre que da nombre a esta carrera se eleva hacia el cielo.
Tomo aire. Las manos me sudan.
Tengo la boca seca. Y me he bebido toda la botella del líquido de Drezner.
El silencio nos envuelve.
“Todos apostamos por ti”, oigo a mis espaldas.
Suena el disparo, como si de un cañonazo se tratara.
Empiezo a mover las piernas. Responden. Todo está en su sitio. Todo está como tiene que estar.
Corro.
Hacia la Meta.

diciembre 06, 2005

Día Sesenta y Cinco



Atravieso la puerta. Dicen que un poco de tensión antes de una carrera es incluso conveniente. Dispara tus sentidos, te mantiene alerta, te impulsa durante los primeros kilómetros, dándote ánimos. Los nervios son un estado mental, al fin y al cabo.
Un poco de tensión.
La luz blanca se atenúa lentamente. Y entonces puedo sentir la brisa en mi rostro. Mis ojos tardan unos segundos en acostumbrarse al cambio de luz. Es entonces cuando siento su presencia. Me vuelvo hacia ella.
Nadia.
También a ella la vi muerta. Unos días atrás. Hace una semana. En el pueblo. Y ahora está aquí, sonriente, cálida, más viva que nunca. Y lleva algo en la mano. Conozco esa botella. Miro hacia el interior del Hospital. Pero no puedo ver nada. Busco a Drezner. Nada. Nadia me sonríe y deja la botella en el suelo. Me agacho. Tomo la botella y bebo.
Bebo.
Oh, Dios, que maravilla. Cómo echaba de menos este sabor….
Al terminar de beber, lentamente, mi mirada desciende desde el limpio y azulado cielo. Es entonces cuando distingo la forma familiar. Miro a mi alrededor. La gran avenida está desierta. Completa y absolutamente desierta. Además, no tiene sentido. El maratón nunca ha partido de esta avenida. Todo el que corre y entrena para un maratón, sabe que éste sale del puente…
¿A quién quiero engañar? Lo más probable es que ni siquiera esté vivo. Lo más probable es que todo esto sea un juego de la mente, un engaño. Así las cosas, ¿que importa si esto es posible o no?
Por lo menos, voy a disfrutarlo.
El edificio Chrysler. La Quinta Avenida. Desde aquí puedo ver la Trump Tower. La gran avenida se pierde a lo lejos. Y no veo a nadie. El desierto absoluto. Y el silencio. Me vuelvo hacia Nadia, buscando una explicación.
“¿Recuerdas?, me dice. Habíamos decidido venir juntos. Yo nunca he estado, y para ti es La Ciudad.”
Ya no me cabe la menor duda. Estoy muerto.
55 kilómetros.
Nueva York.
Esto supone correr mucho. Cruzar muchos puentes. Atravesar muchas avenidas. Y Central Park. Y…
“¿Todo listo, hermanito?”.
El pulso se acelera. Me vuelvo hacia el origen del sonido. Joan. No parece el Joan que conozco. Parece…más joven. También se ha preparado. Zapatillas, pantalón corto, dorsal…El 001…como yo.
Sonríe mientras ve como me doy cuenta de la coincidencia.
“Aquí todos llevamos el mismo dorsal, hermanito”
¿Todos?
Es entonces cuando me percato del murmullo. Otros corredores y corredoras hacen su aparición. Algunos se miran el dorsal y a si mismos, sorprendidos. Otros parecen más seguros de si mismos. Y también se miran entre ellos, sin comprender, o tal vez comenzando a comprender.
“Aquí todos tenemos una historia. Una historia que nos ha traido hasta este preciso momento. Algunos se habían preparado, pues conocían de la existencia del Libro y de la Profecía. Otros no creían, pero desde siempre han sabido que existía el 32 de Diciembre. En cualquier caso, al final solamente uno de nosotros se llevará el premio. Y el poder que ese premio conlleva”.
Nadia está muerta. Y Drezner también. ¿Lo está Joan? ¿O ellos? ¿O yo?.
Miro a Nadia y ella se acerca unos pasos. Como Drezner , hace ademán de intentar tocarme, pero sabe que no puede. Como Drezner. Es entonces cuando siento una mano en la mía. Un roce. Enseguida echo mi mano hacia atrás. Joan me mira, sonriendo.
Me ha tocado.
“Tranquilo, hermanito. Solo quería desearte buena suerte”.
Me ha tocado. Él puede hacerlo. Nadia y Drezner no.
Los muertos no pueden tocar a los vivos.
Estoy vivo.
Cómo si me leyera el pensamiento, Joan me guiña un ojo, y una mirada de provocación surge de ese rostro que no quisiera odiar pero odio.
“Si estás vivo, demuéstralo. Aunque ya sabes que tienes la partida perdida.”.
Tal vez pueda demostrarle que se equivoca.

diciembre 05, 2005

Día Sesenta y Cuatro



Caminamos por los pasillos del Hospital. Me da miedo preguntar o intentar averiguar hacia dónde. Miro de reojo a Drezner. Está tal y cómo le recuerdo. Parece vivo. Pero yo sé que no es así. Le vi muerto. Está muerto.
¿Lo estoy yo también?
“No lo estás. Estás en coma, en la habitación de un Hospital. Pero no vamos a dejar que una minucia como esa te impida encontrarte con tu Destino, verdad?”.
No sé que responder. Drezner detiene el paso y yo con él. No hay sonidos en el Hospital. Realmente, podríamos encontrarnos en medio del espacio, de la nada absoluta, sino fuera por el “decorado” que nos rodea.
“Te has estado entrenando durante muchas semanas. Para correr, ¿recuerdas?. Pues ha llegado el momento de que te enfrentes a tus rivales”
¿Mis rivales?.
“Vienen de todas partes. De todo el mundo. En realidad, solamente tienes que preocuparte de uno de ellos. Todos los demás saben que no tienen ninguna oportunidad, pero también saben que tienen que correr. Y están deseando hacerlo. ¿Sabes porqué? Porque están aquí para hacerlo. No hay mayor dicha para ellos que este momento para el que se han estado entrenando…incluso durante años”.
Intento comprender, pero me cuesta. ¿Qué se supone que tengo que hacer? ¿Sólo correr? ¿En eso consiste todo? ¿Ganar una carrera para la que se supone que he sido predestinado? ¿Hacer que una extraña Profecía se cumpla y conseguir a cambio un premio que todos desconocen, del que habla un Libro en una lengua que nadie entiende?
Definitivamente, tengo que estar muerto.
Drezner sonríe, y entonces me doy cuenta de que no he dicho una palabra. Pero él sabe de mis pensamientos. No necesito hablar para comunicarme con él.
Muy bien. ¿Qué sentido tiene, si estoy en coma en una cama de un Hospital, que me haya entrenado para correr? Si todo esto transcurre en algún punto de mi mente…¿para qué entrenar?
Otra vez esa sonrisa casi condescendiente.
“Tu entrenamiento no ha sido solamente físico. Es lo que siempre te decía, ¿recuerdas?. Ese entrenamiento físico al que estabas sometido no era más que el envoltorio para entrenar algo mucho más poderoso que tu cuerpo”
Mi mente.
“Exacto, asiente. Tu mente. Lo único que cuenta en una carrera, en esta carrera, en este Maratón”.
Así que se trata de eso. Un maratón. Nunca imaginé que mis primeros 42 kilómetros y 195 metros fueran de esta manera, la verdad.
“Y no lo serán, interrumpe mis pensamientos. No sé cómo serán tus primeros 42 kilómetros y 195 metros en una competición. Eso quizás lo averigües algún día. Hoy, descubrirás como será tu primera carrera de 51 kilómetros y 335 metros. La más importante de tu vida.”
No estoy preparado para correr esa distancia. ¿De dónde han sacado esa distancia tan arbitraria? No entiendo nada.
“No te voy a relatar una vez más el nacimiento del maratón como tal. Estoy seguro de que lo sabes de sobra. Lo único que te voy a decir es que esa distancia, la que hoy vas a correr, es la distancia exacta que Filípides corrió para avisar de la victoria en la batalla de maratón. No la distancia que se impuso en los juegos de Londres para que la Reina de Inglaterra pudiese ver la llegada tranquilamente. Te hablo de la distancia real. Exacta. No podíamos hacerlo de otra manera. Las reglas son las reglas. Y ya hace muchos siglos que se celebra esta Carrera.”
¿Cómo puede saber alguien la distancia exacta que corrió Filípides hace miles de años para…?
Vaya.
La saben. Para qué me voy a preocupar. La sabe. Seguro.
El pasillo termina a poca distancia de nosotros. Me miro. Llevo mi dorsal, mi equipamiento, aunque no recuerdo haberme vestido. Y, frente a mi, una gran puerta de cristal. Siento que la Carrera me espera al otro lado. Drezner asiente. No puedo ver lo que hay más allá.
Drezner hace ademán de apoyar su mano en mi hombro. Pero la retira enseguida. Por alguna razón que no comprendo, no me puede tocar. Pero su mirada me lo dice todo.
“Es hora de correr, hijo mío”.
Tomo aire, y asintiendo, sonriendo de puro nerviosismo, camino hacia la puerta de salida del Hospital. Una luz intensa, que me impide ver lo que hay más allá, me aguarda al otro lado.
Y mi Destino.

noviembre 30, 2005

Día Sesenta y Tres


Abro los ojos.
El lugar me suena, pero no sabría decir de qué. No puedo mover la cabeza. No puedo ver más allá de la pared que hay frente a mi. Y, en la pared, solamente puedo ver un reloj, y sentir su “tic-tac” acompañándome. Una pared blanca y un reloj oscuro. Y, aún así, presiento que el lugar, el ambiente que me rodea, si es que algo me rodea, me es familiar.
Una persona aparece. Un hombre. Con bata blanca, acompañado de una mujer, también con bata blanca.
Estoy en un Hospital.
El hombre me mira y me habla, pero no puedo comprender nada de lo que dice. No alcanzo a oír sus palabras. Niega con la cabeza mientras mira a su compañera, ayudante, lo que sea. Abandonan la habitación. Simplemente, desaparecen de mi alcance. No puedo moverme. Y ahora me doy cuenta. No siento nada. Piernas o brazos, o respiración.
Estoy total y absolutamente inmóvil.
Y, frente a mi, el reloj que avanza lentamente.
Cierro los ojos. No sé cuanto tiempo ha transcurrido cuando los vuelvo a abrir. Son las once y está oscuro. Una enfermera aparece y hace algo sobre mi cabeza. Un momento. Un nuevo sonido. Además del tic-tac del reloj.
Conozco esos agudos “bips”.
Es mi corazón. La máquina que monitoriza mi corazón. Puedo oírla también.
Y nada más.
Cierro los ojos.
Ya es de día. No sé cuanto tiempo ha pasado. Me gustaría saber si han pasado dias o semanas o meses. Y qué ha sido del pueblo, y de Joan, del mundo que conozco. Ni siquiera se si estoy vivo. Esto puede ser algo parecido a una alucinación. Tal vez me estoy muriendo, y esto es lo que ocurre cuando alguien se muere, el paso intermedio entre este mundo y el otro, si es que hay otro mundo esperando.
Una figura aparece en mi campo de visión. Es una mujer. Una de las enfermeras. Lleva un gorro de Papa Noel, y un matasuegras. Otra chica aparece detrás, con serpentinas y una copa de champagne. Y más gente. Tantos que ocupan todo mi espacio. Sonríen, aunque en alguna de las chicas veo tristeza.
Sobre sus cabezas puedo ver el reloj. Las once y media.
Noche.
Es Fin de Año.
31 de Diciembre.
No estoy muerto. Estoy en un Hospital. Estoy vivo. Joan me ha disparado. Estoy en coma, quizás, o algo parecido.
La habitación se vacía. La celebración se traslada a otra parte. Una de las chicas me da un beso antes de irse. Su rostro se acerca al mío. Pero no puedo sentir el beso, ni sus labios o su piel.
Sólo puedo mirar el reloj.
Las doce menos cinco.
4
3
2
1…
No ha ocurrido nada. Lo sabía. Estoy atrapado en una habitación de hospital para el resto de mi vida, y todo a cambio de nada.
De nada.
Un momento.
El “bip” de mi corazón. No puedo oirlo.
El reloj no se mueve. Ha pasado un minuto, o quizás más, pero el reloj permanece detenido en las doce en punto.
Y entonces siento algo sobre mi cuerpo. SIENTO mi cuerpo. Algo se mueve sobre él. Despacio. Ya no hay tic –tac. Ya no hay sonidos. Solo esa sensación en mi cuerpo. Conozco esa sensación.
Sonrío, y puedo “sentir” mi sonrisa.
El gato, el mismo gato que viera en el pueblo, aparece caminando sobre mi cuerpo, hasta llegar frente a mis ojos, y después se tumba. Y, mientras lo hace, puedo ver como, poco a poco, aumenta la claridad en la estancia. El gato me mira y comienza a lamerse tranquilamente.
Una luz inesperada lo envuelve todo. Pero no me hace daño en los ojos.
La puerta de la habitación se abre. Muy, muy despacio. Conozco a la persona que está al otro lado, que se asoma y me sonríe, mientras con su mano me indica que me incorpore y le siga.
Drezner.
Tal vez esté muerto.
O no.
La otra explicación es que “esto” es el 32 de Diciembre.
Me incorporo en mi cama, y entonces lo veo, a mis pies. Mi equipo. Mis zapatillas, mis guantes, mi pantalón, la camiseta y un dorsal. Un dorsal. El 001.
Drezner me vuelve a animar para que haga lo que tengo que hacer.
Esto tiene que ser el 32 de Diciembre.
Y tengo algo que hacer.
Correr.

noviembre 29, 2005

Día Sesenta y Dos



“¿Qué has hecho, por el amor de Dios?”.
Joan me miraba desde más allá de donde yo podía alcanzar a vislumbrar. Desde un lugar que solamente él conocía. Desde ese lugar al que yo tenía, tendría que acceder en algún momento. Quizás, sospeché, temí, desde otro mundo.
“Después de todo esto, tal vez sea ya hora de quitarnos la careta, hermanito”. Mientras me llamaba “hermanito” su mano abarcó con un gesto todo lo que le rodeaba. Llamas, dolor, gritos, cuerpos carbonizados, gente huyendo…muerte.
“Se acerca el momento, y creo que ya estás preparado. De hecho, esto que nos rodea, toda esta gente, todo eso que tu pequeña mente llama “muerte”, sigue siendo una parte del camino que tenías que recorrer. Ese mismo camino que te llevó desde el mismo día de tu nacimiento hasta hoy, hasta aquí, hasta ahora”, señaló con ambas manos el suelo nevado que nos rodeaba, y mientras hablaba aquella sonrisa había ido desapareciendo de su rostro, dando paso a, quizás, un atisbo de rabia y odio en su mirada. “Estaba escrito que aparecerías algún día, hermanito. Es de esas cosas que La Cruz sabe desde que es Cruz. Dicen que el Libro, este Libro, lo profetiza. No puedo saberlo. Nadie puede saberlo. Nadie entiende lo que el maldito Libro dice. Pero algo es cierto en todo esto. Si tú ibas a ser una realidad, si esa Batalla, esa Carrera que está escrita desde el principio de los siglos, iba a tener lugar, y si tú eras el que finalmente iba a ganarla, yo tenía que asegurarme de que, a pesar de todos los esfuerzos de La Cruz, eso nunca ocurriera”.
Negué con la cabeza, sin comprender.
“¿Porqué?”.
Joan dio un paso hacia mí. Cada vez, la distancia que nos separaba era menor. Y, a cada segundo, podía ver, ahora con absoluta claridad, el odio en sus ojos encendidos en el mismo fuego que nos rodeaba.
“Porque en esa Carrera tienes un rival, hermanito. Un rival del que la historia no se ha preocupado. Un rival que será el Vencido. Un rival que, desde el principio, tenía una pequeña posibilidad de vencer. Lo único que yo podía hacer era minimizar tus posibilidades. La profecía, por llamarla de alguna manera, dice que el elegido es alguien especialmente dotado, y que conocería a alguien que le prepararía para su Carrera Final. La profecía dice que llegado el momento, su entrenamiento será perfecto. Pero todos sabemos de qué se compone un entrenamiento, verdad, hermanito?”.
Drezner siempre lo decía: “Cuerpo y Mente”.
“Exacto. Tu cuerpo es una máquina de precisión. Yo sabía que no podría hacer nada en contra de eso. Así que tuve que encargarme de que tu mente no estuviera todo lo afinada que debiera estar. ¿Qué tal lo he hecho, hermanito?”.
Me tambalee cuando dio un nuevo paso hacia mi. No quería tenerle cerca. Los gritos y llantos que me rodeaban parecían querer envolverme con el dolor de todas aquellas personas. Joan hablaba casi a gritos, y yo no quería comprender lo que realmente quería decirme. No quería, pero lo estaba comprendiendo.
“Así que me encargué de entrar a formar parte de La Cruz, gracias a mi padre, a NUESTRO padre. Y de que me presentase a Drezner. Y de que, antes de que le conocieras tú, conocerle yo. De guiar tu vida en la medida de lo posible. Y sabes lo mejor de todo? No resultó nada difícil. Hasta cierto punto, tenía la mejor ayuda que se puede desear. Porque yo era su favorito. Pero eso es algo que tú ya sospechabas desde hace unas semanas, ¿verdad?. Por eso estuvo conmigo y no contigo. Por eso, cuando le tocó morir, lo hizo delante de tus narices, para verte sufrir, para marcar una nueva mella en el revolver que los dos, desde siempre, hemos ido disparando contra tu mente. Yo era el favorito de papá. Siempre lo fui. Porque él, desde siempre, prefirió que no fueras tú el elegido. No soportaba a esa que después fue tu madre. No soportaba que fueras tú aquel del que hablaba la Profecía. Y, desde dentro de La Cruz, se encargó de promoverme hacia niveles superiores. Y así fue como llegué hasta donde he llegado, y así fue como pude guiar tu vida, hacer que conocieses a la que fue tu esposa, que cayeras después en el más absoluto Caos, que conocieras a Nadia, que poco a poco te fueras acercando a aquello para lo que estabas destinado. No podía evitar que tu cuerpo fuese el elegido, pero sí que tu mente estuviese a la altura.”
En aquel momento, la puerta de mi casa, un poco más arriba de donde estábamos, se abrió. Uno de los hombres de Joan asomó al exterior. Nadia le acompañaba. Pero no era Nadia. Solamente su cuerpo. Ella ya no estaba allí. Su mirada vacía de vida se perdía muy lejos de donde estábamos.
Negué, mientras sentía mis ojos llenarse de lágrimas. Caí de rodillas en la fría nieve. Y entonces, en aquel preciso momento, comprendí el alcance de los planes de Joan. Yo estaba solo. Mi padres se había ido. Y mi madre. Y nadie me respaldaba. Drezner ya no estaba. Y yo estaba seguro de que su muerte no había sido un accidente. Y ahora Nadia, después de haber llegado a amarla, yacía muerta a unos pocos pasos. Dios, y toda aquella gente, todos ellos, muertos, asesinados, carbonizados por la decisión de un loco, y solamente con un único objetivo. Romper mi voluntad y convertirme en lo que era en aquel preciso momento.
Sentí que ya no quería correr. Realmente, ya no había ninguna razón para hacerlo. De hecho, tampoco encontré una verdadera razón para luchar o para vivir, ni tan siquiera para lo que siempre había sido mi sueño. Correr.
Sólo quería dormir y no despertar nunca más.
Los gritos habían cesado lentamente. Solo podía escuchar el viento en los árboles, y el horrible aliento de la muerte a nuestro alrededor.
Joan llegó hasta mí, y desde mi posición de Caído, solamente alcancé a preguntar una última cosa.
“¿Porqué?”
“¿Pero aún no lo entiendes, hermanito?. Ha llegado el momento, la hora de la Batalla se acerca, y tienes que enfrentarte a tu rival. Y yo soy tu rival.
Levanté la mirada. Joan sonrió. En su mano pude ver el revolver. El cañón apuntandome directamente. Oí el disparo. Y nada más.
Solo oscuridad y silencio.
Y después, abrí los ojos.

noviembre 28, 2005

Dia Sesenta y Uno



Es difícil explicar cómo transcurre el tiempo, cómo literalmente vuela. Su verdadera relatividad nos es mostrada cuando nos encontramos inmersos en una aventura que escapa a nuestra comprensión, que nos lleva hacia un destino desconocido, que nos roba los minutos, que nos hace sentir que no tenemos tiempo para sentir.
El frío de la montaña dió paso a un frío mayor, y ese frío dió paso un día a los primeros copos de nieve, y esa nieve se convirtió en dos palmos de espesor. Correr por la montaña, hundiendo los pies en esa nieve, hace que tu perspectiva de un entrenamiento cambie, convirtiendo el simple hecho de pasar un par de horas corriendo en un acto extenuante. Y si a eso le añadimos el dolor de sentir el aire frío en los pulmones...
Diciembre transcurrió con velocidad inusitada. Sorprendentemente para mi, en el pueblo se empeñaron en celebrar la Navidad. Nunca he sido muy amigo de ese tipo de celebraciones, y no recuerdo una Navidad que merezca la pena recordar desde hace muchos años. Aún así, las luces, los árboles, el colorido...Poco a poco fue llenando el pueblo de color, sobre todo cuando oscurecía, y a su vez le dió un sentido diferente a aquel lugar. Me gustaría encontrar la palabra que pudiera definir la sensación tan agradable, tan cálida, que aquellos días de entrenamiento me producían. Sobre todo al descender la colina, saliendo del bosque, al anochecer, envuelto en el gorro de lana y los guantes, jadeando mientras aminoraba el paso, y encontrarme de repente con aquel pequeño pueblo, aislado, perdido en la nada, y envuelto en todas aquellas luces multicolores que lo adornaban todo, las calles, los tejados, el interior de los modestos hogares...
Joan apenas habla conmigo últimamente. Desde que Drezner falleciera, se mantiene aislado. Sé que planea algo, pero no puedo adivinar de qué se trata. Lo que sí se es que no parece tener noticias, o si las tiene lo disimula muy bien, de que he descubierto su secreto. Eso me tranquiliza y me alivia. Y ambas sensaciones tienen que ver, no con él, sino con Nadia. No parece haber hablado, no parece haber dicho nada, y comienzo a sentir que esta vez me he equivocado, que la prueba a la que la he sometido ni siquiera era necesaria. Nadia está anteponiendo lo que siente por mi ante su antigua devoción hacia Joan. Algo que me habría resultado impensable hace apenas unos meses. El efecto que ha producido en ella, y para qué negarlo, en mí también, el haber compartido tantas cosas durante tanto tiempo, sobre todo las últimas semanas, el sentirnos tan bien, realmente tan bien, por primera vez, la ha cambiado. O la ha despertado.
Y a mi también.
La nochebuena ha resultado realmente especial. Muchos, por no decir prácticamente todos, de los habitantes del pueblo, pasaron por casa a saludarnos, a desearnos feliz Navidad. Hay algo inexplicable, insondable, en sus miradas, en su manera de hablar cuando lo hacen conmigo. Es sorprendente el efecto que mi presencia produce en ellos, teniendo en cuenta que simplemente se dejan guiar por la palabra de Joan. Pero creen. Con absoluta Fe. Y eso, a veces, me aterroriza.
Cenamos tranquilamente, charlando, compartiendo una deliciosa botella de vino que alguien nos había regalado, y esa noche hicimos el amor como nunca antes. Y no hablo del acto físico. Hubo algo más. Ese tipo de sensación, de sentimiento, que te hace desear abrazar a la persona amada durante el resto de tu vida, dormirte a su lado y despertarte a su lado. Esa sensación que te dice que te resultará más fácil dormir cuando ella esté contigo, y muy difícil cuando estés a solas, sin ella.
El día de Navidad salí a correr temprano, entre la nieve. Antes de salir de casa eché un vistazo, como todas las mañanas, al calendario. Empiezo a sentir los nervios. Intento no pensar en ello, pero el 31 de Diciembre se acerca, y sigo sin saber o adivinar qué demonios va a ocurrir.
El cielo estaba encapotado, y me resultó agradable una vez más correr entre la nieve. Aún así, el bosque estaba muy oscuro, y poco más de una hora después de haber comenzado a entrenar decidí volver. A pesar de haber amanecido ya, la oscuridad, la penumbra, seguía envolviéndolo todo, casi como si aún no hubiera amanecido. Quizás por esa razón me sorprendió más vislumbrar aquella claridad a lo lejos, en dirección al pueblo.
Sentí que el corazón se me aceleraba algo más de lo habitual, y comencé a correr, victima de un presentimiento, de un presagio que se convirtió en miedo mientras cruzaba el bosque, y en terror al abandonarlo, y encontrarme en la ladera que descendía en dirección al pueblo. Un pueblo envuelto en llamas, que ardía, mi casa incluida, mientras hasta mi iban llegando los gritos de sus habitantes. Desde lo lejos podía divisar el horror que convertía aquella mañana de Navidad en la escena más dantesca que pudiera recordar. Había cadaveres en las calles, gente ardiendo, gente huyendo hacia el monte, y todo envuelto en las llamas del mismísimo Infierno, las llamas que rodeaban a la figura que, en medio del camino principal, de espaldas a mi, observaba su obra, su acto final, un crimen en masa que en aquel momento me resultaba inexplicable.
Joan se volvió hacia mi al verme llegar. Llevaba bajo el brazo el Libro.
Y me sonreía
Y su sonrisa era la sonrisa del mismo Diablo.

noviembre 23, 2005

Dia Sesenta



Lo mejor de uno mismo, lo mejor de los dos mundos que conviven siempre dentro de cada uno de nosotros, lo descubrimos siempre cuando menos lo esperamos. Y yo acabo de descubrir que este tipo, ese chaval que en otro tiempo consideré amigo ya no produce en mi otro efecto que no sea el de preocupación...preocupación por quién pueda acompañarle...y el peligro que esto pueda suponer para las buenas gentes de este pueblo, entre las que no incluyo, por supuesto, a mi hermano.
"Puedes estar tranquilo", dice, mientras cierro la puerta a mi paso. "He venido solo"
Eso no parece tener mucho sentido. Los tipos esos del gobierno, y su "comandante en jefe", a quién he llamado desde siempre Barba ya averiguaron que ni yo ni Joan o Nadia estábamos aquí, y eso es lo único que nos ha permitido...seguir aquí.
"Mira, esos tipos son unos imbéciles. Y no tienen ni idea de el mundo en el que viven. Solamente buscan el poder, como siempre, y creen que la formula de esa bebida que el argentino inventó es un peldaño más en el camino al poder. Son tipos que buscan el poder dentro del propio gobierno, facciones, ese tipo de cosas, ya sabes. Pero, aunque son gente que puede presumir de una cierta importancia...no dejan por ello de ser idiotas. Si no, ya me dirás a cuento de qué, después de enviar un par de patrullas de montaña y comprobar que no os habéis escondido aquí...deciden que tenéis que estar por narices en otra parte"
No puedo evitar sonreir. Y Carlos también lo hace. Se encoge de hombros.
"A mi me mueve otro tipo de impulso, amigo mío. Es algo que ya deberías saber. De hecho, creo que ya lo sabes. La gente siempre se te ha dado bien".
Doy un paso atrás, acercándome a la ventana, y echo un vistazo al exterior. Nada parece haber cambiado en el pueblo.Todo parece estar en su sitio, la vida transcurre como todos los días a esa hora, la gente regresa a sus casas, la calle principal semi-vacía.
"Llevo investigando todo este asunto de La Cruz desde hace muchos años, y conozco la existencia de ese Libro, de las Batallas y de la propia Cruz desde hace mucho mucho tiempo. Hay al menos una centena de páginas en internet dedicadas a todos ellos, páginas a las que no se accede fácilmente. Toda una comunidad internacional de internautas siguiéndole la pista a La Cruz desde hace años. Se comenta que hay una profecía, que el tipo de la profecía es alguien que tendrá que librar una última batalla, que el Libro se encuentra en alguna parte de nuestro pais...Se rumorean docenas y docenas de cosas, algunas con más fundamento que otras".
"Habrías dejado que esos tipos me torturaran a cambio de la fórmula de la bebida"
"Seguramente. Pero aún así tú te habrías librado, ¿verdad?. Porque estás destinado a cosas más importantes. Lo dice ese Libro que nadie entiende. Hay un premio para el mejor. Incluso una vez leí algo sobre un hipotético 32 de Diciembre, aunque eso ya me parece sacar las cosas de madre".
"¿Qué haces aquí?", intento cambiar de tema para que no se me note el hecho de que sé donde está el dichoso Libro...y que sé, maldita sea, de la existencia del jodido 32 de Diciembre.
"Sólo quería verte. Sabía que estabas aquí. No ha sido fácil llegar. Y puedes estar tranquilo. No pienso decirles nada sobre tu presencia aquí, ni sobre el argentino o la bebida o lo que sea que escondáis aquí. Simplemente he estado atando cabos, y me he dado cuenta de que el tiempo se acaba, y de que se acerca tu momento."
Por alguna razón que se me escapa, sus palabras consiguen arrancarme un frío helado que recorre mi espalda.
"¿Mi momento?".
"Claro. El momento de correr. De Ganar. De recibir el Premio. Eso es a lo que apuntan todos los rumores en internet. Lo que ellos no saben es que yo conozco al tipo que tiene que correr, y ganar, y recibir el premio".
Niego con la cabeza.
"No estoy seguro de ser yo ese tipo del que todos hablan".
Carlos da un paso al frente y yo me aparto. Parece haber envejecido años en las pocas semanas que han pasado. Levanta ambas manos, como indicando que no hay nada que temer. Me rodea y llega hasta la puerta.
"¿Alguna vez has intentado encajar un círculo en un cuadrado? Pues supongo que ser ese tipo tiene que ser algo parecido. Al que lo es le parece imposible...pero aún así, puede hacerse...si él quiere realmente hacerlo. Así que, si lo eres, nos veremos a partir del 1 de Enero, amigo mío. Todo esto habrá terminado y quizás podamos tomar un café y recordar viejos tiempos. Y sentirnos por fin libres y tranquilos"
Levanta la mano, para despedirse, y abre la puerta.
"¿En esas páginas, en internet...se comenta algo sobre ese ...premio?".
Se detiene, antes de salir, y sonríe. Me observa unos instantes, evaluando la respuesta.
"Se comentan muchas cosas. Pero yo no apostaría por ninguna de ellas. Seguro que será algo...totalmente inesperado".
La puerta se cierra a su paso. Me quedo a solas en la habitación, mientras escucho sus pasos escaleras abajo. Se alejan, y de repente, mientras me dejo caer sobre la cama y recupero el aliento, siento que alguien a quien había considerado un amigo durante algún tiempo...quizás haya dado un pequeño paso para volver a serlo.
Necesito una ducha.
No puedo dejar de pensar en como lo que en un principio eran simplemente palabras, leyendas, ritos, recuerdos...se están convirtiendo en una posibilidad real a cada día que pasa. Una carrera, un 32 de diciembre, un premio...
Como habría dicho Drezner...habrá que entrenar.

noviembre 22, 2005

Dia Cincuenta y Nueve



Piensa. Piensa.
¿Qué es lo que hace la diferencia? Me gustaría saberlo. Me gustaría poder decir, afirmar, que voy sobre seguro, que Nadia meterá la pata hasta el fondo, hablando con Joan sobre mi descubrimiento. Y Joan dará algún tipo de paso en falso. Me encantaría que las cosas fueran así, porque eso querría decir que Nadia me ha traicionado, que nada de lo que ocurre es, como ella solía decir, por mi bien. Que el complot, la trama, sigue, y que ella no es, como yo, una pieza más en el engranaje que Joan ha ido tejiendo, quizás con la ayuda de mi padre cuando aún vivía, durante todos estos años, con el propósito de....
Siempre me pierdo cuando llego hasta aquí. Me han pedido que sea una máquina de correr, literalmente, y nada más que eso. Seguir adelante, un poco más cada día, para ganar, cuando llegue el momento, una Batalla, así, con mayúscula, en la que no puedo creer.
Drezner me lo dijo. Eso no importa. Lo que importa es que creas en ti mismo, tú encontrarás el camino.
Es curioso, pero ahora, de repente, puedo recordar ese tipo de frases en otras ocasiones. Siempre, cuando Drezner y yo entrenábamos, o mejor dicho, cuando él me entrenaba. Tu fuerza nace de tí, no de tus convicciones, ni de tus deseos. De tu interior. Hay en tí una fuerza que va más allá de este lugar, de La Cruz, de Joan, de esta bebida.
Yo siempre pensaba que lo hacía para darme ánimos, para ir un poco más allá en mis entrenos diarios, como este mismo que estoy haciendo mientras mi cabeza divaga. Pero quizás no eran solamente palabras de ánimo. Quizás Drezner sabía más de lo que aparentaba saber.
Quizás sabía que Joan y yo somos hermanos.
Hermanos.
Por fin lo he dicho. Bueno, lo he pensado, que es parecido, pero casi lo mismo.
Hermanos.
De lo que sí estoy seguro es de que Joan lo ha sabido desde siempre. Y que, de alguna manera...el hecho de que seamos lo que somos, sangre de la misma sangre, es importante en medio de todo este lío, estos tejemanejes que se escapan a mi alcance, a mi comprensión.
Corro con más firmeza. Cada día un poco más. Han transcurrido un par de semanas. Ya casi ni hecho de menos la bebida. Bueno, a veces sí. Un poquito. Como un pinchazo, un dolor, un recuerdo. Como el yonqui que busca la dosis o que la recuerda en las tinieblas, en ese preciso instante en el que nos vamos quedando dormidos...
Hermanos.
El muy cabrón...Siempre con ese tonillo de condescendencia, con esa seguridad en mi importancia en todo este juego. Controlando todas y cada una de las pistas que me iban siendo dadas. Como si hubiera que medirse conmigo, no fuera a ser que el pequeño de la familia supiese más de la cuenta y no fuese capaz de soportarlo.
Tengo que saber algo más de todo esto, y no alcanzo a averiguar de qué manera, salvo esperando a que Nadia de un paso en falso...o preguntándole directamente a Joan.
Termino el entrenamiento y llego a casa. Nadia no está. Seguro que ha ido a visitar a Ángela. Pasa muchas de las tardes con ella. De vez en cuando, me comenta que desea que todo esto acabe pronto, que lo que tenga que ocurrir ocurra de una maldita vez, que de alguna manera podamos volver a la ciudad, o a otra ciudad, o a alguna parte, y vivir juntos y olvidarlo todo.
Parece un comentario, un deseo algo iluso, ¿verdad?
Abro la puerta de la habitación, dispuesto a dejar las zapatillas e ir directamente a por la ducha.
Y allí me quedo, plantado, como un idiota, sin poder moverme.
Un hombre, de espaldas a mi, con una larga gabardina, encorvado, mirando el anochecer a través del ventanal.
Se vuelve
Carlos me sonríe.

noviembre 21, 2005

Dia Cincuenta y Ocho



Estrategia.
Supongo que es a eso a lo que se reduce todo. Lo sé y lo puedo afirmar porque conozco a Joan. Con él nada es casual, nada corresponde al azar, a la probabilidad o a un cúmulo de casualidades. Joan es mayor que yo. No podría precisar su edad, pero estoy seguro de que por lo menos me lleva unos quince años. Quince años es mucho tiempo.
Hermanos.
Qué fácil decirlo. Una simple palabra, y todo lo que puedo esconder. Mucho más, desde luego, tratándose de quién se trata.
Así que, al fin y al cabo, de eso se trata. De una estrategia. Un pasado oculto, ya no sólo por parte de Joan, sino también de mi padre. El jodido don Manuel. Ambos lo decidieron en algún momento. Estoy seguro. Con algún oscuro propósito.
Siempre pensé que tener un hermano estaría bien. De esas cosas que uno echa de menos cuando es un chaval, esa rivalidad, el enfrentamiento sano entre la misma sangre...Todas esas cosas.
No esperaba cambiar de opinión algún día.
Nadia dice que tiene que haber una explicación para todo ésto.
La miro, y comprendo que, una vez más, y ya he perdido la cuenta, vuelvo a desconfiar de ella. Ahora que parecía que todo empezaba a tener un poco de sentido, ahora que podía sentirme tranquilo cuando dormía a su lado. Pero veo su gesto, su mirada, y la sensación de que sabe y calla vuelve a mi una vez más.
No pude confiar en mi padre, ni en mi hermano, ni en la que podríamos llamar mi pareja.
El que parecía ser mi mejor amigo, el "bueno" de Carlos, resultó ser un vendido que estaba allí para vigilarme, para seguirme los pasos, para encontrar el camino que llevase a sus jefes hasta La Cruz. Y esos jefes, al parecer hombres de buena voluntad que trabajaban para el Gobierno y pretendían ser "buenos chicos" resultaron ser iguales o peores que aquellos a quienes perseguían.
La que durante un tiempo había sido mi pareja y más tarde mi esposa resultó formar parte del plan concebido para mermar mi voluntad y llevarme por el camino señalado en dirección a este mismo lugar, a lo que La Cruz ha dado en llamar "mi destino".
Y, finalmente, la única persona en la que he sentido que podía confiar desde que todo ésto comenzó...está muerta.
Supongo que, si de un momento a otro, empiezo a volverme loco, resultará algo comprensible, ¿no?
Debería hablar con Joan. Nadia me lo ha propuesto enseguida. "Hablemos con él, seguro que hay una explicación para todo esto, siempre la hay cuando se trata de Joan".
Quizás eso sea lo que más tema. Otra explicación. Otra nueva enredadera que ahogue mi cuello.
Alguien dijo una vez que en cada giro, en cada esquina, en cada derrota, en cada final, hay una oportunidad.
Miro a Nadia.
Quizás esto pueda ser también una oportunidad.
"No voy a hablar con Joan aún. Y no quiero que tú lo hagas tampoco. Sé que Angela no abrirá la boca. Quiero averiguar unas cuantas cosas por mi cuenta antes de hablar con él. Y no quiero que se entere de que he descubierto que estamos unidos por un poco de sangre común".
Nadia asiente sin dudarlo. Con total y absoluta confianza, al parecer, en mi decisión.
¿Será verdad?
Pronto lo averiguaremos.

noviembre 17, 2005

Día Cincuenta y Siete



Mataría por un poco de "la bebida".
Bueno, quizás no mataría, pero no me importaría hacerle daño a alguien si pudiera conseguir algo del líquido que...
Vale, no le haría daño a nadie, pero Dios, como la echo de menos.
Entrenar está bien, y consigo mantener la forma. Eso sí, entrenando más y más duro, aprovechando el descanso entre entreno y entreno todo lo que puedo, relajándome....Pero aún así, vuelve a mi recuerdo, a mi cabeza, a cada momento. Siento su sabor en el paladar, recuerdo su frescura descendiendo y entrando en mi cuerpo...
Joan dice que no hay nada que hacer. Nunca se había atrevido a pedirle a Drezner la "receta", la fórmula usada para conseguir el bendito líquido. Nunca. Y Ángela no tenía ni idea. Todo lo que pudimos encontrar en la casa de los Drezner fueron dos botellas, las que había preparado para los días siguientes.
Y no quiero tocarlas. Sé que necesitaré beber ese líquido en algún momento. Y sé que ese momento no ha llegado aún.
Esta mañana he vuelto a ver al gato. Ese gato. Lo más curioso de todo es que tengo la sensación de haberlo visto otra vez. Mejor dicho, otras veces. En alguna parte. Nadia dice que probablemente por el pueblo. La gente tiene perros y gatos, no demasiados, pero los tiene.
No.
Lo recuerdo de antes. De antes de este lugar.
Y él me conoce, de eso no cabe la menor duda. Estaba lamiéndose cuando he salido de casa, temprano, por la mañana, a entrenar, y enseguida me ha mirado fijamente. Siento como si me vigilara.
¿Me estaré volviendo paranoico?
Los entrenos prosperan. Reduzco los tiempos en segundos. Y esos segundos avanzan. Día tras día. Y Drezner está conmigo, todo el tiempo, en cada uno de esos segundos, incluso en cada décima de esos segundos. Realmente siento que le echo de menos a cada instante. Me cruzo con Ángela algunas veces, y de vez en cuando Nadia y yo le hacemos una visita. Paseamos con ella, o simplemente charlamos, y ella nos enseña fotografías tomadas en Buenos Aires hace años.
Tiene cientos. Cientos de fotografías. De cuando Drezner enseñaba en la Universidad, de manifestaciones a favor de los Derechos Humanos. Muchas de ellas, fotos realmente antiguas, que han perdido el color con el paso del tiempo, adquiriendo esa plástica carcomida, dándoles esa familiar sensación de antiguedad.
Es agradable ver fotografías de otros lugares y de otros tiempos.
Lo que ocurre es que a veces vemos pero no miramos.
Ha ocurrido esta tarde, mientras tomábamos el café en su casa. Angela nos mostraba un viejo album. Recuerdos de la Universidad y de otros tiempos. Más de treinta años atrás. Fotos del matrimonio manifestándose con miles de personas por las calles de Buenos Aires. Fotografías de los profesores con sus alumnos. Rostros de hombres y mujeres que ya no existen. Y más y más fotografías de Buenos Aires. Decenas.
Y mi padre con Drezner y Ángela tomando un café.
Me he quedado de piedra. Casi he arrancado el album de fotos de sus manos.
Mi padre.
En esa época ya no vivía con nosotros. Treinta años atrás. Por aquel entonces, ya nos había abandonado, y según lo que Joan me había contado, habían sido sus años más intentos en su relación con La Cruz.
Mi padre había mantenido amistad con los Drezner en Buenos Aires. Ángela me confirmó, asintiento, que aquel hombre era quien primero les había hablado sobre la existencia de La Cruz, sobre su "proyecto de humanización" por todo el planeta, de la idea de crear comunidades libres, como el pueblo en el que estábamos ahora...
"Pero este hombre no puede ser tu padre".
No entendí el porqué de aquella afirmación.
"Don Manuel, que así se llamaba, nos presentó al poco tiempo de conocernos a aquel en quien, según decía, había depositado toda su confianza para levantar el proyecto de La Cruz y hacerlo realidad después de siglos de lucha entre tinieblas. Y nos lo presentó como su hijo, claro".
¿Su hijo?.
"Joan, por supuesto", sentenció Ángela. "Joan es su hijo".

noviembre 15, 2005

Día Cincuenta y Seis



Todo Perdido.
¿Y qué más da?.
Nadia ha intentado hacerme hablar, pero no tengo el más mínimo deseo de escuchar ninguna argumentación, y mucho menos de ser convencido de que "hay un trabajo que hacer". No creo que eso le importase realmente a Drezner. Es más, ni tan siquiera creo que él creyese con firmeza en toda esta patraña que me rodea día tras día.
Si hay algo cierto en todo esto es que la mejor manera de pasar un mal momento es a solas. Y yo no tengo ganas de aguantar a nadie. Estos bosques son quizás el mejor lugar de todo el planeta para perderse, para pasear, para olvidar y dejar que el tiempo haga su trabajo. Aunque, según Joan, no tenemos demasiado de eso.
Tiempo.
Ángela.
Sentada sobre la roca. Conocía aquella roca. Era la misma sobre la que, días atrás, me encontrara a Drezner cuando entrenaba. Siempre me ha costado creer en las casualidades, pero no creo que aquella roca significase nada para aquel matrimonio roto. Y yo había llegado hasta aquel lugar caminando...por casualidad.
O tal vez buscando.
Ángela permanecía en silencio, mirándo hacia la nada, cuando llegué hasta ella. Se volvió, y sonreía, esa sonrisa melancólica que solamente el dolor puede traer a los labios.
"Deberías estar entrenando", susurró.
Me encogí de hombros mientras me apoyaba en el árbol más cercano a ella. Su rostro acusaba el cansancio de los últimos días, pero parecía haber recuperado una parte de la compostura, de la firmeza que descubriera en ella cuando nos habíamos conocido, semanas atrás.
"No tengo muchas ganas, la verdad".
"Pero es lo mejor que sabes hacer".
Nunca me lo había planteado. Intenté no pensar más allá de aquella frase, pero ya era tarde.
"Durante un tiempo, en mi vida, pensé que lo mejor que sabía hacer era ayudar a la gente, incluso a los que no sabían que necesitaban ayuda".
Ella me sonrió, y pude ver luz en aquellos ojos cansados.
"Quizás esta vez ambas cosas, entrenar y ayudar, signifiquen lo mismo".
Sentí que una bocanada de aire frío, limpio, llenaba mis pulmones. Apreté las manos, los puños, y sentí la fuerza en ellos.
"No creo ni que el propio Drezner creyese en eso...¿usted sabe algo de todo ese asunto...?".
"Yo sé lo que mi marido me contó. Y no es demasiado. Y tienes razón, no creía o al menos, no estaba convencido. Pero el día en que te conoció, y después, cuando entrenábais juntos, siempre volvía con la sonrisa en la cara, vivo y feliz. Así es como le vi, todos los días, hasta que se fué. En cierta manera, entrenar y entrenarte le ayudó...y quizás eso sea la clave de todo".
"¿La clave?"
Ángela se levantó y caminó hasta llegar a mi lado. Tomó mi mano, como si estuviera agradeciendo un regalo que a mi se me escapaba.
"Todos tenemos que hacer lo que tenemos que hacer. Si ya has elegido...tendrás que asumir esa decisión. Como él decía siempre...está dentro de ti".
Me dió un cálido beso en la mejilla y emprendió camino de regreso al pueblo. La vi, alejándose, mientras de nuevo sentía el aire frío en los pulmones, como si se tratase de un jarro de agua frío recorriendo todo mi ser.
Estaba vivo.
De regreso al pueblo, me crucé con Joan, que permanecía en medio del camino en el que Drezner falleciera días atrás, en silencio, pensativo. Se volvió al verme llegar, sorprendido.
"Un día frío".
"Así es", asentí, "perfecto para entrenar".
Me miró sorprendido, y otra vez vi algo en su rostro. Pero fue como una sombra, que enseguida se borró. Y una alegría quizás algo forzada, lo cual no tenía demasiado sentido, cruzó su mirada.
"Adelante entonces", dijo.
Y entrené.
Mejor que nunca.

noviembre 14, 2005

Día Cincuenta y Cinco

Durante las siguientes 48 horas, no recuerdo haber dormido. Los únicos movimientos que me sentía capaz de hacer eran aquellos que me impulsaban a las tareas más rutinarias. Pero Nadia lo llevaba mucho peor. Sus ojos, cansados y enrojecidos de tanto llorar, encontraban mi mirada a cada instante, y yo me sentía inútil e impotente ante tanto dolor. Aún así, me auto-impulsaba a hacer las cosas más básicas…Pero el mundo se me vino encima al encontrarme, el día antes de que enterráramos a Drezner, con Ángela. La que había sido su compañera durante tantos años no era ni tan siquiera el tímido reflejo de la mujer que yo había conocido semanas antes. Toda, absolutamente toda la vida parecía haber huido de su cuerpo, de sus ojos, ahora muertos de dolor y pena, y de aquel cansancio, aquella apatía que parecía envolverla…Nadia pareció encontrar entonces un motivo para sentirse un poco mejor, ayudarla, y aquello fue el principio de algo mejor…aunque sin un horizonte que vislumbrar aún. En cualquier caso, el verla a ella ayudando me impulsó a hacer algo a mí también…y quise entrenar.
Creo que fue entonces cuando comencé a comprender el alcance, el efecto que aquel estúpido accidente había tenido en mi cuerpo…y en mi mente. Que nadie se engañe. No es el cuerpo, mejor o peor entrenado, el que gana una carrera, el que resiste 40, 50 ó 100 Km. Por supuesto, es necesaria una cierta forma física, una alimentación, unos cuidados…pero es aquí dentro, en la cabeza, en donde todo alcanza un sentido, un fin, un objetivo, una razón de ser.
Y ahora, inesperada y repentinamente, yo no podía comprender cual era el objetivo, ni hacia donde me dirigía. ¿El futuro de la Humanidad? ¿El 32 de Diciembre? ¿Una profecía, un Libro que a saber de dónde venía? Nada tenía sentido. Al menor con Drezner a mi lado, con sus sabias palabras de apoyo, de amistad, de comprensión, me sentía seguro, fuerte, y aunque no comprendiera el fin último de todo aquello, sentía que había una buena razón para llegar a aquella extraña meta…fuera donde fuera y ocurriera de la manera que ocurriera.
Nada de eso se encontraba en mi camino ahora.
Nada.
Apenas pude entrenar media hora, y los pocos kilómetros que conseguí hacer fueron a desgana, con mi mente en el recuerdo del amigo fallecido y el dolor de su compañera, de Nadia…
No, no podía hacer nada.
Enterramos a Drezner al día siguiente, dos días después de su fallecimiento. Los pocos, no mas de tres docenas, que poblábamos aquel mundo perdido de la mano de la providencia, nos reunimos en lo alto de la montaña, sobre el pueblo. Una vista maravillosa, sí, un lugar por el que había pasado corriendo docenas de veces. Pero esa mañana, cubierto de una espesa niebla que apenas dejaba ver nada, se me antojaba la antesala del Infierno.
Joan pronunció unas palabras, algo que siempre se le ha dado muy bien. Retórica no exenta de cierta verdad, de cariño hacia aquella buena persona que ya no estaba. Hacia el AMIGO que se había ido. Nadia y yo permanecimos todo el tiempo al lado de Ángela, consolándola. La ceremonia se nos hizo breve a todos, y Joan encontró un momento para caminar a mi lado mientras descendíamos la ladera, de regreso al pueblo, envueltos en la niebla que espesaba como un manto de dolor.
Me preguntó por el entrenamiento, y le dije la verdad. No me sentía con ánimos de entrenar en aquellos instantes, no me sentía con ánimo de nada, y no podía asegurarle cuanto tiempo tardaría en volver a sentirme bien, en condiciones. Joan, evidentemente, se mostró preocupado. El tiempo pasaba. Faltaba un mes y medio para el Fin De Año, aunque no sabía que cojones quería decir eso realmente. Pero se notaba la impaciencia y el nerviosismo en su gesto. Cómo si algo se le estuviese escapando entre los dedos.
“No sé ni siquiera si podré volver a entrenar, o mantener la forma que he adquirido, hasta final de año, y menos aún sin la bebida que Drezner me daba”.
Joan me miró como si hubiese dicho una blasfemia. Y algo más.
Vi algo más, pero en aquel instante no podía saber aún que quería decir.
“Entonces todo está perdido”, dijo Joan mientras daba media vuelta y se encaminaba de regreso a su casa.
Y, ciertamente, así era como yo lo veía también.

noviembre 10, 2005

Día Cincuenta y Cuatro


Ha sido agradable, diferente, especial, despertarse al lado de Nadia "de otra manera". De alguna manera, de esa manera que resulta tan difícil describir, siento como si las miradas de reojo, los silencios inoportunos, todo lo que había hecho hasta ahora de esta "relación" algo en lo que no creer...hubiese desaparecido.
En cualquier caso, tampoco he tenido tiempo para pensar demasiado en ello. Solamente de sentir sus besos mientras desayunábamos, esa mirada que recordaba en ella los primeros días, esa "luz" en los ojos...todo parece haber vuelto.
Y después, a entrenar.
Drezner me aguardaba en la puerta, frotándose las manos ante el frío de la mañana. Realmente, cada día hace más y más frío. El aliento se nos helaba mientras caminábamos en dirección a los bosques que rodean al pueblo. Nos cruzamos con algunas familias que nos saludaban mientras el alba daba paso a la limpia claridad del nuevo día. En realidad, casi todos me saludaban a mi. Me pregunto hasta que punto, o qué es exactamente lo que ellos conocen de toda esta historia. Puede que nada. Pero saben que soy alguien especial. Drezner me había contado el día anterior como un coche de la patrulla de montaña había pasado por allí mientras yo era retenido en La Ciudad, apenas un par de días antes. Por supuesto, él no había visto apenas nada. Ni tan siquiera había salido de casa, pero Ángela, su mujer, le había contado como los de la patrulla de montaña habían preguntado varias veces si algún extraño había pasado por el pueblo en aquellos días. Y todos había negado con la cabeza y, por supuesto, de palabra. No era que Joan se lo hubiese ordenado. No. Realmente era algo en lo que creían. Sabía que alguien especial estaba entre ellos. Yo no me sentía así, especial, pero para ellos, en cierto modo, lo era, y eso establecía la diferencia.
Drezner me tendió una botella mientras comenzábamos a subir por la ladera del monte. Con el bien conocido líquido. Bebí un poco nada más, pero mi cerebro, mis reservas de hidratos, mis músculos, todo mi cuerpo lo recordaban a la perfección. Era como si la vida volviese a todo mi ser. Era como la droga que se echa de menos. Como el vino que no calma la sed sino que embriaga de placer.
"No bebas demasiado", me recordó."Solamente lo necesario para empezar".
Y así empezamos a trotar lentamente al principio. O quizás no tan lentamente. En apenas cuatro o cinco minutos, comencé a correr, después de uno de los calentamientos más breves que podía recordar. Era como si todos y cada uno de los músculos estuviesen en su punto, preparados, vivos, y la euforia me llenaba a cada nuevo paso. Subía colinas, corría, saltaba, y Drezner se mantenía relativamente cerca, o se detenía y buscaba los tiempos cronometrados en su muñeca, sonreía y volvía a correr.
Poco más de una hora después, yo me sentía aún capaz de seguir corriendo durante el resto del día, pero Drezner se negó. No era cuestión de forzar la máquina. Las próximas seis semanas iban a ser cruciales, o al menos eso decía él. A mi, en aquellos momentos, no me importaba demasiado. Al detenerme y comenzar a trotar, finalizando el entrenamiento, parecía volver a la realidad, y volvía a pensar en todo este lío del 32 de Diciembre y el Libro y la Batalla y todo lo demás.Pero, mientras corría, nada de eso me importaba, salvo seguir corriendo, sentir el aire llenando mis pulmones, sentir mis piernas fuertes, firmes, y todo mi ser decidido a ir un poco más allá.
"Así es como debe ser", dijo Drezner mientras me daba de nuevo a beber del maravilloso líquido. "No es la meta lo que tiene que contar, sino los pasos. El viaje es lo que importa. Y tú has emprendido uno del que no hay vuelta atrás".
Me mostró el cronómetro. Nunca me dejaba llevar el mío. No quería que pensase en mis tiempos. Prefería mostrármelos él al final. Y, esta vez, la media era realmente sorprendente. Tres minutos y medio por km. Ni en mis mejores sueños...
Parecía imposible de creer, pero era una realidad.
"La bebida y mis consejos son importantes", me dijo al despedirnos frente a la puerta de casa. "Pero no te engañes. Todo, absolutamente todo, está dentro de tí. Eso es lo que realmente importa. Lo que tienes dentro".
Me despedí asintiendo con una sonrisa en los labios. Ya iba a entrar en casa cuando oí el ruido. En la paz de aquel lugar, el sonido de un coche, de los pocos que había en el pueblo, solo podía indicar que alguien volvía con provisiones o que salía a buscarlas. Pero el sonido de las ruedas sobre la tierra del camino era...diferente.
El coche venía cuesta abajo desde lo alto. Cada vez a más velocidad. Grité su nombre pero ya era demasiado tarde. No había conductor. Drezner estaba mirándome a apenas 100 metros de mi casa, de espaldas al coche, y supe que había visto el pánico en mis ojos, y que mi grito, el grito de su nombre, solo podía significar una cosa para él. Se volvió, pero no se apartó, y el coche le pasó por encima.
Cuando llegué hasta su lado, mientras sentía mis ojos llenarse de lágrimas y el corazón desbocado, puede oir el sonido del coche estrellándose contra un árbol, al final del camino. Pero nada de eso me importaba. Un hilo de sangre manaba de los labios de aquel hombre, y su mirada perdida en el vacío de la muerte me decía que nunca más volvería a escuchar ninguno de sus consejos, sentir sus palabras de cariño, su maravilloso acento, ni la alegría de vivir que manaba de todos y cada uno de sus gestos.
Lo siguiente que escuché fue el grito de Ángela al ver a su marido muerto.

noviembre 08, 2005

Día Cincuenta y Tres


Durante el resto del día Drezner y yo hablamos tanto que me resultaría literalmente imposible relatar aquí todos y cada uno de los pormenores de nuestra larga conversación. Rememoramos el día en que él y Ángela se habían casado, y lo agradable que resultaba pasear por Buenos Aires cuando llegaba el otoño. Y el café. Echaba de menos aquellos pequeños lugares en donde saborear un expresso, y sobre todo uno, el "Torino", situado frente a la Facultad en donde había impartido sus clases de Química durante tantos años.
Cuando me despedí de él, anochecía ya, y aunque me costó hacerlo, y nos emplazamos para un nuevo entrenamiento, el que sería según su deseo el primero de la última etapa de mi preparación, la que nos llevaría hasta dentro de apenas dos meses, yo estaba terriblemente cansado. Solamente quería echarme y dormir.
Y, sorprendido, supe, deseé, descubrí que echaba de menos el cálido cuerpo de Nadia a mi lado.
Estaba preparando algo para cenar cuando entré. Joan ya se había largado hacía un buen rato, al parecer, y Nadia parecía la mujer más feliz del mundo ahora que el propósito de todo aquello había sido, por fin, revelado. Si en Joan podía vislumbrar la ambición y la codicia sin apenas esforzarme, en Nadia no veía más allá de una creyente absoluta. Creyente en el futuro, fuera éste el que fuera. Y el futuro se acercaba minuto a minuto.
Supe entonces que ella tenía miedo, y me descubrí a mi mismo temiendo también aquel futuro. Después de todo lo ocurrido, después de haber atravesado un sinfín de calamidades, la mayoría de ellas a su lado, o quizás causadas en parte por su propia presencia, estábamos allí, y todo parecía apuntar, una vez más, hacia lo desconocido. Para ella, quizás hacia la confirmación de que sus creencias eran erróneas, y que todo aquel tinglado no era más que un fraude, para mí hacia la incomprensible posibilidad de que todo, absolutamente todo, fuera verdad...incluido el imposible 32 de Diciembre...y lo que más me intrigaba de todo aquello...una batalla...¿contra quién?. ¿Y con qué objetivo y premio?.
Cenamos charlando animadamente, intentando huir de nuestros miedos, y nos encontramos cogiéndonos de la mano al subir las escaleras hacia el dormitorio. Por primera vez en mucho tiempo, desde aquel lejano día en el que fuéramos al Hotel en la Sierra, para pasar un fin de semana juntos, mientras yo entrenaba, busqué su mano, y minutos más tarde, su calor, su cuerpo, sintiendo la vida que me daba a cada segundo transcurrido.
No estaba tan cansado como imaginaba.
Nos susurramos al oido palabras inesperadas, como inesperada era para mi aquella noche, aquel momento compartido, y nos quedamos dormidos abrazados el uno en el otro. Descansamos en silencio, buscando el calor del cuerpo que ya no era ajeno. Interiormente, quizás sintiéndolo mientras dormía, quizás soñándolo, tuve la sensación de que todo se encaminaba hacia alguna parte, y esa parte estaba cada vez más definida.
Me desperté al alba. Desde la ventana de la habitación se entreveía el tono anaranjado que presagiaba un día invernal, frío y sin nubes.
Y entonces lo vi. Sobre la cama, descansando, mirándome fijamente. Un gato blanco y negro, delgado, silencioso. Nunca antes lo había visto, ni en la casa ni por allí, ni tan siquiera en el pueblo. Había más gatos, no demasiados, pero varias familias tenían mascotas. Pero aquel no era un gato-mascota. No era el gato de nadie.
El animal se incorporó y caminó sobre la cama hacia nosotros. Se detuvo, apenas a un par de centímetros de mi rostro, y permaneció mirándome fijamente. Sorprendentemente, descubrí que prefería no moverme y aguardar a ver que ocurría. Al cabo de un largo minuto, dió media vuelta, abandonó la cama, llegó hasta la ventana y salió al exterior sin volverse ni una sola vez.
Separé el brazo de Nadia para poder incorporarme y llegué hasta la ventana. El gato había desaparecido.
Creo que fue entonces cuando supe que el gato solamente era una forma, aunque en aquel instante aún no podía saber de qué.
O de quién.

noviembre 07, 2005

Día Cincuenta y Dos

Y otra vez en la montaña. Con el aire frío recorriendo mi cuerpo. A cada paso, un poco más tranquilo, un poco más reflexivo...pero aún así, sin encontrar el "hacia dónde". Ni, sobre todo, el "cómo". Porque una cosa es tomar una decisión y otra muy diferente es llevarla hasta sus últimas consecuencias. Y la puerta al final de éste camino solamente puede llevar a una parte...Al 32 de Diciembre.
¿Qué tontería verdad?. ¿Quién en su sano juicio puede creer que pueda existir un 32 de Diciembre?. O, peor aún, que lleve existiendo desde...¿desde el principio de los tiempos?. Pero eso no cabe en la lógica. Nuestro calendario no es tan antiguo como la historia de los hombres. El concepto "diciembre", por ejemplo, es algo relativamente reciente. Al menos, en lo que a términos de Historia, con mayúscula, se refiere. Así que supongo que eso del 32 de Diciembre quizás no sea más que algún tipo de metáfora, una manera de darle un nombre a un hecho que se repite año tras año el último día de Diciembre...No sé, es una explicación al menos, ¿no?.
La verdad, el libro es ininteligible y, siempre según Joan, un tipo al que el brillo de la codicia le asoma en la mirada a intervalos regulares, todo lo que saben los de La Cruz, todo aquello en lo que se basa su tradición, su fundación misma, no va más allá de una historia "oral" transmitida desde tiempos remotos. Probablemente les han tomado el pelo a todos y se lo han creido a pies juntillas, y todos esos que forman la facción del Gobierno, esos que están entre nuestros dirigentes, probablemente desde que La Cruz existe, también se lo han creído, y a su vez todos juntitos se creen que algo va a pasar este mítico 32 de Diciembre...lo que me deja en una situación bastante incómoda...Para unos, soy la única salvación de La Humanidad...y para otros un obstáculo en sus ambiciones...alguien con quien acabar...supongo.
Y es ahora, quizás, el momento en el que los pasos tienen que ser dados con más precaución, con más calma, sopesando todos y cada uno de los movimientos...porque de ellos quizás dependa algo que aún no me puedo imaginar.
Agua.
Echo de menos el maravilloso líquido de Drezner. Mi cuerpo lo echa de menos. Siento que lo necesito, y eso que lo he bebido hace menos de 6 horas, al despertarme de mi viaje de regreso a este pueblo perdido entre las montañas.
Fue entonces cuando vi su figura. Sentado sobre una roca, a unos 50 metros de mi posición. Recuperaba el aliento, y bebía. Agua, como yo. Drezner dejó la botella en el suelo, apoyándola en la roca, y volvió su mirada viva hacia mí. Y sonrió, y yo sonreí también, porque le echaba de menos. Echaba de menos sus consejos al entrenar. Su presencia, su aparente tranquilidad, la seguridad de sus palabras, del tono de su voz.
Me invitó a sentarme a su lado con un gesto, una inclinación de la cabeza. Asentí y así lo hice.
"Tenemos que seguir entrenando, hijo. Ya se acerca el momento".
Ahora hablábamos, por fin, de igual a igual. Había tenido que esperar a que Joan me informase sobre todo, a que pasase por la experiencia de conocer a alguien como Barba, de descubrir que Carlos había estado con ellos desde el principio....Pero ahora, Drezner y yo sabíamos lo mismo, y podíamos hablar de tú a tú...por fin.
"No sé si es lo correcto, dije. Quiero seguir adelante. Tengo curiosidad, por supuesto, y quiero llegar hasta el final. Para mí ya no hay vuelta atrás. Pero quiero saber si estoy en el lado correcto. Sólo eso".
"Eso solo lo podrás saber cuando llegue el momento. Pero, si te sirve de consuelo, yo tampoco lo sé".
Mi gesto tuvo que ser de sorpresa infinita, porque arrancó una gran sonrisa de todo el rostro de Drezner.
"No te extrañes. De alguna manera, me reclutaron. Descubrieron que mi creación se podía utilizar para sus fines, y me contaron toda la historia. La misma que a ti. Y vi sinceridad en sus palabras. Siempre , tanto mi mujer como yo, hemos sido dos almas creyentes. En algo más que todo esto, que la simple carne. Hay más cosas, muchas más, que desconocemos. Y ésta probablemente sea una de ellas".
"Su creación...la Bebida...¿Cómo es posible?
"A veces creo que se me iluminó la Mente para llegar precisamente hasta aquí. No lo sé. Experimentaba con un complejo vitamínico y, haciendo pruebas, llegué hasta la combinación perfecta. Cómo siempre he corrido, lo sinteticé para poder consumirlo durante los entrenamientos. Cuando ellos llegaron, los de La Cruz, y me contaron toda la historia, supe que aquella bebida, la creación de mi vida, no era para mí".
"¿Y si están equivocados?".
"Ellos dicen que lleva ocurriendo desde hace siglos. Nunca lo he comprobado. Solamente me pidieron que preparase la bebida para cuando tu llegases. Y que te entrenase. Nunca me preguntaron la fórmula. Ni cómo hacerla ellos. Nada. Solamente la preparo, te la doy, y te entreno. A cambio, nos sacaron a mi mujer y a mi del infierno. Así que creo en ellos, pero de todas maneras, eso no es lo más importante. Durante estos días me he dado cuenta de algo que va más allá de todo eso".
Le miré, aguardando, deseoso.
"Tú no eres como ellos. No eres de La Cruz. Ni tampoco de los otros. Tú eres tú. Y eso es lo que me ha dado la pista, de que realmente eres el elegido para este trabajo, desde el principio de los tiempos. Eres un Guerrero, hijo mío. Un Guerrero de La Luz. Y tu destino ya está escrito. Así que prepárate, porque todo Guerrero tiene que estar preparado para el Combate."
En aquellos momentos, no me sentí precisamente un Guerrero.

noviembre 03, 2005

Día Cincuenta y Uno

Joan pasaba las páginas del libro, una a una, con suma lentitud y delicadeza. Hasta nosotros llegaba el envolvente aroma del café recién hecho. Me sentía a la vez en paz e intranquilo. Las páginas de aquel libro, del que Joan llamaba Libro de la Revelación, pues así era como lo habían denominado aquellos que habían bautizado a todas aquellas gentes como La Cruz, aquellas páginas no me decían demasiado. No entendía aquellos signos, ni aquel idioma, ni mucho menos los grabados que en él se podían ver. No eran jeroglíficos, no era cirílico, el idioma me resultaba extraño, indefinible, como una de esas escrituras que uno se encuentra en Star Trek o algo por el estilo. Como el klingon. Indescifrable.
Los grabados, aunque extraños, ya eran otra cosa. Se podían entrever en aquellos dibujos, una extraña mezcla de garabatos aniñados y trazo irregular, figuras humanas, caminos, un sol amaneciendo sobre lo que parecía ser el mar…Pero constantemente, durante las dos centenas de páginas que Joan me iba mostrando, una figura se repetía en casi todos aquellos grabados.
Un hombre corriendo.
Los dibujos o grabados parecían ser recopilaciones. Se notaba que no habían sido hechos por la misma mano. Y esto ocurría también con la escritura. Era como si una docena de personas hubiesen confeccionado aquel libro de gruesa encuadernación, cosido con hilos amarillentos pero resistentes, de hojas casi a punto de romperse, que olía vagamente a viejo. A muy viejo.
Y, mientras ojeábamos aquel recuerdo del pasado, Joan hablaba y sus palabras se convirtieron lentamente en retrato.
“De la misma manera que los evangelios se convirtieron en la piedra angular de la religión cristiana, La Cruz tomó como suyas las enseñanzas del Libro de las Revelaciones. Aunque ya no queda nadie que pueda asegurar o recordar como ocurrió todo, la Historia ha ido pasando de fiel a fiel durante todos estos siglos. El primero de nosotros que encontró el Libro, lo recibió con unas instrucciones muy precisas. En este Libro se encontraba el Camino para llegar a la salvación de toda la Humanidad, el Camino a seguir. Por este Libro los hombres matarían y morirían, y durante siglos se perpetuaría La Batalla, aquella que iría dirimiendo con el paso del tiempo el Buen o Mal Camino de la Humanidad. De esta manera, el Equilibro se ha ido manteniendo durante todo este tiempo, hasta la llegada de la que será la Batalla Definitiva. Pero no hay que llamarse a engaño. La Batalla no será sangrienta ni cruenta. Para eso ya llega la Historia de la Humanidad en sí misma. La Batalla no será más que una carrera contra el Tiempo y el Espacio. Las dos partes en lucha constante, buscando siempre el Equilibro, se enfrentarán en esa Carrera contra el Tiempo y el Espacio, y de ella saldrá un vencedor, y ese Vencedor recibirá el más preciado regalo que ningún ser humano sobre la Tierra haya recibido antes. Él y los Suyos”.
Nadia llegó en aquel momento con el café, pero apenas le presté atención. Acaba de ver en los ojos de Joan, durante unos instantes, la Verdad, aquello que ocultaba bajo la sombra de una falsa religión, aquello que había usado, él y los que le habían precedido, durante siglos, con un solo objetivo. Lo acababa de ver, un brillo en sus ojos, un gesto apenas perceptible que le delataba.
“Él y los Suyos”.
Fuera cual fuera el gran premio, si es que de verdad todo aquello no era solamente una patraña que había sobrevivido de padres a hijos y de fieles a fieles durante siglos, manteniendo viva una Secta en el más puro sentido del término…Fuera cual fuera el premio, a Joan solamente le importaba una cosa.
Lo que ese premio significaba. Guiar a la Humanidad. Control Absoluto. Joan era exactamente el mismo tipo que yo había conocido meses atrás en aquel Restaurante, cuando Nadia me lo había presentado. De alguna manera, él y el consorcio que representaba, todos aquellos tipos que formaban parte de docenas de Empresas por todo el país, que estaban representados en casi todos los estamentos de nuestra sociedad, todos ellos , con Joan a la cabeza, solamente buscaban una cosa.
Control y Poder.
Y, para eso, creyendo a pies juntillas, o temiendo que lo que la tradición de La Cruz mandaba se hiciera realidad, me habían creado. Lentamente, paso a paso. Durante años habían buscado la fórmula para crear a un Batallador. Y en su camino , o en su búsqueda, se había cruzado Drezner y su bebida, y la combinación de ambas cosas había dado como resultado la posibilidad de ganar aquella Batalla que, según palabras ancestrales, sería una Carrera. Y, por lo que estaba viendo, ellos no eran los únicos que creían en todo aquello. Alguien, una facción con poder dentro del propio Gobierno, probablemente, creía en lo mismo y se estaba preparando para…
Joder, para el maldito 32 de Diciembre.
Porque si ese 32 de Diciembre existía, eso quería decir que había existido siempre.
Siempre.
Me incorporé bruscamente y di un paso atrás.
“Tengo que salir de aquí. Necesito caminar”.
Pero no era caminar lo que necesitaba. Era el latir del corazón con fuerza en mi pecho. El viento en mi cara, las piernas moviéndose con fuerza.
Necesitaba Correr.

noviembre 01, 2005

Día Cincuenta



Por desgracia, he oído demasiadas gilipolleces en mi vida como para dar crédito a lo que pueda decir un tipo que, meses atrás, me ordenó disparar sobre alguien en quien confiaba en aquellos momentos, un tipo con una sospechosa tendencia al dominio y al control absoluto sobre todos aquellos que le rodean.
En cualquier caso, y creo que ya lo dije en su momento, lo que me impulsa a seguir adelante no es otra cosa que el averiguar qué es lo que realmente está ocurriendo aquí, el porqué de la increíble manipulación que esta gente ha hecho de mi vida, con mi vida durante todos estos años.
El 32 de Diciembre.
La afirmación no tenía ningún sentido. ¿Qué coño pretendía hacerme creer Joan?. ¿Qué, en un día que no existía, se celebraría una carrera que decidiría el destino de la humanidad, ya no durante el siguiente año, sino durante el resto de su existencia? ¿Qué clase de persona podía creer en algo así?. O, peor aún , ¿Qué clase de persona podía llegar a matar, a huir, a buscar adeptos, cambiar el curso de las vidas de otras personas, y dedicar, en fin, su propia vida, a un propósito semejante?.
Bueno, la respuesta era evidente. Joan lo creía, y Nadia también. Y lo que me separaba de ellos, el abismo que me alejaba de su destino en este mundo, se hacía cada vez mayor.
“Tranquilo, tú solamente tienes que observar”.
La frase de Joan me llenó de intranquilidad y desasosiego. Hasta ahora, poco más había hecho, sino mirar, observar, dejarme llevar con más o menos fortuna. Joan hizo un gesto a Nadia y ella, casi excusándose ante mí, abandonó la estancia. Me quedé en silencio con el que era la máxima representación de la Hermandad de La Cruz, que me observaba, me estudiaba, como seguramente había hecho durante una gran parte de su vida.
“Eres especial, casi susurraba, mientras entornaba la mirada. De otra pasta. Una pasta que tuvimos que modelar lentamente. Ya lo sé, quizás no sea la mejor manera de hacer las cosas. Pero era lo que teníamos que hacer. Tu padre lo sabía. Parte de esa composición consistía, es más, debería decir que se inició el día en que tu padre tuvo que abandonaros. En ese instante, la chispa, la semilla de lo que eres ahora, brotó. Era algo que tenía que hacer, y lo hizo, porque confiaba ciegamente en un propósito mayor. El Bien de la Humanidad, por encima de todo. Como yo mismo, como Nadia, como todos nosotros.”
Lo que Joan no podía saber era que, en su lecho de muerte, mi padre me había avisado, me había advertido sobre lo que La Cruz representaba. Me había impulsado a huir de ellos. Si había sido así, la única explicación era el miedo, el terror que…
“Incluso su último sacrificio”. Las palabras de Joan interrumpieron mis pensamientos. “Sus últimas palabras de miedo fingido y desalientos, rogándote que te alejaras de nosotros, que huyeras, que escaparas de La Cruz y de Nadia. Todo para que vinieras a nosotros”.
Si en aquel momento me hubieran dado una buena bofetada, no creo que la hubiese sentido.
“¿Porqué habría mi padre de fingir que tenía que huir de vosotros?”
“¿Habrías venido a nosotros, habrías llegado hasta aquí si él no te hubiera avisado de lo peligrosos que éramos?”.
Un escalofrío recorrió mi espalda. Tenía razón. Lo más horrible de todo es que tenía razón, y ellos lo sabían porque había moldeado mi personalidad, mi visión del mundo hasta ese punto. Mi deseo constante de aventuras, mi búsqueda de una explicación, de un objetivo...Todo formaba parte de aquello que ellos habían creado...De mi.
La puerta de la estancia se abrió y Nadia entró entonces con una urna de cristal, o al menos de algún material transparente, y en su interior, un libro. Viejo. Es lo único que puedo decir de él. Un libro que, al menos aparentemente, era MUY Viejo.
Nadia abrió la urna con extrema lentitud. Fue entonces cuando percibí que llevaba unos guantes y una pinza muy delicada. La urna era lo suficientemente grande como para poder abrir el libro completamente. Así lo hizo, y con la pinza comenzó a pasar las amarillentas y gastadas páginas. Estaba escrito a mano, y había multitud de grabados, pero yo no podía entender ni aquellos dibujos, aquellos signos o aquel idioma…Hasta que Nadia se detuvo, sonrió y volvió el libro hacia mi.
Y allí pude ver un grabado.
Un dibujo.
Un retrato.
Era yo. YO. O alguien que se me parecía tanto como si fuera un espejo. Mi Rostro, mis ojos, mi mirada perdida en el infinito, pero manando de aquella página...No cabía la menor duda.
Sentí la mano de Joan sobre mi hombro.
“Nadia, haz un poco de café. Examinaremos el Libro con calma. Yo te iré guiando a través de sus páginas, amigo mío”.
“Esto tiene que ser una broma”, alcancé a susurrar, no sin cierta dificultad.
Nadia me mirada, frente a mí, con los ojos iluminados de alegría.
“Si realmente fuera una broma, el 32 de Diciembre no podría existir…verdad?.
Tenía razón…
Pero ¿y si realmente existía?…¿Si había estado allí…siempre?

octubre 31, 2005

Día Cuarenta y Nueve



Cuando era más joven, mucho más joven, alguien, un amigo de mis padres, en estos momentos soy incapaz de recordar quién, me hizo un regalo. Un disco de Mike Oldfield. Ommadown. Aquel disco, aquella obra, aquella sinfonía, cambió mi vida totalmente. Nunca antes había escuchando nada igual, y de esa manera descubrí que la música no era solamente una cancioncilla pop que me podía acompañar mientras pensaba en las típicas tonterías de adolescente.
Gracias a aquel disco, y a muchos otros que vinieron después, descubrí que la música podía conseguir que me imaginara historias, aventuras, que me podía ayudar a visitar lugares remotos, a acercarme a mundos nuevos, inesperados, en los que personas interesantes, diferentes, me llevarían mucho más lejos que nunca antes.
El día en que conocí a Silvia, la que después se convertiría en mi mujer, supe que aquellas aventuras por fin se habían convertido en realidad. Con ella llegaría muy lejos, viviríamos juntos todo aquello que yo había imaginado mientras escuchaba todos aquellos discos y me dejaba transportar.
El día en que Silvia me abandonó, llegó el Caos, el Caos más absoluto, y la música, literalmente, dejó de sonar en mi vida. Poco a poco, muy muy lentamente , consegui superar aquel Caos, gracias a algo totalmente inesperado. Correr. Correr me hizo superarme a mi mismo, enfrentarme a aquellos miedos y vencerlo, me ayudo a seguir adelante, a compartir, y cuando apareció la oportunidad de compartir mis conocimientos con La Gente, no dudé en hacerlo, integrándome en SegCom y así ayudándoles en la medida de lo posible.
El día en que aquel e-mail había entrado en mi ordenador, había sentido que la Aventura, esa con la que tanto soñaba, entraba de nuevo en mi vida, y supongo que esa había sido la principal razón que me había llevado a investigar, y dejarme llevar durante aquellos últimos meses, entrando inesperadamente en un mundo nuevo, realmente la Aventura, no por tan anhelada menos temida.
Y ahora, resulta que todo eso, desde aquel momento en el que mi padre ya fallecido nos había abandonado, pasando por casi toda mi vida, matrimonio incluido, no eran más que los surcos perfectamente delimitados y elaborados que me habían traído hasta aquí.
Todo conduce aquí.
“Hace mucho tiempo, mucho más del que podemos recordar, un Hombre encontró El Libro, y ese hombre fundó la Hermandad de La Cruz porque el Libro así lo pedía. El Libro habla de los hombres, de sus miedos, de sus enfrentamientos. El Libro nos enseña como sobreponernos a ellos, como debe ser nuestro camino, difícil y peligroso, para llegar por fin a La Verdad. Y esa Verdad no es otra que la siguiente. Durante 10 Siglos se batallará. Todos los años una Batalla. Y de esa Batalla nacerá el destino para el año siguiente. Así tiene que ser. La Hermandad de La Cruz, y todo aquel que crea en este Libro y en sus enseñanzas, podrá proponer a uno o varios hombres y mujeres para la Batalla. De esos luchadores nacerá el destino de la humanidad durante ese año”
Supongo que mi cara era de idiota, porque apenas podía entender lo que Joan me estaba contando. Bueno, entendía algunas partes, y mi mente me decía que me habían estado entrenando, con lo cual la Batalla tenía que ver algo con correr….Supongo.
“Así es, me aclaró Nadia sonriendo. Durante todos estos siglos , cada año, se ha celebrado una batalla. El Libro siempre marcaba el tipo de Batalla que debería ser. Los que creen en sus Profecías se enfrentan en esa Batalla. Y el que gana marca la pauta y el rumbo a seguir durante el siguiente año. Es algo confuso, pero lo irás entendiendo poco a poco”.
“Lo que importa, continuó Joan, es que este año se cumplen 10 Siglos, y el Libro marca que algo muy especial ocurrirá. Algunos opinan que se trata ya no del Destino de la Humanidad para el siguiente año, sino para toda su Existencia. Y las escrituras del Libro dicen que cuando se cumplan 10 Siglos, habrá una gran Carrera, una Carrera que representará la lucha de la Humanidad durante todos estos años, y que el Vencedor recibirá como regalo un don, un regalo, aunque no podemos saber aún de qué se trata”.
Una carrera. Aquello era cosa de locos.
Curiosamente, sólo una pregunta venía a mi mente en aquellos momentos.
¿Cuándo?.
Joan me respondió con una amplia sonrisa en los labios, cruzando una mirada de complicidad con Nadia.
“Pues como todos los años. El 32 de Diciembre”.

agosto 23, 2005

Día Cuarenta y Ocho


Drezner nos deja a solas. De alguna manera, es agradable y tranquilizador sentirlo de nuevo a mi lado. Pero él sabe que tenemos cosas de que hablar, que necesitamos, quizás por última vez, estar solos. Se despide dejándome una botella muy cerca, con el precioso líquido a mano. Frío y agradable. No creo que haya nada mejor en este mundo que ese enigmático y efectivo elixir.
A través de las ventanas entra el aire fresco de la montaña. Es como estar de nuevo en el paraiso. Llena mis pulmones y me hace sentir vivo de nuevo. A medida que los minutos transcurren, siento como si mi encuentro con Barba, con la gente del Gobierno, se convirtiese en una lejana, cada vez más lejana pesadilla.
Joan y Nadia me observan, sentados. Él sonríe. Sonríe con el gesto del que sabe que todo va por buen camino. Y Nadia permanece una vez más fiel a su papel de mera comparsa. Pero ha hecho muy bien su trabajo. Me dejaron huir. Sabían que lo haría. Era la última fase del plan. Incluso crearon la tentación, escondiendo el ordenador en aquella habitación pero haciéndome saber que era allí en donde se escondía el objeto de mi deseo.
"Tenía que ser así", me aclaró Joan, volviendo al tono del "profeta" que ha visto el futuro. "Tenías que comprender. Todo lo que te ha contado, todo, son mentiras. No están interesados en un mundo mejor. Solamente quieren aquello que nosotros hemos cuidado, mimado, ayudado a crear durante tantos años".
Su mirada se vuelve hacia el exterior de la casa, señalando el camino seguido por Drezner minutos antes.
"Tú lo has visto. Puede que en ocasiones nos hayamos extralimitado para conseguir nuestros objetivos. Te dijeron, lo sé, que asesinamos a Molina, un joven inocente que estaba buscando pruebas para incriminarnos en algún delito importante. Pero no te dijeron que Molina era un asesino experimentado, un hombre que no dudó en perseguir a Drezner y estuvo a punto de matarlo con sus propias manos. Tuvimos que detenerlo".
"Casi me obligáis a matar a Carlos", les recuerdo.
En aquel instante, Nadia se incorpora de la mesa y la abandona. Dudo, pero Joan parece perdirme paciencia con la mirada. Ella vuelve unos minutos después, con su ordenador. Lo conecta y vuelve la pantalla hacia mi. Puedo ver una grabación, con mano ligeramente temblorosa. Es la entrada a un edificio. Quizás el mismo edificio en el que me han retenido hasta hace unas horas. Dos hombres salen por la puerta principal, acompañados de esos tipos del mono negro con aspecto militar. Uno de ellos es Barba.
También conozco al otro.
Carlos.
"Te engañaron desde el principio", ahora es Nadia la que habla. "Carlos estaba allí, en SegCom, porque sabían que nosotros estábamos detrás de ti. Lo pusieron para vigilarte. Así era como iban descubriendo tus progresos. Lo descubrimos cuando ya era tarde. Mientras, como tú, creimos que era simplemente alguien especial, un hacker, le ofrecimos colaborar con nosotros. Cuándo ya fue demasiado tarde, tomamos...una decisión drástica".
Me incorporo. Me encuentro mucho mejor. Ha desaparecido el cansancio. Todo parece encajar. Bebo un largo trago del líquido más maravilloso que Dios ha puesto sobre la Tierra. No necesito más. Durante unos segundos, siento que todo, por fin, tiene un propósito. Me vuelvo hacia Joan.
"Nunca. Nunca más me ocultaréis nada. Nunca".
Él asiente.
"No será necesario".
Todo tiene un propósito. Un principio. Un momento. Un lugar. Me ha costado llegar hasta aquí, pero ahora me doy cuenta de que las cosas han salido bien. Por fin, por primera vez en mucho tiempo, todo está donde debe estar. En su sitio. Me siento fuerte. Decidido. Y mi mente, más limpia que nunca antes.
Estoy en el lugar correcto, y así se lo hago saber a Joan. Su mirada, sus ojos casi húmedos, mientras siento la mano de Nadia en la mía, sus labios en mi mejilla, su abrazo rotundo y sincero, me demuestran que estoy en lo cierto. No, esta vez no me equivoco. Sólo hay un modo correcto de hacer ésto.
Me siento frente a Joan.
"Y ahora, dime qué es lo que tengo qué hacer, porqué soy tan importante...porqué soy único y cuál es mi objetivo, nuestro objetivo".
Joan asiente, y empieza a hablar, y entonces es cuando descubro que aquel es realmente el momento más importante de mi vida.
El momento de la verdad...

(Continuará)

-----------------------------------------------------------------------------------------------

UNA NOTA DEL AUTOR.

Bueno, hasta aquí hemos llegado en esta segunda entrega. Una vez más, muchísimas gracias a todos los que estáis siguiendo ésto, y a todos los que os habéis incorporado a su lectura. Sólo queda una entrega, la ùltima. Los últimos 24 días de esta historia. A todos aquellos que estén interesados en saber qué es lo que ocurre, y cómo termina, os emplazo a visitar este Blog a partir del 1 de Noviembre.
Hasta entonces, mil gracias nuevamente a todos...y hasta pronto.

agosto 22, 2005

Día Cuarenta y Siete


"No sé una mierda de esa fórmula".
¿Qué otra cosa podía decir? ¿O hacer?. Lo único que me permitiera ganar tiempo, o trasladarme de lugar, o lo que fuera que me ayudase a salir de allí.
Veo la búsqueda de la paciencia en el rostro del tipo al que he decidido llamar Barba. Se la acaricia. Piensa. Niega y hace una señal. La puerta de la estancia se abre y le dejan salir. Me quedo solo. Una vez más.
Solo.
Tengo que salir de aquí.
Pasa el tiempo. No sé cuanto. Una hora. Dos. No lo sé. Pero pasa. Lentamente. Me hacen dudar. Me están probando. Son unos cabrones de mucho cuidado. Pensaba que lo había visto todo cuando Joan me había "invitado" a dispararle al desgraciado de Carlos. Tenía que haberme dado cuenta de que éstos no eran mucho mejores, torturando a Joan para sacarle información.
Sobre la maldita fórmula.
Finalmente, el cansancio comienza a pasar factura. Tengo sed. Y sueño. No sé cuantas horas llevo despierto. No he comido. Solo un poco de fruta y agua cuando huía del pueblo. No me han dado nada. Y ésto está muy oscuro. A mi pesar, aunque intento luchar, mis ojos se cierran.
Duermo.
Y sueño. Sueño que vuelvo a SegCom. Que vienen clientes nuevos. Que les echo un cabo, una mano, les ayudo a buscar y encontrar algo nuevo en sus vidas. Entonces me doy cuenta de que esos dos clientes nuevos, esa pareja, son Nadia y el tipo de la Barba. Ambos me sonríen como si la mueca estuviera mal dibujada en sus rostros de pesadilla.
Despierto cuando noto la luz. Han abierto la puerta. Dos hombres. Vestidos con mono negro y armados. Me invitan a levantarme. Apenas puedo percibir algo más que sus sombras, pero obedezco. Ya qué más da. Que me lleven donde quieran. El pasillo, blanco, inmaculado. Un ascensor al final. Los dos hombres me acompañan, me custodian, me guardan.
Entramos en el ascensor. Descendemos. Más allá del vestíbulo. Seguimos bajando hasta el parking. Nos detenemos.
El parking, grande, pero apenas hay coches en él. La mayoría, coches oficiales, Mercedes y BMW, todos negros o gris oscuro o azul oscuro o cualquier color oscuro. Me invitan a salir y me señalan uno de los coches, un Mercedes. Mientras camino hacia él, la ventanilla se baja, y veo a Barba y al conductor. Barba parece despejado. Seguro que el cabrón se ha dado una buena ducha y ha cenado...o desayunado...
"Nos vamos de viaje, muchacho."
Quisiera preguntar a dónde, pero me doy cuenta de que ya lo sé. A alguna de esas casitas seguras y alejadas, o algún otro sitio similar, en donde puedan averiguar algo más, un poco más, aunque solamente sea un poquito más. Como intentaron hacer con Joan.
En otro momento, habría sentido miedo. Pavor incluso. Pero ni siquiera tengo fuerzas para eso. Es más, creo que no tardaré en volver a perder el conocimiento si no me dan algo de comer cuanto antes.
Débil, tan débil como no puedo recordar que estuviera nunca, apenas me doy cuenta del sonido familiar. Los neumáticos de un coche en el garaje. Ese sonido tan carácterístico. Lo conozco. Levanto la mirada. Un BMW negro se dirige hacia nosotros. Entorno la mirada, intentando distinguir algo, y oigo los disparos. Repentinamente, me siento libre, mientras veo de reojo como los dos cuerpos que me acompañaban caen al suelo. Es entonces cuando me siento caer también. Desde esta nueva posición, con mi mejilla sintiendo el frío suelo, puedo apenas ver a Barba, entrando en el ascensor. Huyendo, con la mirada aterrada. No creo que hoy le den ninguna medalla.
Cierro los ojos, mientras extraños sonidos me acompañan.
No sé cuanto tiempo transcurre, pero algo, un sabor que conozco, me despierta. Siento frío, fresco. Sí, ese aire fresco.
La bebida. El líquido delicioso de Drezner, frío, helado, en mi boca. Abro los ojos. Lo primero que veo es su rostro. Drezner, mirándome, sonriendo. Y, sobre él, de pie, Nadia y Joan, mirándome, sonrientes también.
Estoy en casa.


agosto 18, 2005

Día Cuarenta y Seis


Unir las partes de un todo siempre se me ha dado bastante bien. Y ser un imbécil cegado por los acontecimientos que se desarrollan ante sus propias narices...también.
Lo tenía delante, frente a mis narices, y no me he dado cuenta. Fanáticos contra locos. En un lado de la balanza, un trozo de carne podrida, y en el otro...otro trozo quizás más putrefacto si cabe.
Esa bebida. Drezner. Un tipo huido de la Argentina, un químico. Un hombre buscando la paz en su vida, y alguien que aparece y le ofrece la tranquilidad que está buscando. Pero Drezner no fue captado por la desaparecida dictadura únicamente por sus ideas políticas. Había algo más. Había desarrollado...esa bebida. Ese compuesto. Lo que sea o cómo se llame. Algo que, en una determinada dosis, durante un determinado tiempo...es capaz de ampliar el espectro de resistencia en el ser humano. Lo sé porque lo he vivido. Lo he probado. Y aún lo siento en mi cuerpo. Puedo correr como nunca antes. Me recupero en pocos minutos. Mi cuerpo está afinado como un violín unos segundos antes de ser tocado por manos maestras.
Y La Cruz, interesada en hacer uso de ese descubrimiento, sabe Dios con qué objetivo.
Y, peor aún, el Gobierno, intentando conseguirlo...El ejército....Las implicaciones se me escapan. No puedo pensar con claridad. Las marionetas no piensan. Y, si levanto mis ojos, casi puedo ver los hilos que me han manejado de una u otra manera. La Cruz, entrenándome, dándome confianza, con el objetivo de alcanzar un fin que aún desconozco. El Gobierno, aprovechándose de mi situación, de mi capacidad, de mi suerte o maldita mi suerte, para infiltrarme en la organización.
BMW me había vendido, y muy bien. Unos locos asesinos que quieren dominar el mundo, la gente es lo que importa realmente, no sabemos de lo que son capaces, planean algo...Sí, todo eso no deja de ser cierto, pero no es ahí en donde reside el problema. El problema es que quizás todo eso podría haber sido controlado sin demasiados problemas. Pero ellos quieren algo más. Realmente, es lo único que quieren. No creo ni que les importe una mierda el objetivo real, aquello que los miembros de La Cruz se proponen. ¿Un atentado?. ¿A quién le importa uno mas?. Eso les permitirá endurecer una o dos leyes, detener a un par de docenas, publicitar su gobierno como el mejor que podemos tener...Y, mientras tanto, ese oro líquido que tanto les interesa, que puede aumentar la capacidad de resistencia de un ser humano...sabe Dios hasta dónde...ese líquido será suyo.
Quizás no les parezca un precio tan alto unos pocos muertos más. O lo que sea que La Cruz se proponga. Joan es peligroso. Ha matado. Y Nadia. Y muchos otros seguramente dentro de la organización. Pero no son diferentes al tipo de la Barba que me mira, que aguarda frente a mi. No son diferentes. Quizás ni tan siquiera peores.
¿Qué estoy pensando? ¿A dónde me lleva todo esto?.
Una marioneta.
Nada más que eso.
Observo detenidamente al hombre que permanece en silencio, aguardando, frente a mi. Quizás si hubiera traido conmigo una muestra, una botella con el líquido... Así, por lo menos, todo terminaría de una vez. Que se las arreglasen entre ellos. Para mí, al menos, todo sería un recuerdo.
No.
No es lo mismo. No se trata de lo mismo. Un Gobierno...
Tal vez La Cruz...
Estoy solo.
Y ya no sé que pensar. Y, lo que es aún peor.
Ya no sé qué está bien ni qué está mal.




agosto 17, 2005

Día Cuarenta y Cinco


Le llamaré Barba. No se me ocurre otro nombre. Y, realmente, no creo que pudiera llamarle de otra manera. Porque lo único que resaltaba en su cuerpo orondo, en aquel rostro de ojos negros y penetrantes, era aquella barba, que lo ocupaba casi todo, con la que jugaba mientras hablaba, quizás para hacerse el interesante, quizás porque no sabía hacerse sentir de otra manera.
Nos dejaron a solas en una habitación. Comenzaba a acostumbrarme a aquel tipo de estancias. Era parecida, a su manera, a aquella otra en la que, semanas atrás, había visto como torturaban a Joan. La sola idea de que fueran a hacer algo así conmigo me provocó un ligero temblor. Pero no habría tenido sentido. A pesar de aquella presencia imponente y, en cierto modo, estremecedora, Barba parecía un tipo en el que se podía confiar.
Por supuesto, estaba equivocado.
"Cómo bien se puede imaginar, estamos al tanto de todo lo ocurrido hasta hace unas semanas. La "misión", si podemos llamarla así, en la que estaba envuelto Marcos Molina, su fastidiosa desaparición, su asesinato y, por supuesto, el informe de nuestro hombre, que cayó abatido a tiros en nuestra "casa segura", hace unos días. Varios hombres murieron en esa casa, al parecer para rescatar al cabecilla de La Cruz...y a usted".
¿Rescatarme?
Algo no le había quedado claro a aquel tipo. Nadie me había rescatado. Bueno, ellos creían que sí, pero yo simplemente me estaba aprovechando de mi condición de "infiltrado" para encontrar el ordenador de Nadia, el que acababa de entregarles hacía unos minutos, y descubrir cuales eran los planes de La Cruz.
Barba negó con la cabeza.
"No consta en ninguna parte que usted, señor mío, haya ejercido ninguna labor de colaboración con el gobierno de este pais en ningún momento." Se detuvo unos instantes, acariciando la barba, la jodida barba que empezaba a ponerme nervioso. "Y, la verdad, conociendo a mi compañero, el hombre asesinado en nuestra casa segura, me cuesta creer que no lo mencionara en ninguno de sus informes. Resumiendo, lo único que me interesa...perdón, nos interesa, es saber qué le ha llevado a usted, un trabajador de SegCom, una empresa bajo investigación desde hace meses por el Ministerio del Interior, y sospechoso de colaborar, sino algo más, con una organización de probada tendencia terrorista, a entregarse. Dicho de otra manera...sólo estoy esperando oir sus condiciones. Y, créame, soy todo oidos."
Creo que intenté negar con la cabeza, pero mi cabeza no se movía. Abrí la boca, pero mi boca no dijo nada. Levanté ambas manos, intentando decir algo...y me sentí como una maldita marioneta.
"Bueno, si quiere que le sea sincero...", llegado a este punto, Barba dió un paso al frente, dejando que la ténue luz que entraba por el único ventanal de la estancia le iluminara "...tengo que decirle que estamos en condiciones de valorar su colaboración. Incluso si fuera cierto que es usted un colaborador del gobierno, cosa harto difícil de creer...".
"Pero les he traido el ordenador", alcancé a decir.
"Ese ordenador tiene que ser suyo, señor mío. Sólo tiene un par de juegos, algunas cartas a clientes de SegCom...y poco más. Y usted ya sabe qué es lo que nos interesa realmente de todo este asunto. Si está dentro, lo sabe. Si es parte de ellos, lo sabe, y si realmente colabora con nosotros...mi compañero se lo tuvo que decir".
Negué con la cabeza.
"El pueblo...tienen que ir al pueblo. Ya se lo dije en el helicóptero. Me retuvieron en...".
"Hemos enviado un helicóptero a sobrevolar el pueblo ese del que ha hablado. Solamente hay unas pocas personas, algunas ovejas, unos niños...y nada más. Ese lugar ha sido ocupado por unas pocas familias desde hace un año y pico. Tienen todos los permisos para recuperar el pueblo abandonado. Así que déjese de gilipolleces. Si es verdad que estuvo con ellos, y ha...llamémosle desertado, es que tiene algo con lo que negociar".
Tomé aire. Sentí que las piernas comenzaban a temblar. Intenté disimularlo.
"Creí que sus planes estaban en ese ordenador. Me han engañado para que...".
"¿Planes?", me detuvo, caminando hasta llegar frente a mi. Su rostro estaba a menos de diez centímetros del mío. Podía distinguir perfectamente aquellos ojos negros clavados en los míos. Mis piernas dejaron de temblar." Sabemos cuales son sus planes. No nos interesan los sueños de un par de locos que se creen los salvadores del mundo o algo peor. Lo único que queremos es la fórmula".
La Fórmula.
¿De qué coño...?.
Dí un paso atrás.
La Fórmula.
Acababa de comprenderlo todo.



agosto 16, 2005

Día Cuarenta y Cuatro


Mientras me sentaba sobre una roca, esperando a que alguien contestase al otro lado, mientras echaba un vistazo al magnífico paisaje que me rodeaba, sentí frío. Y algo de miedo también. Pero duró apenas unos instantes. Alguien contestó al otro lado. Una voz de mujer. Simplemente un "¿Diga?", una voz neutra, sin ruido de fondo, sin estática, sin nada.
Intenté explicarle quién era, o lo que había ocurrido. No recuerdo exactamente las palabras. No recuerdo nada que no fuera un silencio absoluto al otro lado de la línea, hasta que la voz me pidió que esperase un momento, y el momento se convirtió en eternos minutos hasta que otra voz, esta vez un hombre, me solicitó calma, y me preguntó cómo había llegado el teléfono a mis manos. Le expliqué nuevamente lo ocurrido en la casa, hablé de La Cruz, y entonces me preguntó si sabía dónde me encontraba. Mi respuesta no pareció desanimarle. Me rogó que no apagara el teléfono móvil bajo ningún concepto, y que confiara. En poco tiempo, volveríamos a hablar.
Volví a quedarme a solas en aquel paraje. Solamente me acompañaba el canto de los pájaros, y algún que otro sonido proviniente del bosque cercano. Ramas rotas, ardillas quizás. No lo sabía. Simplemente bebí agua, comí un poco de pan y esperé. Quería no recordar, pero a mi mente acudió Nadia, y Joan, y sentí que me estaban buscando. Era seguro. Y me encontrarían antes que ellos. Quizás esta vez las cosas se torcieran demasiado para mí.
Pasaron un par de horas. Entrecerré los ojos un par de veces, algo cansado. Quería dormir, pero no era una buena idea. Comenzaba a preguntarme si algo de todo aquello era buena idea cuando llegó el sonido. Apenas perceptible en un principio, firme y grave a medida que pasaban los segudos.
Entonces lo vi claramente, sobre mi cabeza. Un helicóptero, sobrevolando los árboles, desde detrás de las montañas. A unos quinientos metros, entre el bosque y la roca en la que descansaba, había un pequeño claro, que aprovechó para tomar tierra. Me incorporé y caminé lentamente hacia él. La puerta se abrió. Había dos hombres y el piloto dentro. Uno de ellos me indicó que me acercase. Alto, mediana edad, barba perfectamente cuidada, cabello escaso. Al lado del piloto, alguien que parecía militar. Al menos, algo en su mirada, en sus gestos, parecía indicarlo.
Me senté al lado del hombre de la barba. El helicóptero comenzó a elevarse. Me sentí incómodo. A medida que lo hacíamos, y mientras aquel hombre me enseñaba su identificación del Ministerio del Interior, pude ver el valle en el que me encontrara hasta hacía unos minutos. La vista desde allí arriba era magnífica. Pero mis ojos no alcanzaron a distinguir el pueblo, ni a nadie más. Por supuesto, el helicóptero volaba en dirección contraria.
Hacia La Ciudad.
Hicimos la mayor parte del viaje en silencio. Pronto me encontré sobrevolando la ciudad que recordaba, los altos edificios acristalados, el puerto, la costa. Mi ciudad. No supe cuánto la echaba de menos hasta que vi el reflejo del helicóptero en uno de aquellos edificios.
Estaba de nuevo en casa.
Justo unos minutos antes de tomar tierra, en un helipuerto de un edificio del centro, sentí su mirada. El hombre de la barba me miraba de reojo. Por alguna razón, sentí que me esperaba, que de alguna manera sabía de mi existencia, y durante un breve instante, comprendí que algo se me había escapado en toda aquella trama.
Me faltaban unos pocos segundos para comprenderlo todo.

agosto 10, 2005

Día Cuarenta y Tres


Por supuesto, en aquellos momentos, arropado por el amanecer limpio y claro, un amanecer que, esperaba, me llevase de vuelta a la civilización y fuese el principio del fin de todo aquello, yo no podía imaginar ni saber exactamente en dónde me encontraba. Recordaba aquella gasolinera en la que nos habíamos detenido a repostar, pero desde aquel instante hasta el momento en el que habíamos llegado al pueblo...
Era imposible precisarlo. Lo único que sabía era que tenía que correr, mantener el ritmo y seguir corriendo, hasta sentir que me había alejado lo suficiente de todo aquello. Sólo entonces podría comenzar a pensar en detenerme. Aún así, no quería arriesgarme a tener un accidente, lastimarme o algo peor, y la verdad, no se podía distinguir demasiado en el claroscuro del amanecer, así que preferí correr con tranquilidad, con firmeza y seguridad, pero manteniendo un ritmo suave, a arriesgarme a caer por un barranco o algo por el estilo.
De vez en cuando, me detenía un par de minutos y bebía agua. Miraba a mi alrededor, pero el paisaje, salvo por el hecho de que las montañas parecían moverse a mi alrededor, no cambiaba demasiado. La naturaleza que me rodeaba, caminos, árboles, los pájaros saludando al nuevo día, las hojas en los caminos...Todo era igual un minuto tras otro.
Cómo suele sucederme cuando estoy corriendo, mi mente trabaja, se siente mejor, y me trae recuerdos, me propone ideas, me da pistas. Sentía que había tenido suerte al no despertar a nadie y haber escapado en un breve espacio de tiempo, pero a estar alturas estaba seguro de que Nadia ya habría notado mi ausencia, avisando enseguida a Joan. Lo que no podía precisar era cuál sería su siguiente paso. Si me daban por perdido, tendrían que huir de allí. Había otros pueblos. Estaba seguro que aquel cúmulo de casas que me había acogido durante aquellos días era algo "legal". Sus permisos, incluso su subvención para mantener vivo un pueblo muerto y abandonado. De nada serviría buscar a Joan allí. Ni a Nadia. Al menos, esperaba que en su ordenador hubiese información suficiente sobre el resto de los pueblos repartidos por todo el pais, sobre sus planes, sobre ese "gran plan", y quizás sobre mi importancia o presencia en el mismo.
Lo que más me estaba lastimando de aquella carrera contínua era darme cuenta de que iba a echar de menos a Drezner. Había llegado a tenerle en gran estima. Era una buena persona, buena gente, él y su mujer habían sufrido lo indecible durante una gran parte de su vida, y se merecían seguir adelante y vivir en paz. Solo esperaba que mi decisión no les perjudicase a ninguno de los dos. Con un poco de suerte, seguirían siendo un matrimonio inocente que nunca sabría lo que se había "cocido" a su alrededor.
Y sus consejos. Había progresado con él lo indecible. En apenas dos semanas. Era increible. Y aquella bebida. No encontraba explicación. Y durante un instante, temí perder todo aquello que había conseguido. Recuperarlo me llevaría quizás dos o tres años.
Inconcebible.
Me detuve, y eché mano del agua de la mochila. Al hacerlo, recordé algo. El teléfono móvil de BMW. Miré a mi alrededor. Seguía en parte rodeado por montañas, pero me pareció haberme alejado lo suficiente del valle. Conecté el teléfono y aguardé unos instantes eternos, impaciente, deseoso, mientras bebía un poco más de agua.
Una barrita.
Dos.
Tres.
Cobertura.


agosto 09, 2005

Día Cuarenta y Dos

Estoy acostumbrado, muy acostumbrado, a madrugar. Cuando hay alguna competición, un medio maratón, un diez mil, lo que sea, uno necesita desayunar y al menos dejar pasar tres horas hasta el momento de competir, y esas competiciones suelen comenzar temprano, en ocasiones a las nueve de la mañana. Y, en verano, siempre me ha gustado entrenar antes de ir al trabajo, lo cual a veces quería decir que había que levantarse sobre las cinco y media de la madrugada.
En esta ocasión, tocó madrugar mucho más.
Nadia dormía a mi lado cuando abrí los ojos. Creo que no los había cerrado en toda la noche. Pero tenía que fingir que así había sido. Y confiar en la suerte. En el baño, todo estaba preparado. La mochila, dos botellas con agua, mi ropa deportiva, el teléfono móvil de BMW...Me vestí, calzándome las zapatillas, ajustándome las mallas cortas, la camiseta, la gorra, la chaqueta del chandal, me eché la mochila a la espalda y volví a pasar por delante de la habitación. Nadia seguía durmiendo.
Salí al exterior, oscuro, negro como el café más negro. Rodee la casa y subí el canalón hacia la habitación contigua al baño. Una vez más, procurando hacer el mínimo de ruido posible, entré en la estancia. El ordenador de Nadia, con el que había estado trabajando unas horas antes, estaba en su sitio. Lo introduje en la mochila. Un poco apretado, pero bien. No pesaba demasiado. No supondría un problema.
Salí de nuevo al exterior.
Había un par de coches en el pueblo. Por si algo ocurría. Nunca se sabe. Pero no podía perder tiempo buscando unas llaves, dejándolo caer cuesta abajo por la colina sin encender el motor para evitar el ruido, y ese tipo de cosas. La única manera que tenía de salir de allí era de la única manera que sabía hacerlo.
Corriendo.
Había 40 km, más o menos, hasta la población más cercana. Hasta el lugar de donde venía. O cualquier otro, me daba lo mismo. Esperaba al menos encontrar cobertura antes y poder llamar a alguien. Había estado examinando la agenda del teléfono de BMW. No había nombres, todo eran abreviaturas, y la verdad, ninguna me decía nada, pero en la lista de últimas llamadas recibidas se repetía constantemente una de aquellas abreviaturas. REM. No creo que se tratase del grupo, así que seguramente algo significaba. Esperaba que se tratase de algo bueno, que me viniesen a buscar, y así poder contarle mi historia a alguien. Lo que hicieran después, me daba lo mismo. Supongo que vendrían a aquel pueblo, que detendrían a Joan y a los suyos, y que yo podría pasar página y olvidarme de todo lo ocurrido en las últimas semanas.
Comencé a correr, despacio. No quería perder tiempo, pero tampoco agotarme. Sólamente salir de allí, alejarme lo máximo posible. A lo lejos, sobre el horizonte, pude ver el primer hilo de luz del amanecer, y sobre este resplandor, la sombra nítida de un pájaro sobrevolando la lejanía.
Me quedaba un largo camino, pero al menos había tenido suerte. Cuando me echaran de menos, quizás dentro de una hora o un poco más, estaría lo suficientemente lejos como para que no pudieran alcanzarme.
Resultaba fácil correr a primeras horas de la mañana. Me habría gustado llevarme un poco de la bebida que Drezner me suministraba todos los días, pero era del todo imposible. Él la traía consigo cuando comenzaban los entrenamientos, y siempre la dosis exacta para el día.
En aquel momento, mientras mi cuerpo se calentaba corriendo, y la sangre fluía hacia mis músculos con fuerza, comencé a sentir que echaba aquella bebida de menos cada vez más.
Y que la echaría en falta mucho más a medida que avanzara el amanecer.


agosto 08, 2005

Día Cuarenta y Uno


Mientras caminábamos, lejos del pueblo, ascendiendo lentamente la colina en la que entrenara horas antes, sobre nuestras cabezas, sobre mis recuerdos, sobre el mundo, comenzó a teñirse de rojo el cielo, y yo veía el rostro de Silvia a mi lado, oscurecido a medida que el ocaso avanzaba, pero aún lo suficientemente nítido y claro como para preguntarle la que tenía que ser, sin duda, la pregunta.
¿Porqué?.
Lo peor de todo, lo más temido, es que ya sabía la respuesta.
La Cruz.
Yo seguía sin comprender la capacidad de convocatoria que Joan y los suyos, que aquella organización salida de unas mentes enfermas pero, a su vez, nítidas en sus objetivos, tenían sobre el resto del mundo. Estaba seguro de que Silvia tenía una historia, una historia anterior a aquella que yo conocía, y de alguna manera aquella historia le había llevado hasta mi en otro tiempo, y lo que más me aterraba es que lo había hecho...cumpliendo las directrices de otros.
"No te asustes", susurró mientras se detenía y me miraba, y parecía recordar con melancolía tiempos que, ambos lo sabíamos, habían muerto. "No fue nada malo. Fue maravilloso. Estoy segura de que tú también lo recuerdas así. Nos quisimos. Era necesario que conocieras el amor de verdad, y el dolor que supone la pérdida. Si no hubiera sido así...ahora no estarías donde estás, no te habrías librado del caos que entró en tu vida, no desearías ayudar a los demás...no correrías como el viento...".
Me embobaba con sus palabras, y al hacerlo venían recuerdos que yo creía desechados. Y las preguntas seguían allí. Me sentía como si mi vida, al menos en una gran parte, hubiera sido "fabricada" por gente hasta hace poco desconocida para mí. Y lo que más odiaba de todo aquello es que seguía sin saber la razón.
"Joan te la explicará. Cuándo llegue el momento. El futuro, nuestro futuro, tu futuro, es frágil, y lo estamos construyendo de la misma manera que se infunda aire al vidrio para crear algo sólido. Con cuidado, con cariño, con mimo. Por eso, cada paso, cada momento, es importante".
Me tocó, acariciando mi mejilla. Cerré los ojos, recordando su piel, su aliento caliente, sus palabras en mis oidos, sus manos en mi pecho. Entonces, retiró la mano, y volvió a mi aquella sensación de pérdida, de desaliento, de falta.
Abrí los ojos. Me miraba sonriendo, feliz. Yo no podía entender porqué. O tal vez sí. Para ella, todo tenía sentido.
"Tienes que confiar. Cuando todo esté claro, serás también feliz, como yo ahora. Eres más de lo que eras cuando me fuí. Eso es lo único que importa".
Quise decir algo, pero me descubrí sintiendo que ella tenía razón. Caminamos de regreso al pueblo, ya casi de noche. Nos detuvimos unos segundos en el camino que lo cruzaba, y ella tomó mi mano, durante un instante, volviendo a sonreir. Después, acarició nuevamente mi mejilla, su mano se retiró, y la vi alejarse camino arriba. Supe entonces que no volvería a verla. Había terminado de cumplir su función. Me estaban preparando para el gran momento, y yo podía sentirlo cada vez más y más cercano.
Miré hacia mi casa, y en el piso superior, a través de una de las ventanas, la de nuestra habitación, pude ver a Nadia, mirándome, aguardando.
Entonces lo supe. No iba a esperar ni un minuto más. Entraría en aquella habitación, metería el ordenador en mi mochila y huiría de allí. No iba a esperar a que aquella pandilla de sociópatas siguieran decidiendo mi destino. Tampoco iba a esperar una explicación. Estaban todos locos, como jodidas cabras, y el momento de la manipulación había terminado. En aquel instante, ni siquiera sentía curiosidad por saber cuál era "el plan", cuales eran sus objetivos, el porqué de todo aquello. Con lo que sabía eran suficiente. Si huía, si entregaba aquel ordenador al Gobierno, todos los planes de aquellas mentes enfermas se vendrían abajo, me dejarían en paz, y yo podría seguir mi vida, creándolo, creciendo, viviendo sin tener nada que ver con sus patrañas.
Era hora de joderlos a ellos.

agosto 03, 2005

Día Cuarenta


Diez años atrás. Y, aún así, si cerraba los ojos, envuelta en la penumbra, podía recordarla, perfectamente. Así es la memoria. A veces no puedo acordarme de lo que he de hacer en los próximos cinco minutos. O de una cita. O de mil cosas más que ahora no recuerdo. Pero ella, ella sigue ahí. Desde el día en el que, saliendo con un helado en la mano, habíamos tropezado, y mi helado se había derramado sobre su camisa. Sus ojos negros como la noche más oscura, su piel suave, su voz grave, su espalda, curva y fuerte...
Silvia.
Seis meses conociéndonos y el impulso repentino del matrimonio. ¿Incomprensible?. Quizás. Pero así había sido. Durante dos años, vivimos en un modesto, muy muy modesto apartamento. Ella terminaba de estudiar biología. Yo trabajaba. Pero era lo mejor que podía, que puedo recordar. Su cuerpo cálido aguardando todas las noches, sus besos al amanecer, su voz susurrando en mi oido...
Y, una mañana, eso sí que puedo recordarlo perfectamente, todo cambió. Uno de esos días para los que uno no nace. Visto en el momento, me pasó desapercibido. En la distancia, fué el principio del final. Comenzaron sus ausencias. No físicas. Simplemente, no estaba allí. Y las quejas, sobre su carrera, sobre el mundo, sobre la vida, sobre nosotros. El desencanto. Yo veía avanzar la muerte hacia nosotros, y no encontraba, no sabía, no había manera de huir.
Una mañana se fué. Así. Sin más. Tomó su ropa, sus cosas, muy pocas y, en sueños, creo recordar un beso fugaz en la mejilla. Pero yo dormía. Probablemente se trate de mi imaginación. Quién lo sabe. Aún así, sigue siendo mi último recuerdo de ella. Sus labios cálidos, su piel, su olor...y nada más.
Para mí, en aquel preciso instante, fue el principio...del caos. De repente, todo había girado. El mundo vuelto del revés y, con él, la vida que conocía, a la que había podido aspirar. La muerte del sueño. Y el principio del dolor, del miedo, del pánico. Fueron, quizás, no, sin quizás, fueron los peores años. Los años del caos absoluto. Hasta que, lentamente, tras la muerte de mi madre, el regreso de mi padre, el cambio de trabajo, mi entrada en SegCom, el regreso a la práctica del atletismo....
Oh, no.
Todos estos pensamientos, recuerdos, recapitulaciones, pasaron por mi mente en décimas de segundo mientras veía a Silvia, allí, frente a mí, sonriendome, como si ayer mismo hubiese abandonado mi vida. Y, a su lado, Nadia, también asomando su tímida sonrisa. Ambas eran conscientes de mis recuerdos, y ambas, lo supe al instante, eran conscientes del proceso. De que la "huida" de Silvia había supuesto el comienzo del Caos, y que una serie de circunstancias armónicamente conjuntadas habían supuesto el fin de aquel caos.
Y Silvia lo había disparado todo.
Y Silvia estaba allí.
"Demos un paseo", dijo ella, y Nadia asintió, dejándonos a solas.
Un paseo.
Todo estaba preparado. Planeado. Desde el principio. Desde siempre. Por Joan, o por mi propio padre. Todo. Lentamente, muy lentamente, con mucha paciencia, con el paso de los años, todo , absolutamente todo, incluso quizás cosas que yo no podía imaginar, cosas que ni podía recordar, de mi infancia, de mis años de adolescencia....
Todo dirigido hacia....
Durante un instante, me sentí desfallecer. Apoyé mi mano derecha sobre el fregadero de la cocina, un segundo nada más, intentando recuperar la compostura.
"Eres muy importante. Aún no sabes cuanto", dijo Silvia, repitiendo las mismas palabras que pronunciara Joan.
Algo me decía que estaba a punto de descubrirlo.

agosto 02, 2005

Día Treinta y Nueve


Encontrar el instante preciso fué quizás lo más difícil. Pero ocurrió. Tenía que ocurrir en algún momento. Y creo que tuvo lugar en el mejor instante posible. Aún así, nada podía ni iba a ser como yo me lo imaginaba.
Acababa de terminar el entrenamiento, esta vez al atardecer. Drezner me había cronometrado, y el resultado me había dejado completamente fuera de lugar. 12 km en 47 minutos y medio. Eso quería decir menos de 4 minutos por kilómetro. Nunca en mi vida, nunca, ni siquiera había soñado en acercarme a una marca semejante. Nunca. Era como aterrizar en otro planeta, descubrir que no era yo el que corría o algo por el estilo. Era, por momentos, como si aquello no me estuviera ocurriendo a mi.
Caminamos hasta la casa que compartía con Nadia, mientras terminaba, como siempre, la bebida que Drezner me había preparado. Yo sabía, lo sabía con seguridad, que aquel líquido tenía algo que ver. Pero me recuperaba mejor que nunca, no me encontraba cansado, no me encontraba mal en ningún momento, y en realidad, me veía y me sentía mejor que nunca. Si además de eso hubiera tenido las ideas claras, habría sido perfecto. Pero, evidentemente, una bebida no podía afectar a mis ideas o a mi visión del mundo.
La casa se encontraba solitaria. Nadia me había dejado una nota. Había ido a pasear con Joan. Y había una taza de café en el fregadero. La tomé entre mis manos. Aún estaba caliente. Sin pensar en ducharme ni nada por el estilo, subí las escaleras de tres en tres y llegué hasta la habitación cerrada a cal y canto. La puerta era un bloque sólido, y aunque la empujé con fuerza, no se movió ni un milímetro. Pensé, dí vueltas a la situación, entré en el baño y me asomé a la ventana. Desde allí se podía ver la ventana de la habitación contigua. Estaba cerrada, pero se podía abrir perfectamente desde el exterior. Y un largo canalón llegaba hasta esa ventana.
Tuve suerte, y no me crucé con nadie. Subí el canalón sujetándome con firmeza, y al llegar arriba abrí la ventana sin problemas, apoyando una mano en el cristal y empujando hacia arriba. Por lo visto, no pensaban en todo.
El interior de la habitación era realmente poca cosa. Un par de muebles viejos, el ordenador de Nadia y un modem inalámbrico. Abrí el ordenador y en cuanto hubo cargado el sistema operativo, me encontré con la esperada contraseña de acceso. Era evidente que no iba a poder copiar nada. Se me ocurrían un par de palabras, pero estaba claro que ninguna me iba a dejar acceder. Tenía que llevarme aquel ordenador de allí, y huir. No podía hacer otra cosa. Si Carlos hubiera estado conmigo, seguro que habría entrado en dos minutos, se habría conectado a sabe dios qué satélite a través del modem y...
Pero de nada servía pensar en Carlos ahora, o en cómo podrían haber sido las cosas. La siguiente opción, la única, era escapar. Y tenía que hacerlo cuanto antes. Si permanecía un instante más entre aquella gente...sentía que terminaría desfalleciendo. Por alguna razón, simpatizaba segundo a segundo con aquella forma de vida, y eso, lo sé, lo siento, consigue que me olvide de que esa gente ha matado a otra gente para llegar hasta aquí.
"Como ha hecho este gobierno y cualquier otro. Matar gente para conseguir objetivos. Lo que ocurre es que si ellos lo hacen, está bien, y si alguien de fuera lo hace buscando algo mejor...es un crimen".
Esas habrían sido las palabras de Joan, o de Nadia. Sin tenerlo delante, podía oirle perfectamente. Sabía cual era su discurso, su punto de vista, ya no por familiar...sino porque, a cada minuto que pasaba...lo iba haciendo, sin querer, propio.
Cerré la ventana y bajé de nuevo por el canalón. Rodee la casa y abrí la puerta de entrada. Nadia estaba dentro. Pero yo había aprendido a disimular. No había problema. Nadia me sonrió al verme entrar.
"Vienes de entrenar", dijo. "Te estábamos esperando".
Entonces reparé en que, de espaldas a mi, un poco alejada de ella, observando a través de la ventana, había otra persona. Una mujer. Mientras me acercaba a Nadia para saludarla y darle un beso, aquella mujer se volvió lentamente, y pude ver su rostro, sus ojos conocidos, su cuerpo, sus cabellos castaños, su porte esbelto.
Se trataba de Silvia.
La recordaba perfectamente.
Habíamos estado casados dos años.

agosto 01, 2005

Día Treinta y Ocho


Esta tarde, después del entrenamiento, Joan y yo hemos dado un paseo. No demasiado largo. Joan aún necesita el bastón para caminar, y tiene que hacerlo despacio. Pero ya ha recuperado el tono rojizo y vivo en el rostro, y se permite sonreir, incluso hacer bromas. Al principio, como era de esperar, me ha preguntado por mis progresos en los entrenamientos. Y, quizás debido a mi ego, no he podido mentirle. Avanzo, y mucho, cada día. Cada vez más y más. Segundo a segundo. Ésto le ha alegrado aún más, así que no he perdido el tiempo. Necesito saber porqué este entrenamiento es tan importante para mí, o para La Cruz. Y necesito saber porqué está ocurriendo todo ésto.
"Mira a tu alrededor", me ha contestado. "La mejor respuesta que puedo darte es lo que ves. Éste es nuestro proyecto. Un proyecto de futuro. Quizás no hayamos llegado hasta aquí de la mejor manera posible. Tampoco el mundo en el que vivimos es el mejor de los mundos. Y nos hemos aprovechado de él. Nuestra presencia en todas esas compañías, por todo el pais, nos ha servido para encontrar el material humano que necesitábamos. Ya lo has visto. No pretendemos más de lo que ves y sientes. Un mundo mejor en el que vivir".
Conozco la retórica de Joan. Sé cuando sus palabras invitan a leer entre lineas. Cuando dice un mundo mejor, siempre quiere decir "el mundo que yo he decidido que es el mejor". O, al menos, eso es lo que siempre ha querido decir. Supongo que mis gestos, mi propio rostro, me traicionan, pues Joan me ha mirado, sonriendo, pero negando a su vez con la cabeza.
"No confías. Lo entiendo. Te hemos puesto a prueba. Yo mismo no confiaba en que pudieras ser uno de los nuestros. Pero pasaste la prueba. Y creo que la volverías a pasar si así te lo pidiéramos. No me mires así. Sé que lo de Carlos te dolió. Pero vi en tus ojos que te sobreponías a aquel dolor. Tu pistola nunca llegó a dispararse, no lo olvides. Y él sí que no estaba preparado. No confiaba. Aunque quizás tú no confíes aún, sabes que ésto está bien, que es lo mejor que se puede hacer por este mundo que cada vez se hunde más y más en el caos. Ese caos del que tu conseguiste huir gracias al deporte. Se podría decir que, literalmente, huiste corriendo de aquella vida, verdad?".
¿Cómo puede Joan saber tánto sobre mí, sobre mi vida pasada?. Enseguida, he pensado en mi padre. En su presencia dentro de La Cruz. Esa podría ser la explicación, pero mi padre literalmente se desentendió de mi, de mi madre, de nuestra vida durante todos aquellos años.
"No. Nunca dejó de seguir tu camino. De cerca. Pero tú no podías saberlo. Por eso regresó a tí en sus últimos años. Porque, incluso más que en su propia obra, en aquello en lo que había confiado durante la mayor parte de su vida, confiaba en ti".
Mi padre me había avisado contra esta gente. Contra La Cruz. Pero eso era algo que, ahora, no me podía permitir exteriorizar.
"Confía. Cuando llegue el momento, todo será revelado. Pero, para ello, tienes que estar preparado. Y aún no lo estás. No te queda mucho, o al menos eso es lo que Drezner dice, pero aún no ha llegado el momento. Te prometo que llegará, que será pronto, y que será maravilloso. "
Ha apoyado su mano sobre mi hombro, dándole pequeños golpecitos.
"Y descubrirás tu verdadero papel en éste maravilloso cuadro que estamos pintando. Tienes mi palabra".
Durante unos instantes, la luz del atardecer cruzó los árboles que rodeaban a Joan y, desde su espalda, sentí cómo si estuviera acompañado de una figura fantasmal, encorvado ligeramente, apoyado en su bastón, mientras la quietud del bosque nos rodeaba. Ni un sonido, ni un pájaro, ni tan siquiera el murmullo del viento.
Nada.
Tengo que entrar en esa habitación y conseguir ese ordenador, o sus archivos. Tengo que encontrar la manera de salir de aquí. Huir. No sé cómo, pero huir.
Cuanto antes.


julio 28, 2005

Día Treinta y Siete


Con mayor rapidez de lo esperado, han ido pasando los días. Una semana, en concreto. Mi vida es una rutina dentro de otra rutina. Y me gusta. Por las mañanas, temprano, Drezner y yo entrenamos. Me gustaría encontrar una explicación a mis progresos, porque no me creo que el aire de la montaña y un entrenador, sin más, hayan conseguido que en tan sólo siete días haya pasado de hacer el kilómetro en 4´:40´´ a unos inesperados 4´:10´´. Nunca antes había ni siquiera rozado esas marcas. Bajar de los cinco minutos me llevó más de cinco meses de duro entrenamiento. Drezner simplemente sonríe, y sus ojos se iluminan al ver el cronómetro. Su mirada amable y amiga, sus gestos de ánimo, y sobre todo esa bebida isotónica que nos tomamos al acabar el entrenamiento (y ahora también por las noches, antes de la cena), han hecho el milagro.
Ayer pude verle en el aula del "colegio". Un aula improvisada, que en verano es al aire libre. Catorce niños de entre 8 y 13 años le escuchaban atentamente. Se diría que les hipnotiza con sus palabras, de la misma manera que sus buenos consejos a la hora de correr, de acomodar mi postura al terreno montañoso, hacen que el progreso, mi progreso, continúe, casi podría decir que día a día.
Por su parte, Joan ha empezado a dar pequeños paseos por el pueblo, acompañado de sus "guardaespaldas" y de un bastón. Él es el único que desentona en este paraje perdido, en este mundo idílico. Y, a su vez, este lugar de maravillas ha nacido, en parte, de su mente. Contradictorio.
Nadia, por su parte, le acompaña en esos paseos, se deja aconsejar por Angela Drezner a la hora de preparar la pasta que empuja mis piernas, dedica las tardes a leer y, lo sé, cuando yo estoy entrenando y ella no está con Joan, se encierra en esa habitación y utiliza su ordenador. Ese ordenador.
No puedo olvidar mi objetivo. Debería de ser capaz, de alguna manera, de conseguir los datos del portátil. Copiar sus archivos en un CD, y llegar hasta alguna parte en donde pueda encontrar la cobertura suficiente para usar el móvil de BMW y ponerme en contacto con el Gobierno.
Debería hacerlo, intentarlo, trazar un plan. Aunque ello implique dejar de entrenar con este hombre que convierte cada día en algo nuevo, que me cuenta historias sobre sus viajes, sobre su matrimonio, sobre la adoración que siente por su mujer, mientras corremos codo con codo todos los días. Debería hacerlo, aunque eso signifique el fin de estos inesperados progresos en mi entrenamiento. Debería hacerlo aunque ello dé al traste con mi sueño de participar en la maratón de la ciudad, o de cualquier otra ciudad pero, por fin, en una maratón.
Mi sueño.
Mi cuerpo está cada vez más delgado y fibroso. Tengo el peso justo, la fuerza necesaria, la voluntad y el valor para salir y correr como nunca antes en mi vida.
Y, a cada minuto que pasa, siento que mi otro objetivo, huir de aquí, entregar a las autoridades a Joan, a Nadia, descubrir y desmantelar lo que sea que esta gente se propone...se va debilitando. Y se debilita porque conseguir ese objetivo implicará dar al traste con los sueños de todos aquellos que, engañados o no, han venido a este paraiso a vivir...a todos los paraisos repartidos por el pais. Aunque sea por una causa mayor, probablemente para salvar vidas, quien sabe lo que La Cruz pretende realmente...al ponerlos al descubierto...este sueño se acabará para todos los inocentes, gente como Drezner y su mujer, que han venido, quizás huyendo, sin duda buscando un mundo mejor.
Mi decisión se debilita y, proporcionalmente, mis piernas y mi cuerpo progresan y se acercan al sueño de mi vida. Sentado aquí, al lado del arroyo más hermoso que puedo recordar, formado por el agua cristalina que desciende desde lo alto de la montaña, bajo el sol que aún no calienta...me siento flaquear.
Y, cada día, un poco más.




julio 27, 2005

Día Treinta y Seis


Durante el trayecto hasta la casa de Drezner, pude sentir la tensión, la desconfianza mal disimulada, que manaba de Nadia. Nunca hasta ahora la había percibido de aquella manera. En cierto modo, era como yo. Actuaba como yo. Leal a una creencia quizás no tan lejana como la mía. Un objetivo. Un modo de ver la vida. Pero ella estaba allí, bajo las estrellas, caminando, cogiendo mi mano, porque así lo había decidido. Yo, al contrario, lo hacía empujado por una casualidad, aquella que había llevado aquel casi olvidado mensaje a mi ordenador.
No, definitivamente, ella salía ganando. No hay nada más poderoso que una convicción absoluta.
Nadia me dijo durante el camino que la cena no podría ser en casa de Joan. El mismo Drezner había insistido en invitarnos a todos a una cena preparada por su mujer, y nadie se había podido negar.
La casa de Drezner era muy parecida a la nuestra. Y, no lo voy a negar, al escribir "la nuestra", siento una extraña comezón, un sentimiento de indefinición que recorre todo mi cuerpo. Pero de alguna manera tengo que llamar a eso que Nadia define como "nuestro hogar".
Joan parecía casi recuperado, lo cual no deja de ser sorprendente. Al caminar, se le notaba el peso de la herida, y en ocasiones, durante la cena, en la que apenas habló, dejando todo el protagonismo al anfitrión, le noté alicaido, lejano, pensativo. Muy al contrario, la mujer de Drezner, Ángela, me pareció alguien dotado con el "don" de la alegría y la vida. Sentada al lado de su marido, él apenas dejaba que se levantase, sirviendo los platos, y mirándola todo el tiempo de esa manera que solo una palabra de cuatro letras puede definir. Algo difícil de creer en medio de aquel caos...o quizás no tanto. Si realmente aquellos que vivían en el pueblo lo hacían en busca de un futuro mejor o, en el caso de aquella pareja, de un ocaso al fin tranquilo, no cabía la menor duda de que su única lucha consistía en hacer de aquel lugar un "mundo" mejor.
En Ángela noté el acento argentino apenas perceptible en su marido. Drezner asintió y mientras saboreábamos un delicioso plato de pasta, nos contó su historia. Bueno, me la contó a mi, porque Joan y Nadia ya la conocían. Y los dos hombres que permanecían en la entrada de la casa, disimuladamente ocultos en la noche, vigilando, no parecían estar muy interesados en el tema.
Drezner había sido un medio-fondista de renombre durante la época de la dictadura en la argentina. Y Angela, una activista de los derechos humanos. Por desgracia, eran malos tiempos para ser activista de nada, y ambos habían sido encarcelados. Además de eso, a Drezner le habían arrebatado el derecho a dar clases de química a los chavales. Por eso, ahora estaba doblemente contento. Por un lado, podía entrenar en medio de la montaña. Y tenía un compañero para hacerlo. Y además daba clases a los chavales del pueblo un par de veces por semana. Y, de repente, me encontré escuchando viejas historias de la Argentina, de su viaje a los glaciares, de sus recuerdos, de un perro que se llemaba Tristón que un día se fue y nunca volvió. Y de nuevo de aquel viaje que había sido tan especial para ellos, del frío que habían pasado, de su vida y de sus recuerdos. A Angela, aquella mujer de cabellos canos, ojos grandes, claros y cristalinos y sonrisa sincera, como la de su marido, se le humedecía la mirada solo con oirle hablar.
Al nombrarme a mi como su nuevo "pupilo", una bendición como caida del cielo, Drezner alargó su mano y tomó la mía sobre la mesa. Sentí que un frío inesperado recorría mi cuerpo, pero no era miedo en absoluto, sino algo totalmente nuevo. Confianza. Cariño. Tranquilidad.
Algo impensable tan solo unos minutos antes.
También pude ver, por el rabillo del ojo, como Joan y Nadia cruzaban una rápida mirada de complicidad, satisfechos. Nunca he podido ocultar cuando algo me emociona o me estremece. Últimamente estoy aprendiendo a hacerlo, pero no fue el caso en ese momento, simplemente porque no podía.
No podía hacer otra cosa que rendirme ante aquella pareja que me miraban como a un hijo.
Al despedirnos, Drezner me emplazó para el día siguiente, para nuestro entrenamiento diario. Yo asentí, y mientras caminaba con Nadia de regreso a casa,y ella hablaba con voz cálida de aquella pareja y de lo bien que se sentía siempre que estaba a su lado, descubrí que estaba deseando que el día siguiente llegase, para poder entrenar al lado de aquel hombre con el que me sentía realmente a gusto, tranquilo y seguro.
Mi entrenador.



julio 26, 2005

Día Treinta y Cinco

Existe en esta casa una habitación a la que no tengo acceso. Nadia nunca ha comentado nada. Simplemente, cuando llegamos por primera vez, pasó de largo, frente a la puerta. Una puerta que siempre está cerrada. La primera puerta según se sale del lavabo. Desde ese primer momento, supe que allí había algo. Desde luego, podría tratarse de una falsa alarma, puede que mi "sentido conspiratorio" se esté pasando de listo...pero aunque lleve aquí poco tiempo, las dos o tres veces que he caminado frente a esa puerta...he sentido, tal vez debería decir presentido, algo.
Por supuesto, mi siguiente paso ha sido pensar en la manera de acceder a esa habitación. La cerradura, al contrario que las del resto de la casa, es nueva. Alguien se ha tomado muchas molestias. Y, sinceramente, resulta difícil encontrar un instante para intentar entrar allí.
Si no fuera por la mirada que encontré en los ojos de Nadia al despertarme, ni siquiera habría vuelto a pensar tan pronto en esa puerta. Pero la mirada y el "secreto" parecen sumar dos y dos. Y desde hace semanas me encuentro inmerso en un mundo que a su vez se envuelve en otro mundo que me lleva a donde, si pudiera...no iría.
Mientras me duchaba, preparándonos para la cena de esta noche, una cena a la que asistirán Joan, Drezner, su esposa y quizás alguien más, he cerrado el grifo un instante. Y entonces he podido oirlo claramente. Un sonido familiar. He vuelto a abrir la ducha y, conteniendo la respiración, he abandonado la bañera, y observado a través de la puerta entreabierta. La habitación contigua seguía cerrada, pero claramente se podía escuchar el sonido desde mi posición. Dando dos pasos al frente, me he asomado al pasillo, pegando mi oreja casi a la puerta.
Teclas. Alguien escribiendo.
Las teclas de un ordenador.
No podía tratarse de otra cosa. El ordenador de Nadia. Y quizás algo más. Por eso la puerta permanecía cerrada. Tenía que tratarse de eso.
He vuelto al interior de la bañera y he llamado a Nadia, gritando un poco. Claramente pude escuchar el sonido de la cerradura de la habitación contigua, abriéndose y cerrándose. Nadia, sonriendo, ha entrado en el baño. Y yo le he mostrado el bote de champú vacío.
Durante un segundo, su sonrisa ha desaparecido. Su ceño se frunció. Después, inmediatamente, ha vuelto esa extraña alegría a su rostro, y ha abierto el armario del baño, para darme un bote nuevo. Me ha dado un beso apartando la cortina y seguidamente...
Pude verlo claramente.
Al salir del baño, se detuvo un instante, y su mirada , su cabeza, se inclinó hacia el suelo. A sus pies, un buen charco de agua.
Soy imbécil.
Durante un par de segundos, aguardé. No dijo nada. Volvió a levantar la cabeza y, abandonando el baño, cerró la puerta a su paso.
Mentiras, mentiras y más mentiras.
Ésto ya parece un matrimonio de verdad.
Tengo que conseguir ese ordenador. O acceder a él. o hacer una copia en CD de sus archivos. Lo que sea.
Y pronto.




julio 21, 2005

Día Treinta y Cuatro


Esta tarde, antes de la cena, durante al menos un par de horas, me he quedado a solas en la casa. Como Nadia la llama..."en nuestro hogar". Es curioso como, acostumbrado a verla en SegCom casi todos los días con sus estilizados y elegantes trajes de ejecutiva, me sigue resultando extraño tenerla a mi lado en vaqueros y camiseta. No parece la misma persona. De hecho, desde que hemos llegado, me resulta difícil creer que se trate de la misma mujer que casi me empujó a dispararle a Carlos, que me animó a hacerlo, incitándome, susurrándome "que no era nadie importante". Como si una vida, la vida de un amigo, de un conocido, de cualquiera, no fuera importante.
Esta tarde, ha salido para visitar a Joan, que descansa y se recupera en una casa al otro lado del pueblo. Y yo, pensando en la cena, he decidido descansar un rato, tumbarme en cama y quizás echar una siesta para recuperarme del entrenamiento de la mañana. Lo bueno que tiene, que siempre ha tenido para mi, un entrenamiento, es que despeja la mente, y aclara las ideas. Cuando terminas, en los minutos siguientes, te sientes el dueño del mundo, te crees capaz de conseguirlo todo, de resolverlo todo. Y, a medida que pasan los minutos, recuerdas que te estás engañando, que es mentira, y que realmente lo único que has hecho, que has conseguido, son nuevas fuerzas para, un día más, enfrentarte a ese mundo y salir un poquito más victorioso que el día anterior.
No puedo decir nada de lo que pienso en esa cena. Tengo que mostrarme prudente, amigable, sereno, seguir fingiendo, y ver hacia donde me lleva todo ésto. ¿Porqué tengo un entrenador?. ¿En qué medida o manera está este entrenamiento relacionado con los futuros planes de La Cruz?. De momento, son preguntas sin respuesta. Tengo que encontrar esas respuestas de una u otra manera. Y no lo voy a hacer desenmascarándome y mostrando mis verdaderos sentimientos hacia Joan o la propia Nadia. Quisiera hacerlo, cada minuto que pasa un poco más....pero no puedo.
El teléfono móvil sigue sin cobertura. Ni una raya. Lo que daría por poder llamar, por enviar un mensaje. Lo que fuera.
Finalmente, he caido dormido, y sueños, visiones intranquilas, me han acompañado durante la hora de descanso. Rostros apenas visibles, sensación de frío...Susurros...
Cuando me he despertado, Nadia estaba sentado en la cama, a mi lado. Me miraba fijamente, con seriedad, y durante un segundo, he sentido algo parecido a miedo al verla allí. Durante ese breve instante, no me miraba con esa expresión de cariño, de amor, a la que me ha acostumbrado cuando estamos a solas.
Así es como he empezado a sospechar.
Si yo puedo fingir, ella también. Y Joan.
Ese rápido y fugaz pensamiento abrió de repente demasiadas puertas, demasiadas posibilidades en mi mente.
Entonces Nadia sonrió, el momento fugaz desapareció, y volví a sentir que me quería, que me necesitaba y confiaba en mi.
Pero la semilla de que tal vez esa no fuera la realidad permaneció en mi.


julio 19, 2005

Día Treinta y Tres


Correr.
Una vez más. Libre. Y, esta vez, entre las montañas, sintiendo el aire limpio entrar en los pulmones, casi quemando el camino en su pureza.
Nunca había tenido un entrenador hasta ahora. Drezner parece un buen tipo. No quiero olvidar donde estoy, ni lo que ocurre a mi alrededor, pero si quisiera hacerlo, con él sería fácil. Hoy, para conocernos, hemos corrido unos quince kilómetros codo con codo. Tranquilamente, sin forzarnos demasiado, a unos 5 minutos el kilómetro. Se trata de un hombre mayor, pero en absoluto de un "viejo". Ha corrido durante muchos años. Mientras lo hacíamos, hoy, hemos charlado amigablemente. No me ha querido decir nada sobre mi entrenamiento. Digamos que "ha pasado por encima de la cuestión" muy sútilmente. Lleva un año y medio viviendo en el pueblo, con su mujer, a la que ha prometido presentarme en cuanto haya ocasión. Según él, se encarga de mantener en buena forma a los que así lo desean, y de iniciar a los más pequeños en el deporte. Organizan algún partido entre chavales los fines de semana , alguna carrera y cosas de ese tipo. Al parecer hay cuatro maestros, profesores, que dan clases todos los días a los más niños. Todo parece estar muy bien planificado. El caso es que Drezner se ha puesto muy contento cuando Joan le ha dicho, unas semanas atrás, que era muy probable que yo pasara una temporada en el pueblo, y que así podríamos entrenar juntos. Y él se lo había tomado como un reto personal. Nadia le había comentado que estaba preparándome para mi primer maratón, y Drezner había sumado dos y dos. Se encargaría personalmente de mi entrenamiento.
Lo más curioso es que, aunque aquel hombre invitaba a la confianza, y había algo decente en su mirada y en sus palabras...seguía escondiéndose algo. Algo no encajaba. Algo no estaba bien.
"Esta noche cenaremos en casa de Joan", me dijo mientras caminábamos y bebíamos agua, de regreso al pueblo. "Allí podrás preguntar lo que quieras, sin ningún tipo de tapujos".
Seguía sin poder creérmelo.
La bebida que Drezner traía en las botellas, dos, una para él y otra para mí, tiene un extraño regusto. No, no es que me esté volviendo paranoico. Simplemente, sabe diferente. Dice que se trata de una bebida isotónica que él mismo se lleva preparando desde hace veinte años. Agua, limón, una pizquita de sal, otra pizca de bicarbonato...Y es cierto que sabe a todas esas cosas. Pero mi mente paraonica me dice que sabe a algo más. Quizás me esté pasando de cabezota.
El aire de este lugar es una maravilla. Esta noche, he dormido de un tirón. Sin pesadillas, sin malos sueños, simplemente cerré los ojos y sentí la mano de Nadia sobre la mía.
Hemos dormido juntos. Después de los últimos acontecimientos, pensaba que me sentiría más incómodo, más...Pero no ha sido así. Me ha abrazado y se ha dormido, antes incluso que yo. Y, a mi pesar, me he sentido cómodo allí, con ella.
Quizás porque hacía tanto tiempo que no me dormía en algo tan parecido a un hogar que....
No.
Este no es mi hogar.
Esta no es mi vida. Esta gente mata. Quizás no lo hagan esas familias con las que me he cruzado al despedirme de Drezner, quizás la mayoría en este pueblo sean buenas personas que han venido aquí a empezar una nueva vida...engañados, convencidos...
Pero Joan, Nadia, esos hombres que siempre les acompañan...
Ellos han asesinado a sangre fría delante de mis narices. Ellos me pidieron, como prueba, que disparase contra Carlos.
No puedo olvidar todo eso. No debo.
Y esta noche pienso recordárselo.

julio 18, 2005

Día Treinta y Dos



Tal y como me imaginaba, el interior era sencillo. Un pequeño camino nos llevó hasta él, atravesando un jardincillo. Como era de esperar, la madera dominaba el entorno. En la parte de abajo, nada más entrar, un comedor-cocina, un pequeño salón, y unas escaleras que daban acceso a la parte superior, donde me aguardaban dos dormitorios y otra pequeña estancia llena de muebles viejos. Aún así, siendo todo tan espartano, se notaba que había sido restaurado recientemente. Barnizados los muebles y los suelos, la cocina era aparentemente nueva, y todo estaba decorado de esa curiosa manera que te hace pensar "es un decorado, algo preparado expresamente para producir un efecto".
Nadia me indicó que uno de los dormitorios, evidentemente el que tenía la cama más grande, sería el nuestro. Y descubrí con sorpresa que mis cosas estaban allí. En el armario, mi ropa, y cerca de la cama, una bolsa de deporte que conocía muy bien. Mis zapatillas, mi botella de agua, mis camisetas...Todo lo necesario para mis entrenamientos diarios.
"Habéis pensado en todo".
Nadia asintió, contenta. Mientras bajábamos de nuevo, y Nadia le indicaba a uno de los hombres de la furgoneta, que había permanecido en la puerta esperando, que ya podía irse, me informó de que por la tarde, o mañana, iríamos a dar un paseo por el pueblo. Joan había decidido que aquel era el mejor lugar para esconderse si algo ocurría. Estábamos aislados, y como pude comprobar unos segundos después, el teléfono móvil de BMW no funcionaba de ninguna manera. Teniendo en cuenta que no encontraría por allí cerca la manera de cargarlo ni nada por el estilo, preferí desconectarlo y ahorrar batería.
Mientras Nadia hacía café, me asomé a la ventana de la cocina. Desde allí, se podía ver gran parte del pueblo. No había demasiada actividad, pero pude ver algunos niños correteando en el jardín de una de las casas, un coche llegando a otra y descargando leche, bebidas y cosas por el estilo.
Según me comentó Nadia mientras tomábamos el café, un par de veces a la semana se bajaba al pueblo más cercano y se compraban víveres. Eso quería decir que había que recorrer más de 80 km, la mitad para ir y la otra mitad para volver. Realmente, estábamos muy aislados. Entre los habitantes del pueblo había un matrimonio de médicos, y otra familia había habilitado la parte de abajo de su casa como centro de reuniones.
"Algo parecido al bar del pueblo".
Si no hubiera sido porque flotaba en el aire, en el ambiente, un aire de falsedad, de escenario prefabricado, habría sido un lugar idílico. Pero yo no podía dejar de pensar en todo lo que me había llevado hasta allí. Sabía que alguien me estaría buscando en aquellos momentos. Era evidente que habrían encontrado los cadáveres de todos aquellos hombres, que el rescate de Joan era un hecho, y que yo me había ido con ellos. Volví a mirar por la ventana, y sentí que realmente lo iban a tener complicado para encontrarnos allí arriba. Aún así, una parte de mi se sintió muy, realmente muy bien, mientras me relajaba observando el paisaje que nos rodeaba. Era el sueño de cualquiera maratoniano. Allí se podía correr y correr, había caminos, cuestas, y el aire era tan limpio que casi hacía daño. Por lo menos podría correr, entrenarme y pensar en qué hacer.
Como si algo o alguien hubiera leido mi mente, llamaron a la puerta. Nadia la abrió. Se trataba de un hombre, algo más de sesenta años. Delgado, no muy alto. Cabellos canos, piel morena, ojos negros y grandes. Se le notaba musculoso a pesar de los años. Fibroso. Y había un algo de confianza en su mirada, en su sonrisa, en su saludo a Nadia, en su manera de tenderme la mano, en la firmeza con la que estrechó la mía.
"Te presento a Daniel Drezner", dijo Nadia mientras nos estrechábamos las manos. "Tu nuevo entrenador"
¿Entrenador?

julio 14, 2005

Día Treinta y Uno


Hacia la madrugada la furgoneta se detuvo. Miré a través de la ventanilla. Estábamos en una estación de servicio, que parecía alejada de la Mano de Dios y de cualquier lugar civilizado. Los surtidores se veían viejos, uno de ellos aún tenía la pegatina de "super" y "el bar" no era otra cosa que un decrépito local iluminado apenas por lo que, si no era la luz de unas velas, al menos lo parecía.
El conductor de la furgoneta bajó y regresó con unas pequeñas botellas de plástico, que él mismo había llevado vacías, llenas de café. No sabía especialmente bien, pero al menos sentí que calentaba mi cuerpo, y eso me hizo despertar un poco de la ensoñación en la que me había visto envuelto hasta el momento.
Finalmente, continuamos camino. Nos movíamos despacio. La carretera, si es que así se la podía llamar, comenzó un lento ascenso. Y al poco rato simplemente dejó para siempre de llamarse carretera, para convertirse en un viejo camino serpenteante. Seguíamos ascendiendo, mientras la noche avanzaba. A mi lado, Nadia se había quedado dormida, cogiendo mi mano, y yo no quise soltarme, y sorprendentemente para mí me sentí reconfortado al tacto de su piel. Nadia es de esas mujeres que tienen la piel suave, a base de cuidados y mimos, y quizás en parte debido a su naturaleza, pero uno se siente vivo y tranquilo cuando esa piel está cerca de la suya.
Lentamente, comenzó a amanecer. El primer hilo de sol hizo que Nadia diese un respingo, y entreabriera los ojos. Su mirada, al principio borrosa a causa del sueño, pareció iluminarse al pasar sobre mi cabeza, hacia el exterior. Seguí sus ojos en busca de respuesta...y la encontré.
Nos encontrábamos en lo alto, muy en lo alto...de alguna parte. El sol despuntaba a lo lejos, y dibujaba ante nosotros la silueta de un viejo pueblo. No más de treinta casas y los polvorientos caminos que las unían. Quizás hubiera estado abandonado en algún momento, pero ya no. Aunque no se veían siluetas ni vida, supe de inmediato que en nuestro destino no estaríamos solos. Las entradas a las casas, las cortinas en las ventanas, humo saliendo de un par de chimeneas...supe que allí vivía gente, supe que nuestro destino era aquel lugar...y que aquel sitio significaba algo.
"Lo hemos recuperado nosotros", me dijo Nadia mientras la furgoneta atravesaba el pueblo, entre las casas. Pude ver algunas personas entonces, asomando entre las cortinas. Gente normal. Gente como la que veía todos los días en la ciudad o en mi trabajo. Hice un rápido cálculo mental. Probablemente, cerca de un centenar de personas en aquel pueblo perdido en medio de la nada. Y supe cual era la pregunta que tenía que formular.
"¿Hay más?".
Los había. Por todo el pais. Familias enteras vivían en ellos. Pueblos abandonados como aquel, ahora recuperados. Adeptos que se habían ido uniendo poco a poco a La Cruz. En su mayor parte, los habían buscado. Y enseguida supe cómo.
SegCom.
El lugar perfecto. Datos y más datos sobre parejas, familias, hombres, mujeres y niños. Así era cómo los captaban. Por supuesto, no fué así como me lo contó Nadia. Para ella era "otra cosa". Les ofrecían la oportunidad que buscaban. Ellos se ajustaban a un perfil, conservador, amante de la vida rural, familiar, necesitado de un futuro, y ellos les ofrecían ese futuro recuperando aquellos pueblos.
La furgoneta se detuvo frente a una de aquellas casas.
"Este será nuestro hogar".
Nuestro hogar.

julio 12, 2005

Día Treinta


Muertos.
Me rodean. Cierro los ojos y los veo. Siento que aquello que siempre he intentado, quizás conseguido, controlar, se escapa entre mis manos. Y vuelvo a recordar cuando mi vida era un caos, cuando creía que vivir consistía en hacer que yo fuera lo más importante para mí, por encima de cualquier otra consideración.
Años oscuros, como la oscuridad que me rodea y, en ella, como fogonazos, como relámpagos en la noche, están ellos. Los muertos.
Puedo sentir su presencia a mi lado. Nadia me acompaña. La furgoneta nos lleva, dios sabe dónde, dios sabe a través de qué, hacia alguna parte, hacia nuestro destino, sea éste el que sea. Todo escapa a mi control. Todo.
Si al menos pudiera calzarme mis zapatillas y correr un rato.
Parece imposible. Y puede que lo sea. Pero es lo único que podría calmarme y hacerme reflexionar con claridad. Es lo que hizo que mi vida dejara de ser un caos. Correr. Me tomó en sus brazos y me llevó por un mar de tranquilidad donde antes sólo había dolor, rabia, miedo.
Dolor, rabia, miedo.
Los siento renacer en mi interior. Puedo ver el cadaver de BMW, en el suelo, con un circulo negruzco en la frente, y un hilo de sangre que escapa de él. Puedo ver a los otros hombres, sus cuerpos inertes, sus pechos que no se mueven arriba y abajo, como deberían. Y sus rostros blanquecinos, sin vida, sus miradas perdidas en alguna parte, en algún lugar que no es de este mundo.
Sus ojos abiertos y muertos.
Nadia toma mi mano. Abro los ojos. Ella me sonríe con melancolía. Me gustaría preguntarle porqué. El porqué de todo ésto. Pero ella parece estar convencida, luchar por un ideal. Por un mundo diferente. Y, consecuentemente, ha hecho lo que tenía que hacer. Rescatar al hombre al que idolatra, el que encarna ese ideal. Y, por un extraño quiebro de esta condenada historia, del destino quizás, su gesto me indica que está absolutamente convencida de que el hombre que tiene a su lado, el tipo del que se ha enamorado, yo, formo parte de su vida, de su mundo, y soy un adepto convencido al que parece ser su objetivo en esta vida.
El objetivo de La Cruz.
Tengo que averiguarlo. Quizás a través de ese maldito ordenador portátil, quizás a través de la propia Nadia, o de Joan, pero tengo la sensación de que el tiempo corre en mi contra.
Y, además, ahora siento algo nuevo.
Se lo debo a BMW. Y a esos hombres que ya no están. Y, probablemente, a aquellos que, sin saberlo, día a día, en mi trabajo, en mi vida, a mi alrededor, me ayudaron a salir de aquel caos, de EL CAOS que era mi vida anterior.
La gente.
Muestro una sonrisa que intento parezca verdadera y Nadia aprieta mi mano con fuerza. Me gustaría sentir algo más que pena y piedad por ella, pero no es posible. Ya no.
Aún así, quizás haya una oportunidad.
Llevo en el bolsillo de mis vaqueros el teléfono móvil de BMW.
Fué algo rápido. Casi lo hice sin pensar. Nadia miró un momento hacia el pasillo. Y yo hacia el cadaver de BMW. Estábamos los tres solos en la habitación. Sólo hicieron falta dos segundos. El teléfono estaba en el suelo, al lado de su cadaver. Acababa de usarlo.
Me agaché, lo tomé y me lo guardé rápidamente.
Parpadeo. Miro a Nadia. Ella parece esperar algo. Creo que me acaba de preguntar alguna cosa.
"¿Estás bien?.¿Te llegaron a torturar?"·
Niego con la cabeza. Ella parece suspirar aliviada.
Miro por la ventanilla. Ya no se ve la ciudad, solamente la noche que nos rodea. Ni casas, ni coches, solo la carretera que nos lleva.
Si al menos supiera a dónde...



julio 11, 2005

Día Veintinueve


Y, de repente, el silencio.
BMW me indicó que no me moviese. Después, con un gesto rápido, ordenó a los dos hombres que nos acompañaban que echasen un vistazo al exterior. En la habitación contigua, donde estaban interrogando a Joan, todo se había detenido. Los hombres que le acompañaban permanecían en silencio, mirándose, esperando. Joan no se movía.
Nuestros dos acompañantes salieron de la habitación. Cerraron la puerta a su paso. Pude escuchar claramente sus pasos cruzando el pasillo. Y oirles comenzar a bajar las escaleras. Sus pasos se detuvieron. Silencio. Alguien gritó "NO" y se escucharon varios disparos. Y, nuevamente, el silencio.
BMW maldijo mientras me miraba. Hundió su mano derecha en la chaqueta y extrajo una pistola. Por primera vez desde que le conocía, pude ver en su rostro un atisbo de duda ante el siguiente paso a dar. Echó mano de su teléfono móvil y pulsó una tecla. Se identificó y justo cuando estaba a punto de comenzar a hablar, la puerta de nuestra habitación se abrió. Dos figuras con mono negro y casco de motorista entraron. BMW levantó su arma y fué lo último que hizo. Un solo disparo le alcanzó en la cabeza y cayó al suelo. Ahora, recordánlo, casi podría asegurar que su mirada, mientras caía al suelo, se volvió hacia mí. Quizás fueran imaginaciones mías. Dí un paso atrás, aterrado, pero en cierto modo sabía que no me ocurriría nada...de momento.
La puerta de la habitación contigua se abrió también. Los dos interrogadores cayeron abatidos, y una vez más pude contemplarlo todo a través del cristal-espejo. La gente moría a mi alrededor. Y yo no sabía qué hacer, ni alcanzaba a articular palabra. Los hombres que permanecían en mi habitaicón me miraban, hasta que uno de ellos, el que había disparado sobre BMW se quitó el casco.
Nadia.
Supongo que mi mirada era el terror absoluto. Pero ella me sonreía. Estaba feliz. Acababa de matar a un hombre de un solo disparo, un disparo perfecto que había entrado por su frente, justo entre los ojos, y allí la tenía, sonriendo, caminando, casi corriendo hacia mí. Me abrazó con fuerza, me sonrió, y me besó sin que yo pudiera hacer otra cosa que intentar responder, aunque no creo que fuera capaz de fingir tanto.
"Vámonos de aqui. Pronto vendrán más", me dijo.
Abandonamos el caserón. Algunos hombres recogieron a Joan y se lo llevaron, inconsciente. Abajo, dos furgonetas negras nos esperaban. Y algunas motos. Subí con Nadia a una de aquellas furgonetas, y mientras nos poníamos en marcha, pude ver a lo lejos el sol poniéndose, cubriendo de penumbra la ciudad, lejana, y todo lo que podía recordar, mi vida anterior, todo, se oscurecía con ella. Sentí la mano de Nadia sobre la mía. Seguía sonriendo.
"Te lo dije. Estamos juntos. Ahora empieza lo mejor".
Sus palabras sonaron como el cristal que corta una vena, y me sentí sangrar mientras nos alejábamos más y más en la noche.

julio 07, 2005

Día Veintiocho


A medida que el coche se iba alejando de la ciudad, comencé a sentirme más y más confuso. Esperaba que me trasladasen a algún tipo de instalación gubernamental, algo parecido a un edificio del Ministerio del Interior, en donde Joan estaría siendo interrogado. Sin embargo, al parecer, estaba equivocado. El coche se adentró cada vez más en el interior, alejándose de la ciudad, de la costa, perdiéndose en la maraña de montañas y valles, hasta llegar a una especie de vieja casona que parecía cuanto menos abandonada, rodeada de una carcomida valla blanca, que pretendía proteger lo que quizás alguna vez hubiera sido un jardín, y en estos momentos no pasaban de ser cuatro hierbajos. Pude ver claramente un par de coches fuera de la casa, y a través de una de las viejas ventanas se adivinaba una ténue luz en el interior.
Entramos.
A pesar de aquella luz amarillenta, la casa estaba casi completamente a oscuras. BMW me indicó por donde ir, cruzando lo que quizás alguna vez fuera un pequeño salón, ahora cubierto de sábanas enmohecidas y polvorientas, un conjunto que se te metía dentro, que te obligaba a intentar respirar casi sin conseguirlo.
Subimos unas escaleras que crujían bajo nuestros pasos. BMW en primer lugar, yo siguiéndole y otros dos hombres a mis espaldas. Llegamos hasta un pasillo en el piso superior, y al final, a lo lejos, me señaló la puerta entreabierta. Le miré, sin comprender, quizás sin querer comprender. Pero obedecí su gesto, y caminé hasta llegar a la puerta. La estancia que me esperaba al otro lado estaba mucho más limpia que el resto de la casa. Suelo de madera en una habitación estrecha con un par de sillas, una mesita, una cafetera, una bombilla colgando del techo...y un amplio cristal que nos separaba de la habitación contigua.
A medida que iba entrando en la estancia, pude ver lo que ocurría en la de al lado, a través de aquel cristal del que inmediatamente supe que se trataba de un espejo. Al otro lado, dos hombres permanecían de pie frente a un tercero que, sentado sobre una silla, con la cabeza cubierta por una gran capucha, permanecia alicaído y silencioso. Los dos hombres que le acompañaban vestían de mono negro, y a su lado, sobre una pequeña mesita, pude ver algunos instrumentos que se me antojaron quirúrgicos, jeringuillas, bisturís, y otros aparatos que desconocía.
Me volví hacia BMW. Él se encogió de hombros, con gesto de "no hay otra salida". Supe inmediatamente que el encapuchado era Joan. Lo sabía todo el tiempo. Me separé un poco del cristal, mientras uno de aquellos hombres se le acercaba e inyectaba algo en su brazo. Pasados unos minutos, le oí claramente formular la pregunta: "¿Qué es lo que va a ocurrir?. ¿Dónde? ¿Cuando?".
No hubo respuesta. Solo silencio. El otro hombre le indicó al primero que se apartase, y situándose frente a Joan, golpeó con fuerza su cabeza. La capucha se echó hacia atrás con el golpe, y pude ver su rostro lleno de moratones, sangrante, casi como si de una llaga se tratase.
Volví inmediatamente la mirada hacia la pared. BMW puso una mano sobre mi hombro, pero yo la aparté. Al hacerlo, pude ver el gesto de uno de aquellos dos tipos que nos acompañaban en la estancia. Me miraba con desprecio. Con suficiencia. Y comprendí que era de esos que disfrutan con su trabajo. Y aquel era su trabajo.
Fue entonces cuando oímos el golpe en el piso inferior. Y pasos. Y gritos.
Y Disparos.

julio 04, 2005

Día Veintisiete


Decir que Carlos me miró como si yo fuese el demonio es decir poco. Supongo que el hecho de que alguien a quien has llegado a considerar tu amigo, tu compañero, tu "socio", estuviese a punto de disparar sobre tí mientras el dolor que sientes en tu mano alcanza niveles insoportables y tu mente te dice a cada segundo que ésto se acabó, y que la hora ha llegado, no ayuda mucho a sentir que esos lazos de amistad son reales y sinceros.
Permanecimos en silencio durante casi cinco minutos, mirándonos de reojo, incómodos. Él, sentado en la cama del Hospital, con la mano vendada y el rostro paliduzco, ojeroso, destrozado. Cuando finalmente me decidí a hablar, quise hacerle comprender que no habría disparado bajo ningún concepto, que soy incapaz de matar a nadie, y menos aún a alguien a quien tengo por buen amigo. Carlos asintió, como si todo eso ya lo supiese, pero el terror no desaparecía de su mirada. El entusiasmo que había visto en él días antes, como si estuviese viviendo uno de sus videojuegos favoritos, como si pudiesemos arreglar el mundo él y yo juntos, formando un equipo, como siempre ocurre en el cine... Todo se había ido.
"No te estoy culpando de nada. Los culpo a ellos. Y a todo ésto que nos ha ocurrido. Por eso no quiero tener nada que ver con todo este asunto".
Era comprensible. En aquel momento, le envidié. Por tener la oportunidad de dejarlo todo, de abandonar aquella mierda en la que nos habíamos metido. Me contó que Interior quería que colaborase con ellos, con sus expertos en informática. Quizás había visto o recordaba algo en el poco tiempo que había pasado dentro de "La Cruz", que les pudiera ser de ayuda. Carlos había accedido. Al fin y al cabo, había trabajado durante unas pocas horas con sus ordenadores, y con un equipo reducido que le habían asignado. Lo único que buscaba era protección y seguridad, y que todo acabase para él cuanto antes.
"¿Y tú, que vas a hacer?".
Era una buena pregunta. Me daba miedo pensar en la respuesta. Había accedido a seguir. Aún no sabía a qué precio, si es que tenía que pagar alguno. Pero, además de aquel asunto del ordenador de Nadia, de su llamada unas horas antes, y del hecho de que BMW estaba totalmente convencido de que algo "gordo" se estaba cociendo...
Tenía que volver a ver a Nadia.
Me despedí de Carlos con un abrazo, un poco frío quizás. Me prometió que estaríamos en contacto...cuando todo aquello terminara, pero que no era probable que volviese por SegCom. Después de lo ocurrido, no quería, al menos de momento, tener nada que ver con cualquier cosa que le recordase a aquellos cabrones. Y yo solo podía recordar los buenos momentos que habíamos pasado juntos, cómo me había conducido a través del laberinto que tan bien dominaba, de su mundo, hasta el laberinto en el que ahora me encontraba sumergido.
Cuando abandoné su habitación, cabizbajo, BMW me esperaba en el pasillo. Había cambiado la gabardina por un traje gris, pero su rostro seguía siendo el de alguien hundido por la preocupación y la responsabilidad. No quise ni pensar en todo lo que había dentro de aquella cabeza, ni en todo lo que aquellos ojos habían visto.
Me dijo que Joan ya no estaba en el Hospital, que lo habían trasladado a unas instalaciones de seguridad, y que necesitaba que le acompañase. Aunque su herida no era mortal, aún no había recuperado el conocimiento, pero era inminente que ocurriese, y si yo podía escuchar algo de su declaración, tal vez pudiese atar algún cabo y así saber donde podía estar Nadia, desaparecida totalmente en las últimas horas, o tal vez alguna de sus palabras nos diese una pista de qué es lo que La Cruz planeaba.
Le comenté a BMW la llamada de Nadia mientras cruzábamos la ciudad en coche. Él intentó quitarle peso al asunto, dándome un par de palmaditas en el hombro.
"Tranquilo, no hay posibilidad de que te toquen mientras nosotros estemos contigo".
No me sentí en absoluto tranquilo.



Día Veintiseis


En algún momento, no sé ni recuerdo exactamente cuando, el tiempo comenzó a transcurrir un poco más rápido, y cuando me quise dar cuenta, estaba en el Hospital, sentado sobre una camilla, vistiéndome, después de que un médico me hubiese examinado. Pero el médico ya se había ido y yo me encontré a solas con BMW. Lamentando toda la parafernalia que había tenido que montar para fingir que yo era detenido también, me explicó rápidamente cómo me habían seguido. Era algo que yo sospechaba. De una u otra manera, me habían mantenido bajo vigilancia desde el mismo instante en el que yo aceptara "unirme" a La Cruz.
Ahora, como resultado de aquella redada, tenían bajo custodia, y al parecer había muchas posibilidades de que se recuperase, a Joan, en aquel mismo Hospital. Por desgracia, mientras no hablase, si es que lo hacía, cosas bastante difícil, nada podían hacer, y mucho menos contra SegCom. La simple sospecha o posibilidad no eran prueba ante ningún Juez. Aún así, BMW me dijo que seguramente algunas de las personas, Nadia incluida, que yo conocía en SegCom, tardarían tiempo en aparecer por allí.
Dos plantas más arriba, Carlos también se recuperaba, aunque para éste último el shock había sido tan fuerte que habían tenido que sedarle, y ahora descansaba plácidamente. Aún así, su mano tardaría mucho más en recuperarse.
Y Nadia...de Nadia no sabían absolutamente nada. No podían explicarse cómo ni de qué manera...pero había huido.
Huido.
"Se pondrá en contacto contigo", me dijo BMW. "Muy pronto. Y tenemos que estar preparados para cuando eso ocurra".
Yo no quería estar preparado para nada. Solamente quería olvidar todo aquello, irme a mi casa y dormir. BMW asintió. Al día siguiente me pasaría a visitar a Carlos y hablaríamos del tema. De momento, mi único objetivo era llegar a mi casa, dormir, y mañana por la mañana entrenar por fin con tranquilidad. Era casi lo que más deseaba.
Aún así, no podía dejar de pensar en Nadia. Y en La Cruz. Y en lo que le habían hecho a Carlos. Y en cómo se habían complicado las cosas a partir de ahora. Joan estaba bajo custodia policial. Era seguro que algo pretenderían sonsacarle. Algo sobre lo que La Cruz planeaba. Y seguían siendo necesario conseguir el ordenador de Nadia, aquel que Marcos Molina había clonado aunque la vida se le había ido en ello.
Demasiadas cosas.
Me llevaron y me dejaron en casa. No me lo podía creer. Mi apartamento. Hacía solamente unas pocas horas que había salido de él, y sin embargo se me antojaban días enteros. Casi sin fuerzas, me dejé caer sobre la cama y no recuerdo haber tenido pesadilla alguna en toda la noche. Aunque el rostro de Nadia se me aparecía claramente, por momentos, y sin duda alguna soñé con ella. Pero era un rostro dulce, amable, el rostro de la mujer que yo había creido conocer y sin embargo, con el tiempo, había descubierto que no conocía de nada.
A la mañana siguiente conseguí correr algo más de una hora, pero muy relajadamente. Nada de velocidad ni cosas por el estilo. Y, después de la ducha, mientras me vestía en la habitación, reparé que apenas faltaban dos meses para la fecha señalada, el maratón de la ciudad. Me estaba preguntando si conseguiría mi objetivo, que no era otro que una buena preparación para hacer una carrera de la que sentirme contento y orgulloso, cuando sonó el teléfono.
Al otro lado, reconocí la voz de Nadia.
"Todos volveremos a estar juntos muy pronto", susurró.
No era un deseo. Era, por su tono y decisión, una realidad.




junio 30, 2005

Día Veinticinco


Se me habían terminado las opciones.
Sentí que la mano me temblaba, y apenas pude contener mis lágrimas. Las mismas lágrimas que resbalaban por las mejillas de Carlos mientras me suplicaba. Su mano clavada en la mesa. Podía sentir la respiración de Nadia a mi lado. Podía entrever la silueta de Joan unos pasos más allá. Y a los otros dos hombres, algo más alejados.
"Ya", susurró Nadia.
Y entonces ocurrió.
Un estruendo, metálico, como el metal de las paredes que nos rodeaban. Y la luz que se hizo de repente. Me volví hacia el origen del sonido. Hombres. Gritos. Entrando. Y pude oir frases como "que nadie se mueva, policía" y otras que me sonaron a plegarias atendidas.
Quince, quizás veinte hombres, entrando, con linternas, con uniformes, con armas. Y , como si el tiempo se dilatase a su antojo, pude verlo todo.
Joan hizo un ademán buscando en su chaqueta, y de un bolsillo interior extrajo una pistola. Alguien gritó "LAS MANOS EN LA NUCA!!!" y él pareció reirse. Sonó un disparo, ví saltar la sangre de su pecho, y cayó de rodillas ante mi. Mi pensamiento inmediato fue hacia Carlos. Había perdido el conocimiento. Descansaba como un fardo sobre la silla, inconsciente, desmayado. A sus espaldas, los otros dos hombres comenzaban a arrodillarse mientras eran rodeados. La nave había sido invadida literalmente por las luces exteriores, las sirenas, los gritos, los sonidos huecos de pasos, de armas cargándose, de órdenes.
"TIRE EL ARMA AL SUELO Y PONGA LAS MANOS EN LA NUCA!!!".
Me volví. La orden iba dirigida...a mi. Un policía me apuntaba con el arma más grande que yo hubiera visto nunca. Dejé caer la pistola al suelo. Llevé las manos a la nuca. El policía me indicó que me arrodillase y así lo hice. Me encontré mirando al suelo, y entonces pude oirlo. La respiración jadeante, difícil, y lentamente volví mi mirada hacia Joan. Estaba tendido a un par de metros. Y respiraba. Tenía la camisa blanca rebosando sangre, pero respiraba.
"No sé quien es usted, pero va a perder hasta el último botón de su camisa, gilipollas".
Levanté la mirada. BMW. Me miraba como si hubiese vencido sobre las fuerzas del abismo. Y entonces me sonrió e hizo un gesto, un guiño rápido. Sentí una bocanada de alivio. Poco podía imaginarme en aquel momento, cuando pensaba que todo había terminado, que aquel alivio duraría poco.
Alguien me llevó las manos a la espalda y sentí que me esposaban. Las puertas de la nave se abrieron por completo. Llegó una ambulancia y llegaron más coches de policía. Ví como los hombres de la ambulancia rodeaban a Carlos. Apenas pude oir sus palabras.
Oí como BMW ordenaba que me llevaran al hospital. Y fué entonces cuando me dí cuenta. Algo que no había percibido hasta entonces. Volví mi mirada, mientras caminábamos hacia el coche patrulla, hacia un lado, buscando, en toda la nave, buscando una y otra vez, pero fue inútil.
Nadia no estaba.
Cerré los ojos mientras el coche patrulla se ponía en marcha, y al hacerlo pude ver, en alguna parte de mi mente, con claridad, La Cruz que me había llevado hasta allí, y La Cruz ardía sin cesar.
Nadia había huido.


mayo 19, 2005

Día Veinticuatro


Todo maratoniano sabe lo que es "el muro". Suele aparecer, aproximadamente, entre el km 30 y el 35. Uno nunca puede estar seguro de que ocurra, pero si aparece, lo reconoces enseguida. Tu mente te dicta una cosa, pero tu cuerpo quiere otra. Quieres seguir corriendo, pero tus piernas parecen no responder. Es el momento de la verdad. Ese instante en el que un corredor descubre de qué está hecho.
Mi muro estaba frente a mi.
El interior de la nave no estaba excesivamente iluminado. El techo, altísimo, y la luz que apenas daba claridad a una larga mesa rectangular de madera, carcomida por la polilla. Se notaba que hacía mucho tiempo que nadie pisaba el interior de aquel lugar.
Se podía oir con claridad la respiración entrecortada. Conocía aquel sonido. Era el sonido del pánico.
Joan estaba de pie, con un elegante traje a rayas, gesto ceremonioso, y a su lado otros dos hombres, también trajeados, cuyas caras me sonaban lejanamente. Probablemente de la reunión en el restaurante. O de SegCom. No podía recordarlo. Pero era evidente que estaban allí para comprobar que todo transcurría dentro del plan previsto.
Nadia caminaba a mi lado, en dirección a ellos, en dirección a la mesa. Tomó mi mano con la suya y la apretó con fuerza. Me volví hacia ella. Me miraba con aquel sorprendente brillo en sus ojos, brillo de emoción, brillo de placer.
Había alguien sentado al frente de la mesa. Una sombra. Respiraba con dificultad. Podía adivinar su cuerpo, una mancha negra en la penumbra, moviéndose al compas de los jadeos. Sabía que me miraba, y su silueta...
Un escalofrío recorrió mi espalda. Sentí que las piernas me flaqueaban. Solté la mano de Nadia, pero ella enseguida la tomó de nuevo entre las suyas, mientras veía como Joan caminaba, acercándose hasta nosotros. Su mirada decidida, sus ojos clavados en los míos, su gesto confiado y seguro.
"Sé que serás como un hijo para nosotros", dijo, "O quizás mucho más. Estás destinado a grandes cosas. Todos lo sabemos. Hasta tú mismo lo sabes".
Yo no sabía que decir o hacer. Sobre el hombro de Joan intentaba distinguir la figura que ahora oía gemir claramente. Pero era casi imposible. Aún así, la sensación que comenzara segundos antes aumentaba. Yo rogaba a Dios para que no fuera verdad.
"Pero toda confianza requiere de actos", continuaba Joan "No te vamos a pedir demasiado. Solamente lo que sabemos con seguridad que puedes hacer. Lo que confiamos que puedas hacer por nosotros, por ti mismo. Un acto necesario".
Sentí la presión de las manos de Nadia. Me volví hacia ella. Sonreía. Había alegría y orgullo en su mirada. Yo no podía creer que todo aquello estuviera ocurriendo en aquel preciso instante.
"Adelante, mi amor", me susurró al oido mientras soltaba mi mano.
Joan también sonreía. Pasó su mano por mi nuca, dándome ánimos. Y al hacerlo me obligó a caminar un par de pasos hacia la mesa. La claridad que llegaba desde el techo iluminó entonces a la figura que me miraba horrorizado, y pude verlo perfectamente.
Carlos estaba atado a una silla. Le habían amordazado con una tira de cinta americana, y su mano derecha descansaba sobre la mesa. No podía moverla. Un cuchillo la atravesaba, y la sangre resbalaba hasta fundirse con la oscuridad del lugar. Respiraba con mucha dificultad, su pecho se convulsionaba, y las lágrimas brotaban de sus ojos mientras movía la cabeza, negando, suplicando, convirtiendo sus gemidos en llantos.
Joan deslizó una mano entre las mías y sentí algo frío. Miré hacia abajo. Una pistola. Con un gesto continuo, levantó mi brazo, apuntando a Carlos. Nadia, desde atrás, puso una mano sobre mi hombro, animándome.
Joan acercó sus labios a mi oreja.
"Sin miedo", dijo, "No es nadie. Aprieta el gatillo y lo comprobarás".
Le miré fijamente, intentando disimular el horror que sus palabras me producían.
Carlos me miraba suplicando.
Se me habían terminado las opciones.

( Continuará....)


-------------------------------------------------------------------------------------------------


UNA NOTA DEL AUTOR.

Me toca irme de vacaciones. Un mesecito. Hasta finales de Junio aproximadamente, así que os emplazo a todos aquí el día 1 de Julio, momento en el que continuará la historia. Hasta entonces, gracias a todos los que la estáis leyendo, comentando o simplemente pasando un buen rato con ella. Gracias, gracias y otra vez gracias.
Hasta muy pronto.




mayo 18, 2005

Día Veintitrés



Estaba terminando de comer un buen plato de pasta en la cafetería de SegCom, como siempre observando la ciudad a través del gran ventanal, cuando la vi entrar, con el teléfono móvil en la mano, charlando al mismo tiempo que me sonreía. No pude oir sus palabras, pero parecía alegre, contenta, y habría jurado que, fuera cual fuera el tema de su conversación telefónica, yo estaba incluido. Cuando Nadia se sentó a mi lado, mientras guardaba el teléfono en su pequeño bolso, acarició mi mano. Un gesto fugaz y rápido. Yo intentaba, mientras oía lejanas sus palabras sobre su ajetreada mañana , mantener mi pensamiento en calma. Pero sólo podía recordar que hasta hacía unos pocos días había sentido que me estaba enamorando de aquella mujer, y ahora veía en ella únicamente a alguien a quien le habían lavado el cerebro, quien sabe durante cuantos años, quizás poco a poco, convirtiéndola, probablemente como a muchos otros de La Cruz, en adepto absoluto.
"Cuando terminemos aquí esta tarde, tenemos que ir a un sitio", dijo, tras una pausa, y podía ver como le brillaban los ojos. Había visto aquel brillo antes, y por desgracia lo había confundido con otra cosa. "Joan nos espera. Te tenemos preparada una sorpresa".
Inmediatamente, supe que no podría ver a Carlos esa noche. Decidí enviarle un mensaje al móvil más tarde, posponiendo nuestra cita.
Y, segundos después, recordé las palabras de BMW. "Una prueba. Te harán una prueba".
Otra vez aquel vacío en el estómago.
Me despedí de Nadia, con una sonrisa forzada y una aún más forzada caricia en su mano. Todo aquello tenía algún sentido. No podía dejar de pensar en ello, intentando autoconvencerme. Y, a la vez, y esto no era algo nuevo, a medida que pasaba el tiempo, me sentía una impotente y solitaria pieza en un juego que desconocía, que no alcanzaba a comprender, que se me iba de las manos. Aceptando proposiciones, moviéndome como buenamente podía, pero sin conseguir efecto alguno.
Envié el mensaje al móvil de Carlos. Siempre tengo activado lo que se suele conocer como "aviso de recepción de mensajes". Te avisa cuando el mensaje enviado ha sido recibido por el otro móvil. No me llegó el aviso. La tarde fue pasando. Nada. Carlos tenía el móvil desconectado. Bueno, ya lo vería después. Lo peor que podía ocurrir es que se pasase una gran parte de la noche esperando mi llegada. Demasiado descuidado.
Terminó la jornada y Nadia me esperaba en el aparcamiento de SegCom. Mientras conducía por la ciudad, comenzó a hablar de Joan. De lo genial que era, de lo alegre que ella se había sentido cuando yo aceptara formar parte de La Cruz. Joan había tenido sus dudas, pero ella había insistido, y sabía que yo era la pieza que faltaba en su organización. Que estaba destinado a hacer grandes cosas. Y Joan, al que ella respetaba como a un padre, había terminado por convencerse de que así era.
"Esta noche será maravillosa. Ya lo verás".
Anochecía cuando llegamos a una nave-almacén muy cerca del puerto. Comencé a sentir un cosquilleo extraño mientras Nadia aparcaba el coche. Todo estaba demasiado oscuro a medida que caminábamos hacia la nave. No se veían más coches, no se veía nada que no fuera el cielo algo cubierto por espesas nubes, una media luna lejana sobre el mar, unos cuantos muelles con embarcaciones...y aquel almacén al que, poco a poco, nos íbamos acercando.
Fue entonces cuando Nadia se detuvo, y se interpuso entre la nave y yo.
"Quiero que sepas una cosa. Te quiero. Eres la segunda persona más importante en mi vida. O quizás la primera. No lo sé. A veces me siento como una niña cuando estoy a tu lado. Pero sé que, esta noche, dentro de un momento, cuando abramos esa puerta y entremos ahí adentro, me sentiré orgullosa de tí. Más que nunca."
Y me besó con una pasión que ya conocía, y a la que intenté responder con el mismo deseo inesperado.
Inesperado.
Yo no estaba preparado para lo que me esperaba allí adentro. Nunca habría podido imaginar de qué se trataba.
Ni en la peor de mis pesadillas.

mayo 17, 2005

Día Veintidos



Volver a SegCom ha sido probablemente una de las cosas más raras y extrañas que me han ocurrido nunca.
Después de madrugar, o debería decir más bien abandonar la cama después de una noche plagada de pesadillas, y salir a entrenar durante algo más de una hora, he decidido dar un largo paseo en dirección a SegCom. Por cierto, hoy he consultado el calendario. Faltan poco más de dos meses para el gran día. El XXV Maratón de La Ciudad. Es increible como los días han ido pasando y cómo me gustaría sentirme más conectado a aquello para lo que me llevo preparando tanto tiempo. Pero no puedo. Demasiadas cosas en mi mente. Mientras entreno, casi consigo olvidarme de todo. Pero basta una buena ducha y un paseo por la ciudad para que todo lo ocurrido en las últimas semanas vuelva, haciéndome sentir ese vértigo en la boca del estómago que tanto odio.
Hay un parque, maravilloso, frente a SegCom. Y, en un día soleado y claro como hoy, el parque estaba incluso más fresco y verde que nunca. Me encanta pasear por él. A veces incluso me he traido la bolsa con las zapatillas para entrenar al salir del trabajo, por las tardes, sobre todo en verano. Y hoy, al llegar a SegCom, me he entretenido un rato paseando antes de entrar. Quizás porque odiaba lo que me esperaba allí adentro, en el mismo lugar en el que tantas alegrías he tenido charlando y ayudando a algunas personas con mi trabajo diario.
El Parque estaba muy tranquilo a primera hora de la mañana. Algunos estudiantes sentados, charlando, y una docena de deportistas entrenando, alguno de ellos quizás para el mismo maratón para el que yo me entreno casi a diario. Todo envuelto a su vez en un aura de calma y sosiego que no podía sino envidiar. Así debería ser el mundo. Volví mi mirada hacia el imponente edificio de SegCom. Y así era realmente el mundo.
Todos mis compañeros, aquellos con los que me cruzo todas las mañanas al llegar al trabajo, pasaban ante mi, a mi lado, o me saludaban, como todos los días. Como un día más. Pero no era un día más. Podía ver sus saludos, sus sonrisas, como si de una filmación a cámara lenta se tratara. Ellos ignoraban algo que yo sabía. La empresa para la que trabajaban, en buena parte, quizás en una parte demasiado importante como para ser aún cuantificada, estaba en manos de una pandilla de fascistas que se proponían...sabe Dios qué. Y lo que más me aterrorizaba de todo aquello es que SegCom era una más. Una entre muchas.
Me detuve al llegar a mi mesa. Al lado, la de Carlos. Limpia, sin sus papeles, sus carpetas. Inmaculada, exceptuando el ordenador. Nada más. Alguien se había encargado de llevarse todas sus cosas.En aquel momento, mientras me sentaba y conectaba mi ordenador, mi móvil me avisó de que un mensaje acababa de llegar. Era de Carlos.
"Tengo a diez personas que trabajan para mi. Y acabo de entrar en el servidor seguro del Banco de España. Creo que he pasado la prueba. Esta noche pásate por mi casa".
Carlos estaba tan ilusionado como un niño. Se creía, estaba seguro, de que podía jugar con ellos y llevarlos por su camino, y de paso aprovecharse y ver su sueño de ser un hacker en toda regla cumplido.
Esta noche, tendríamos una conversación seria.
Las puertas de SegCom se abrieron y comenzó a entrar gente. Y la mañana caminó, más rápido de lo esperado. Asesoré a unas cuantas personas, contraté unos pocos seguros...y cuando la hora de comer se acercaba...mientras tecleaba tranquilamente los datos de una pareja que acababan de comprar un apartamento, y me preguntaba cuanto tardaría en tener noticias de Nadia...me di cuenta.
Al ver los datos de aquella pareja en el ordenador, los datos que yo había tecleado. Levanté la mirada. Mis compañeros en aquella planta...todos tecleaban. Algunos atendían a otras parejas, o a individuos que venían a contratar o buscar asesoramiento. De todos ellos, tomábamos buena nota. Sus datos, un historial, sus pertenencias...En un seguro cabe casi de todo. Y nosotros teníamos allí, en SegCom, los datos, las direcciones, el historial, la vida de miles de personas, la mayoría habitantes de la ciudad.
Y todos aquellos datos estaban en las peores manos que uno pudiera imaginar.



mayo 15, 2005

Día Veintiuno



Supongo que a BMW aquello le resultaba en cierto modo divertido. A mi no. Y él, por lo menos, intentaba disimularlo. Definitivamente, parecía que aquel día no terminaría nunca, que yo no podría irme a dormir y despertarme al día siguiente, entrenar y plantearme con la cabeza despejada qué sería de mi vida a partir de ese momento.
BMW esperó pacientemente a que yo hubiera vomitado, y regresase para sentarme en el salón, frente a él. Yo estaba enfadado. De alguna manera, me había sentido empujado a aceptar el ofrecimiento que Joan me hiciera horas antes. Supongo que el hecho de encontrarme a Carlos allí, unido a la petición de BMW, más lo que, en cierto modo, yo sentía o seguía sintiendo por Nadia, me habían empujado a decir "si" a mi entrada en La Cruz. Sin contar, claro estaba, el hecho de saber que mi padre había pertenecido antes a la hermandad, que estaban desperdigados por media España, que yo había sido un candidato firme a pertenecer a su círculo antes incluso de saberlo...Además, que narices, nunca había pensado que la cosa pasaría a ser algo más serio que un tipo que se dedica a espiar y comentar con alguien del Gobierno sobre lo que ha espiado. Alguna conversación, quizás la manera de localizar a Joan, quizás algunas direcciones. Yo no era lo que ellos llaman un "agente de campo" ni nada por el estilo.
Ahora, acababa de enterarme de que Marcos Molina tampoco, y así le habían ido las cosas.
Estos tipos que se hacían llamar La Cruz no se andaban con tonterías. Y yo no quería acabar así.
"Así que mejor lo dejamos correr", le dije a BMW. "Mañana me voy a mi trabajito de todos los días. Si ellos me preguntan algo les digo que todo ha sido una equivocación. Que yo no soy mi padre y que realmente no me interesa unirme a ellos. Todo bien explicadito y con buenas palabras. Y si a Nadia no le gusta, es su problema. Y Carlos ya es lo suficientemente mayorcito para saber lo que hace".
BMW no dejaba de mirarme fijamente mientras yo hablaba, más víctima de los nervios que covencido de mis palabras. Algo me decía que no todo iba a resultar tan fácil.
"En primer lugar, no van a dejar que te vayas tan fácilmente. En segundo lugar, tu amigo, Carlos, corre un serio peligro y él aún no lo sabe. Ha sido una tontería que aceptara unirse a ellos. Lo van a utilizar y después se desharán de él. Y, no te engañes, contigo pretenden hacer lo mismo. De momento, has dicho que sí, pero eso no significa nada. Te harán pasar por algún tipo de prueba, como a todo el mundo. A los dos. A lo mejor eligen una misma prueba para ambos, o diferentes pruebas. Así que lo único que puedes hacer es ayudarnos a deshacer esa jodida Cruz antes de que todo se complique".
Así de simple. Ellos querían utilizarme. El Gobierno quería utilizarme. Lo único que yo podía hacer era decidir si me utilizaban los buenos o los malos. A joderse.
"Necesitamos el ordenador de Nadia. El clon que hizo Molina habrá sido destruido. Pero en el ordenador de Nadia, en su portátil personal, está toda la información que necesitamos. Probablemente los contactos del tal Joan en las otras empresas, en toda España. Una vez conseguido eso, podremos actuar con la ley en la mano, y tú y Carlos lo podréis dejar sin problema alguno".
No podía ser tan difícil conseguir el dichoso ordenador. Aún así, yo no podía dejar de pensar en Molina.
"Él no era un agente de campo. Tú tampoco. Pero tú tienes muchas bazas a tu favor. Tu padre, el que te hayan buscado ellos mismos, tu amistad con Nadia Senén. Todo juega a nuestro favor...", se detuvo, y después inclinó su cuerpo hacia mí mientras enfatizaba sus palabras. "Planean algo. Lo sabemos. Pero no sabemos el qué. Es algo gordo, quizás algún tipo de...atentado...No lo sabemos, pero casi seguro que habrá vidas en juego. Y todo está en ese ordenador. Como puedes ver, no te miento. Eres nuestra mejor baza. Dependemos completamente de ti."
Aquel tipo también me conocía. BMW reconoció, algo incómodo, que habían sido ellos los que habían pinchado mi teléfono semanas atrás, al saber que Carlos y yo habíamos recibido el mail de Molina. Estaba seguro de que el Gobierno había estudiado mi perfil, o algo parecido. Y sabían perfectamente que no podía negarme si me decían que había vidas en juego.
Cuando caí sobre mi cama, conseguí dormir. Pero fue una noche horrible, plagada de pesadillas, entre ellas una en la que Nadia se me acercaba y me echaba ácido a la cara, mientras yo sentía como alguien cortaba mis manos.
Y esa no fué de las peores pesadillas de la noche.

mayo 12, 2005

Día Veinte



Como si se tratase de una filmación a cámara lenta, mientras abandonaban la estancia, todos los presentes me fueron saludando, tendiéndome su mano, algunos estrechando la mía con fuerza, todos sonrientes. Joan, para mi sorpresa, se permitió darme un abrazo, y al hacerlo su boca se acercó a mi oido.
"En unos pocos días descubrirás la suerte que tienes", me susurró al oido.
Sentí un escalofrío por todo el cuerpo. Me estaba recuperando cuando los labios de Nadia rozaron los míos, y sus ojos brillaban y ella me sonreía mientras el orgullo de sentirme formando parte de su vida tomaba forma en su rostro. Yo respondí a aquel beso con otro, pero algo fallaba en todo aquello. No era el mismo beso que apenas unas horas antes. Ya no. Y temí que aquella sensación que, de alguna manera, me había llevado hasta allí, nunca volvería.
Reparé entonces en Carlos, que aún permanecía en silencio, sentado, inmóvil. Le indiqué a Nadia con un gesto que por favor nos dejara a solas un momento, y ella asintió sin perder aquella sonrisa de los labios.
Carlos no me miró hasta que la puerta del salón se cerró y quedamos a solas. Sólo entonces, muy lentamente, muy despacio, levantó la cabeza, y pude ver aquella sonrisa que siempre lucía cuando acababa de descubrir algo, aquel brillo de victoria en sus ojos. Yo no podía entender nada.
"¿Cómo coño te has dejado embaucar por esta pandilla de nazis?", fue lo único que alcancé a preguntar.
Carlos me lo contó. En voz baja, susurrando, temiendo que pudiera ser escuchado. Me contó cómo habían intentado venderle la moto de un futuro mejor, de la misma manera que a mi, y de cómo él y yo habíamos estado bajo su vigilancia, yo por ser quien era, y él por ostentar el dominio sobre cualquier cosa que pudiese entrar o salir de un ordenador. Necesitaban un buen hacker para dirigir, para liderar la parte de La Cruz que se encargaba de todo lo relacionado con la informática. Transacciones de fondos, servidores ocultos, intromisión en redes del gobierno, de otras empresas, de otros paises...Todo lo imaginable y más. Y le habían ofrecido, por supuesto, el control absoluto sobre esa parte de la organización.
"Yo tengo mi sueño, y los dos estamos dentro. ¿Qué más se puede pedir?".
No supe que responder a esto. Parecía haber sinceridad en las palabras de Carlos. Desde luego, él nunca había parecido ser de esos que se dejan llevar por otro lider o por una religión, o por un ideal que no sea su propia visión de las cosas. Y, lo que más me sorprendió de todo aquello, fue que Carlos parecía realmente comprometido con aquello en lo que ambos nos habíamos metido.
"Son unos hijos de puta de mucho cuidado. Pero desde dentro se pueden hacer grandes cosas. Y ahora los dos estamos dentro".
Nos despedimos. Me dió un nuevo número de teléfono móvil. Como él dijo, "uno que nadie más conoce". Me dijo que no volvería por SegCom durante una temporada. Yo ni siquiera me lo había planteado. Aquel no era el mejor lugar para seguir hablando. Y yo estaba deseando que aquel día terminara de una maldita vez, llegar a mi casa y dejarme caer sobre la cama. Sentía el corazón a punto de estallar. Demasiadas emociones. Nadia me llevó hasta mi apartamento y se despidió con otro de sus besos que a mi ya no me sabían como antes. Pero tampoco había desaparecido todo lo que por ella sentía. Tenía que reflexionar sobre eso. Pero mejor hacerlo mañana.
Tendría que haber imaginado que las emociones no se habían terminado todavía. BMW estaba sentado en el sofá individual frente al televisor. Mi sofá favorito. Con las luces apagadas y en silencio. Ni siquiera me asusté al verle. Por alguna razón, me temía que el día aún no había terminado.
"Estoy dentro", le dije, mientras abría la nevera, cogía una botella de agua y me sentaba frente a él. "Y no me pregunte porqué, ni yo mismo lo sé".
BMW me miraba con aire triste. Se inclinó hacia delante mientras yo le contaba como Carlos también se había introducido en la organización. A grandes rasgos, le relaté lo ocurrido en las últimas horas, le hablé un poco más de Carlos, de su labor en la especie de investigación que habíamos mantenido en las últimas semanas y todo lo demás. Y, para rematar mi relato, dije una estupidez.
"La verdad, parecen una pandilla de fanáticos con mucho dinero y buena posición, pero no demasiado peligrosos".
BMW medio sonrió.
"Esta noche, mientras estabas con ellos, dijo, encontramos el cadaver de Marcos Molina. Le habían rociado la cara con ácido, y cortado ambas manos".
Entonces sentí que el agua de la botella estaba demasiado fría, y vomité.


mayo 11, 2005

Día Diecinueve



De la misma manera que yo no podía dejar de mirar directamente a Carlos, esperando una respuesta, una explicación, algo que me diese una pista de su presencia allí, él no pudo evitar desviar su mirada, incómodo, hacia la derecha, en dirección a la pared. Joan observaba todo ésto entre atento y divertido, mientras con un gesto de su mano me invitaba a sentarme a su lado. Nadia lo hizo a mi izquierda, y mientras Joan comenzaba a hablar, pude sentir la mano de ella sobre la mía, como si aquello me fuera a dar algún tipo de fuerza para afrontar cualquier revelación que estuviera a punto de escuchar.
Joan empezó por describir un nuevo y curioso orden, un Pais diferente al que todos conocíamos, en el que los hombres y mujeres de buena voluntad, trabajadores, de moral intachable, temerosos de Dios y obedientes ante las leyes que sus gobernantes dictaran, tendrían un lugar en el que vivir sin miedo. Lejos de unos políticos de tres al cuarto que, pertenecieran a la ideología que pertenecieran, se limitaban a fingir que eran personas de buena voluntad, cuando en realidad lo único que pretendían era llenar sus arcas de dinero y propiedades a costa de los honrados ciudadanos. Lo único que Joan eludió comentar, como solía ocurrir en este tipo de discursos, fue el destino que les esperaba a los que no compartieran la idea que ellos tenían sobre el nuevo orden. Pero yo ya sabía que ese punto sería omitido del "discurso". Siempre lo era. Había leido u oido aquel planteamiento en varias ocasiones, en la Europa fascista anterior a a la Segunda Guerra Mundial, y en muchos otros paises que luchaban o habían luchado por huir de algún tipo de dictadura durante la historia.
Pero la idea de Joan iba un paso más allá. Como si se tratara de un personaje maligno de alguna película de tres al cuarto, abogaba por extender esta idea más allá de las fronteras de nuestro pais, a sabiendas de que encontrarían adeptos en muchos lugares del mundo. Según él, los contactos ya habían comenzado, y resultaban o estaban resultando fructíferos.
"Esto, dijo, era algo que tu padre sabía muy bien. Y esa es la principal razón de que, durante estos años, hayamos seguido muy de cerca tu carrera y, en menor medida, la de tu compañero Carlos".
A mi mente regresaron las palabras de advertencia de mi padre en su lecho de muerte, cuando me entregara La Cruz que ahora descansaba en mi cuello. Inconscientemente, llevé la mano a mi pecho para tantearla. Palabras de advertencia hacia La Cruz y hacia Nadia. Pero Nadia y Joan sonreían contentos mientras me veían recordar, sintiendo como la verdad se iba abriendo paso en mi mente.
"Tu padre fue un importante miembro de nuestra sociedad. Durante muchos años. Por desgracia, decidió abandonarnos. Y nosotros respetamos su decisión. Había hecho mucho por nosotros. Suya fue la idea de impulsarnos más allá de nuestras fronteras. Y muchas otras que irás conociendo poco a poco. De la misma manera que nos irás conociendo a nosotros, aunque imagino que a algunos de los presentes ya los conoces".
Asentí. Sus rostros me sonaban de los pasillos de SegCom. Todos, evidentemente, de más allá de la planta 10.
"Somos muchos. Muchos más de los que te imaginas. No solamente en SegCom, que es prácticamente nuestra base de operaciones en esta ciudad. Pero nuestro deseo de buena voluntad y de un mundo mejor se extiende por otras 25 empresas en todo el pais, sin contar otros estamentos de los que, por razones de seguridad, no te puedo hablar en este momento. Aunque te prometo que, si decides unirte a nosotros, todo llegará."
Me sentí como el ratón al que han ido llevando por todo el laberinto hacia una dirección concreta. Lo que estaba sucendiendo ante mis narices era aberrante. Pero Nadia estaba allí, y Nadia parecía buena persona. Y Carlos estaba con ellos. Y mucha más gente. Muchos más. Miles quizás si sumábamos a todos los que se hallaban desperdigados por el pais.
"De alguna manera, continuó Joan, eres la esencia de los ideales que defendemos. Alguien puro de alma y de corazón, que se entrena a diario, que cuida su cuerpo y su mente, que todos los días acude a su trabajo con el único objetivo de ayudar a los demás a sentirse un poco más seguros y un poco mejor. Tú representas nuestras aspiraciones, eres casi un símbolo, y además el heredero directo, gracias a tu padre, del "don" que Dios nos ha dado a todos al hacernos ver el camino a seguir. Por eso, queremos que te unas a nosotros. Porque , de alguna manera, ya formas parte de nosotros".
De repente, me había convertido en una especie de nazi de mierda. Pero Joan sabía venderlo como la quintaesencia de lo mejor que había en ellos. Yo sabía que no eran más que ideas tergiversadas, que me querían vender algo y precisamente algo con lo que yo no comulgaba. Pero recordé al hombre del Gobierno, BMW, y su deseo, casi una súplica, de que aceptara la oferta. Y miré a Carlos, y vi que había algo más, casi pude sentir que estaba allí por una razón que se me escapaba, y que tenía que averiguar.
Y, al volverme hacia Nadia, pude ver que ella anhelaba que aceptara también. Porque estaba convencida de que Joan y lo que él representaba eran LA VERDAD. E, idiota de mi, una parte de mi ser me dijo que, desde dentro, cerca de ella, podría abrir sus ojos para que se diera cuenta de lo equivocada que estaba.
Así que simplemente asentí con la cabeza, fingiendo algo más de alegría de la necesaria con una sonrisa que debió parecer muy verdadera, pero era totalmente falsa, y de esa manera, casi sin poder controlar mi decisión, me vi impulsado hacia algo que aún no me podía imaginar.

mayo 09, 2005

Día Dieciocho



Ni que decir tiene que, mientras Nadia conducía entre las luces palpitantes de la ciudad, en una de esas noches en las que todo el mundo parece haberse puesto de acuerdo para salir a cenar, a tomar una copa, a bailar o a lo que sea, yo no podía hacer otra cosa que no fuera mirar fijamente al frente, sentado a su derecha, absorto, recordando las palabras que BMW pronunciara minutos antes e intentando encontrar entre sus frases nuevas pistas que me llevaran, que me permitieran adelantar los acontecimientos que se precipitaban hacia mi esa noche.
Fuimos a un restaurante, La Gava, que por supuesto, como yo suponía, se salía mucho de mi presupuesto, no así de el de Nadia, que había reservado una romántica y alejada mesa, al lado de un inmenso ventanal que nos permitió observar, mientras cenábamos, la bahía iluminada por las luces de la costa y la inmensa luna que esa noche parecía otearlo todo.
Nadia estuvo extremadamente amable y cariñosa. Y yo me sentía extraño e incluso algo malvado fingiendo que nada malo me ocurría, cogiendo su mano sobre la mesa y acariciándola, perdiéndome en sus ojos brillantes, casi dejándome llevar por el ambiente que nos envolvía. Pero no era así, y eso me suponía mentir a alguien que, de momento, no había hecho nada que me hiciera pensar que se merecía mi engaño. Sólo tenía la palabra de un desconocido, que se había referido a ella como "esa señora y su grupo de amigos". ¿Qué grupo de amigos? ¿Qué había hecho Nadia y qué había en su ordenador que mereciera una investigación del Gobierno?.
Mientras la velada y la cena avanzaban, me di cuenta de que Nadia iba llevando la conversación hacia un terreno inesperado para mi. Al principio supuse que lo hacía para ayudarme a olvidar la reciente muerte de mi padre, intentando introducir en nuestra conversación un tema trivial, pero poco a poco me fui dando cuenta de que ese tema trivial no lo era tanto. Comenzó hablando de lo importante que era nuestro trabajo en SegCom, sobre todo para las familias que necesitaban algún tipo de seguridad en este extraño principio de siglo que les había tocado vivir, y lentamente la conversación terció hacia la estructura familiar clásica, cada vez más dañada por el paso del tiempo, y a su vez ésto derivó hacia la manera de hacer política en nuestro pais en los últimos tiempos, y poco a poco me vi envuelto en una disertación sobre el camino andado por nuestro pais en los últimos años, la mano dura que parecía iba a emplear el gobierno conservador pero que al final se había quedado en nada y, peor aún, la llegada de un grupo de liberales de izquierdas al gobierno.
Todo esto podría pasar simplemente por una conversación trivial, pero no había trivialidad en las palabras de Nadia. Sentía como si me encontrase ante una persona diferente. Seguía viendo la dulzura, estaba aún allí, pero había otra capa, y esta capa envolvía una especie de deseo de rebelión ya no contra la sociedad, sino contra el mismo sistema en que nos encontrábamos. Un posicionamiento que parecía no distinguir entre conservadores y liberales, entre derecha e izquierda, sino que iba un poco (o un mucho) más allá.
Sin darme cuenta, quizás empujado por las palabras de BMW, por la curiosidad, por un deseo innato de saber hacia donde me estaba llevando todo aquello, yo asentía ante sus palabras, fingiendo estar de acuerdo con aquella inesperada postura, aquella revelación, y ésto parecía animarla a seguir hablando, usando términos como "cobardes, rojos, uso fraudulento de la democracia" y alguno que otro más. Y yo asentía, fingiendo una vez más.
La cena se terminó casi sin que me diese cuenta. Yo estaba fascinado ante la mujer que tenía ante mí, ante la que parecía ser una nueva mujer. Nadia, contenta y animada con mi postura, me hizo un guiño mientras me invitaba a levantarme.
"Vamos a conocer a alguien", dijo.
La seguí a través del comedor. Los otros comensales ni se inmutaron. Cruzamos el elegante restaurante hasta llegar a unas cortinas rojas, que Nadia apartó ligeramente. Tras ellas, una puerta oscura. La puerta se abrió. Nadia parecía disfrutar con aquello. Yo comenzaba a sentirme extrañamente impaciente. Caminamos por un estrecho pasillo. Al fondo, otra puerta, entreabierta, y un ligero murmullo al otro lado.
Lo primero que vi, al abrirse la puerta, fue una reproducción de La Cruz que mi padre me entregara, y que colgaba alrededor de mi cuello, esta vez clavada en una pared, presidiendo una ovalada mesa, en la que permanecían reunidos una veintena o más de hombres y mujeres. La luz era ténue y cálida. Se hizo el silencio cuando entramos en la estancia. Sentí como Nadia cerraba la puerta a mis espaldas. Al irse acostumbrando lentamente mis ojos al cambio de luz, comencé a distinguir más claramente las figuras que permanecían alrededor de la mesa. Todos hombres y mujeres ejecutivamente vestidos. Y reconocí inesperadamente a algunos de ellos. Sus caras me sonaban. Les había visto en los pasillos de SegCom.
Presidiendo la mesa, un hombre de unos cincuenta años, cabello cano y arrugas marcadas, ojos negros, pequeños y penetrantes, alto y fuerte.
Nadia me invitó a caminar, y yo, mirando de reojo a los presentes, intentando aparentar confianza, caminé con ella a mi lado, hasta llegar a la cabecera de la mesa. No podía dejar de mirar a aquel hombre. Nadia le saludó con un ademán algo vago, y nos presentó. Se llamaba Joan.
Fue entonces cuando reparé en la persona que estaba sentada a su lado, mirandome fijamente, sin atisbo de emoción en su rostro. Desentonaba un poco, pero aún así estaba afanadamente vestido para la ocasión, con una chaqueta negra y una camiseta blanca debajo.
Carlos.

Día Diecisiete



Es fácil darse cuenta de algo cuando lo tienes delante. O cuando alguien te lo explica, incluso aunque no lo haga con absoluta claridad. También es fácil de reconocer, si alguna vez lo has sentido de verdad, lo que es el miedo. Y yo no lo sentía en aquel instante, ni tan siquiera cuando, sin mediar palabra, aunque echando un rápido vistazo experto a mi apartamente, el hombre al que a partir de ahora me referiré como BMW entró, cerró la puerta a su paso y se quedó plantado frente a mi. Yo me sentía en tensión, preparado para cualquier cosa. Por mi cabeza únicamente pasaban recuerdos de los últimos días. El correo recibido, enviado desde el ordenador de Nadia, la desaparición de Carlos, la muerte de mi padre o incluso el haber conocido y establecido un principio de relación con la mismísima Nadia. Pero todo aquello, de alguna manera, parecía conducirme hasta aquella noche, hasta aquel preciso instante.
BMW introdujo la mano dentro de su gabardina y extrajo de ella una cartera. La abrió y me mostró la documentación. Aunque únicamente con aquel gesto yo ya empezaba a aventurar algo. El carnet lo decía bien claro, y desde luego, sin ser yo un experto, parecía auténtico.
Ministerio del Interior.
El Gobierno.
En unos instantes, me encontré sentado frente a aquel hombre, separados únicamente por la mesa de mi pequeño salón, con su cartera abierta y su imagen mirándome desde la fotografía de su carnet. Todo aquello suponía un buen número de preguntas.
"Intentaré responderlas a la mayor brevedad posible", me dijo, mientras dejaba su teléfono móvil sobre la mesa, al lado de la cartera. "No tenemos mucho tiempo".
¿No teníamos mucho tiempo?
A partir de aquí, intentaré reproducir de la mejor manera posible la conversación, mas bien explicación, que mantuvimos durante algunos minutos.
BMW:"Todo esto empezó hace algo más de un mes, cuando un agente de nuestro departamento consiguió introducirse, aprovechando una auditoría del departamento de Servicios Financieros, en SegCom. Usted ya sabe de quién le hablo. Marcos Molina. Un expecialista informático de primera linea. Su objetivo era recopilar toda la información posible sobre algunas de las personas que trabajan en SegCom. Prioritariamente, sobre Nadia Senén, a quién usted conoce...digamos que bastante bien. Pero no se engañe. Si eso es así, es porque así lo ha querido ella. O sus superiores. En cualquier caso, la organización a la que ella y otros en SegCom pertenecen. Pero de eso hablaremos más adelante. Lo importante es que, como descubrió Molina a medida que pasaban los días, la clave para investigar a esta señora y a su grupito de amigos estaba en su ordenador portátil. Cómo cambiarlo era sumamente arriesgado, Molina optó por hacer una copia idéntica del mismo. Y cuando digo idéntica, digo literalmente un clon del ordenador. Todos sus programas, sus contraseñas, sus sistemas, hasta el más mínimo detalle. Fue entonces cuando le descubrieron. A la desesperada, intentó avisar a sus contactos a través de un correo electrónico. Por desgracia, hizo el envío desde el clon del ordenador de Nadia Senén. Como resultado, el mail no fue recibido únicamente por nosotros, sino también por ese grupo de "socios" de Nadia...y por usted y su amigo Carlos entre otros".
Eso planteaba aún más preguntas. BMW no dejaba de mirar de reojo a su móvil. Y yo no iba a dejar de preguntar ante aquella nueva información.
BMW: "Es cierto. Carlos creyó que el mail había sido enviado desde el ordenador de Nadia. Ésto fue así porque hizo un trazado de la ruta desde dentro de la red de SegCom, y el resultado es que la propia red fue engañada, creyendo que se trataba del ordenador de ella y no del ordenador clonado.
Aún me quedaban un ciento de preguntas por plantear. ¿Dónde estaba Molina? ¿Qué hacíamos Carlos y yo en la agenda privada de Nadia? ¿Qué hacía BMW en mi casa aquella noche? ¿Dónde estaba Carlos? ¿Qué significaba o era La Cruz? ¿Qué relación tenía mi padre con ella?
En aquel momento sonó el móvil. BMW lo cogió y habló apenas unos segundos. Lo colgó y se lo guardó, y la cartera también. Después, su gesto cambió.
BMW: "Escúcheme bien. Sé que tiene un montón de preguntas más. Todas serán respondidas. Se lo prometo. Pero ahora no. Nadia Senén está a punto de llegar. Esta noche le llevará a un lugar importante y ocurrirá algo. Es SU método. Y después le plantearán una pregunta. Usted sabrá que pregunta es. Tiene que responder que sí. Es importante. Tiene que confiar en mí. Por favor."
Y, como había entrado, desapareció. Me quedé como un tonto mirando la puerta sin saber qué hacer. Las preguntas seguían en mi cabeza, bailando, sin poder controlarlas. En aquel instante sonó el portero.
Era Nadia.

mayo 06, 2005

Día Dieciséis



La gloria que tiene un buen entrenamiento es efímera. Al día siguiente, en cuanto uno se dispone a volver a entrenar, lo primero que hace es mirar el cronómetro en la muñeca, con la marca del día anterior, esa marca que tanta satisfacción te ha dado unas horas antes...y ponerlo a cero nuevamente. Y vuelta a empezar. Aunque, mientras entrenas, sabes que hubo una vez en la que superaste tu propia marca, y si puedes hacerlo una vez...puedes hacerlo cuando quieras.
Hoy he enterrado a mi padre. Al viejo don Manuel. Sin honores, sin recuerdos apenas. Su imagen se me presentaba, mientras los que allí estábamos escuchábamos el murmullo del viento y las palabras, como siempre poco apropiadas, del sacerdote, como una fotografía antigua. Y sólo guardo y guardaré en mi memoria sus ojos en el instante de su muerte.
Nadia ha estado discretamente alejada de mi, y de los familiares que me rodeaban. Nunca he sido un tipo especialmente familiar, y los primos, tíos, parientes lejanos de ambas ramas de la familia, me parecían tanto o más desconocidos que el cadaver que pronto descansaría bajo tierra.
Es curioso cómo precisamente ese es el instante en el que uno es consciente de la realidad. Sea alguien querido o alguien a quién apenas conocías, el instante en el que el ataud desaparece de la vista de los presentes es el instante definitivo. Se acabó. Se ha ido. Para siempre.
Y justo en ese instante, mi mano se ha ido, como impulsada sin control, hacia La Cruz que descansa sobre mi pecho.
Sigo sin saber nada de Carlos. Parece como si, maldita coincidencia, se lo hubiera tragado la tierra. Al abandonar el cementerio, después de algunas inevitables frases tópicas a modo de pésame, Nadia se me ha acercado. Hemos quedado para esta noche. Me recogerá en mi apartamento. Dice que me ha preparado una velada que no olvidaré, que me levantará el ánimo, y que es la velada con la que ha soñado desde que supo de mi existencia.
Mientras caminaba por la calle, en una tarde soleada y tranquila, aflojándome la corbata y echándome la chaqueta sobre el hombro, no he podido dejar de pensar en sus palabras. Nadia siempre elige la frase o el término correcto y necesario. En cualquier momento. No ha dicho "desde que te conocí" o "desde que comencé a sentir algo por ti", ni nada parecido.
"Desde que supe de tu existencia".
La frase ha seguido en mi cabeza mientras mis pasos me llevaban hasta el apartamento de Carlos. He llamado al portero. Nada. Unos vecinos han salido y he aprovechado para entrar. Pero ha sido tiempo perdido. Varios timbrazos y nada. He vuelto a llamarle al móvil. Nada.
Ahora ya puedo decir que ha llegado el momento de preocuparse.
Presiento, mientras me ducho, mientras miro mi móvil y de vez en cuando vuelvo a llamar a Carlos, mientras me preparo para esta noche, que algo va a ocurrir. Conozco mis presentimientos. Ese cosquilleo, esa sensación. Una velada especial, una noche diferente. El momento. Sé cuando algo va a cambiar.
Y Nadia lo va a cambiar...todo.
Justo en ese instante ha sonado el timbre de la puerta. Me he mirado en el espejo, intentando animarme con una fugaz sonrisa. Confiando en que, sea lo que sea que traiga la noche, será mejor que el día que ya se acaba.
Sin pensar he abierto la puerta y ahí estaba, frente a mi. Inesperado. Mirándome, quizás con una pequeña sonrisa en sus labios. Pero con aire firme y decidido. Y yo, sin saber qué hacer o qué decir, sin poder moverme, sin casi capacidad para reaccionar ante su presencia.
Así que, apartándome casi, ha entrado en silencio, sin dejar de mirarme, y ha cerrado la puerta a su paso.
El hombre del BMW negro.


mayo 04, 2005

Día Quince


No deja de ser curioso como la vida te da siempre algo a cambio de algo.
Hoy por la tarde he tenido el mejor entrenamiento de mi vida. El mejor tiempo en 10 km. ¿No parece tener mucho sentido, verdad?. Lo único que he hecho durante el día ha sido ocuparme del papeleo que una situación como ésta conlleva, y entrenar. No he intentado dormir, ni descansar, ni nada por el estilo. Y, sin embargo, he hecho 12 km en 50 minutos. Nunca antes había conseguido llegar hasta ahí. Bien es cierto que no pensaba, ni siquiera sentía mi respiración. Mi mente no estaba allí. Si alguien me dijera que un par de coches han estado a punto de atropellarme o algo por el estilo le contestaría que sí, que seguro, pero que yo ni me he enterado. Mientras corría, y por lo que dice el cronómetro, más rápido de lo normal, únicamente podía pensar en don Manuel, ahora ya sin el tono sarcástico que siempre le había puesto al "don". Simplemente Manuel, mi padre, fallecido hace unas 24 horas. Y al pensar en él he pensado en mi madre, a la que echo de menos más de lo esperado.
El ordenador de Nadia. El ordenador de Nadia...¿Porqué no puedo dejar de pensar en eso?
Mañana será el entierro. Me he pedido unos días libres en la oficina. Y le he enviado un mensaje a Nadia, contándole lo ocurrido. Me ha contestado que está disponible para lo que sea, y que mañana irá al entierro, por la tarde.
También he intentado contactar con Carlos. Pero en su extensión, en SegCom, no ha contestado nadie. Y su móvil estaba desconectado. Finalmente, aunque había hecho el firme propósito de no usar teléfonos fijos, he llamado al de su apartamento. Nada.
Aunque hasta hace un par de semanas éramos algo parecido a buenos compañeros de trabajo, en estos pocos días ese "buen rollo" se ha ido transformando, hasta el punto de convertirse en una amistad más o menos sólida. De ese tipo de amistades de las que los hombres no solemos hablar. Somos amigos, estamos ahí, nos une una causa común. Nada más y nada menos.
Y entonces, sin poder contactar con Carlos, pensando en mis padres fallecidos, y cansado después del esfuerzo del entrenamiento, mientras me duchaba, me he sentido solo. Realmente solo.
Y al sentirme así, mientras me vestía, me he encontrado con el medallón en forma de cruz, de esa Cruz, imagino, a la que mi padre ha hecho referencia en sus últimas palabras, palabras que se me escapan, que no entiendo, pero que han sonado a advertencia. Y, sin saber cómo ni porqué, he cogido el medallón, extrañamente ligero y sólido, y lo he colgado de mi cuello.
Sorprendentemente, he dejado de sentirme solo.
Mañana me espera un día ajetreado. Odio los entierros, odio los cementerios, y sobre todo odio acostarme pensando en que mañana tendré un día que no me gustará tener.
Ha sido entonces, mientras, tirado en la cama, pensaba en el tema, cuando ha sonado el móvil. Era Nadia. Después de preocuparse por mi estado de ánimo y todo eso, me ha sugerido que este fin de semana será ella la encargada de planificar algo que me hará sentir mejor que nunca. Quizás eso sea lo que necesite. Quizás eso me ayude a no sentirme tan solo.
Sin saber cómo ni porqué, al oir sus palabras, la promesa de ese fin de semana "diferente", mi mano derecha se ha ido directamente a acariciar la Cruz que descansa sobre mi pecho.


mayo 03, 2005

Día Catorce



No conozco, nunca conocí a Marcos Molina. Ni siquiera sé si sigue vivo. Puede estar en cualquier parte. Puede que se encuentre en un hospital, recuperándose de lo que comunmente se conoce como un "derrame cerebral". Puede que nada de ésto esté ocurriendo y simplemente yo sea un tipo que piensa demasiado mientras entrena, que esta preparación que el maratón requiere haya retorcido mi mente, llevándola hacia alguna parte desconocida para mí hasta ahora.
Podría ser...pero no es.
Marcos Molina ha desaparecido. Marcos Molina, sea quien sea, escribió un mail, y Carlos y yo entre otros recibimos ese mail, y le hicimos caso, en vez de borrarlo. Y eso me llevó a conocer a Nadia, y porqué negarlo, a sentir por ella algo más que una simple amistad. Y esa amistad me impide pensar con claridad, porque si Molina la estaba investigando a ella, o a todo su departamento, o por extensión a la parte financiera de SegCom, que en una compañia de seguros es como decir al 99% de la misma, Molina encontró algo, y ese algo le obligó , en un acto desesperado, a enviar un correo electrónico desde su ordenador...
No, desde su ordenador no. Desde el ordenador de Nadia.
El Ordenador de Nadia.
¿Porqué, mientras corría esta mañana, no podía dejar de pensar en el ordenador de Nadia?.
Al llegar a casa, había un mensaje en el contestador automático. La estática y los ruidos extraños siguen en el teléfono, por eso apenas lo uso. Ya no sé si se trata de mi imaginación o de algo real. Sólo sé que no puedo confiar en que esos ruidos no signifiquen algo.
Era del Hospital. Mi padre estaba empeorando.
Me he duchado, y he comido algo antes de partir hacia allí. La enfermera estaba con él en su habitación. Me saludó con gesto dolido al verme entrar y se despidió, dejándonos a solas. Me costó un buen rato reunir el valor suficiente como para sentarme a su lado. Permanecía en silencio, apenas perceptible su respiración, con la mirada perdida en el techo de la estancia. Sus ojos, vidriosos y casi vacíos de vida, parecían buscar sin moverse algo que no estaba precisamente allí.
Y entonces habló, sin mirarme.
"La Cruz, dijo. La Cruz viene a por ti".
Al principio, no sabía exactamente qué había dicho, o si le había oido bien. Pero su cabeza comenzó a volverse lentamente, hacia mi, y sus ojos vacíos de vida se clavaron en los míos. Su mano derecha se movió con dificultad, se introdujo en dirección a su pecho y, con un gesto de inesperada fuerza, arrancó de su cuello una cadena plateada. Con el puño cerrado, sin dejar de mirarme, alargó la mano, y cogiendo mi mano derecha, dejó en ella aquello que acababa de arrancarse del cuello.
"Esa mujer es La Cruz, hijo mío"
Fué la primera y la última vez que le oí referirse a mí como "hijo mío". Y fueron sus últimas palabras. Su mirada se quedó en mí mientras exhalaba un último suspiro. Bajé la mirada hacia mi mano, y en ella vi el elaborado medallón con la forma de una cruz, descansado sobre mi palma.
Y, sin poder dejar de mirar aquel inesperado e incomprensible regalo, sus palabras siguieron repitiéndose en mi interior.
"Esa mujer es La Cruz..."





mayo 02, 2005

Día Trece



Soy bastante aprensivo. Muy aprensivo. Y algo hipocondríaco. Cuando tengo que visitar a alguien en un hospital, suelo pasarme la mayor parte del tiempo mirando por la ventana de la habitación, al exterior. Y ese olor en los pasillos.... Me gustaría no ser así, y con el tiempo lo voy superando, pero en ocasiones, quizás porque tengo un mal día o, como últimamente, unos días bastante extraños, todo eso me puede.
A primera hora de la mañana me ha llamado la enfermera que cuida a don Manuel. Mi padre ha tenido uno de sus ataques. Lo olvida todo, incluido quién es él, y pierde las fuerzas. Su cuerpo queda como muerto, y es necesaria atención médica urgente. Así que ella ha llamado a la ambulancia, y yo he tenido que salir corriendo (no literalmente) hacia el Hospital.
Antes de salir de casa he observado el monitor de mi ordenador. La webcam aún enfocaba la calle. El BMW negro no estaba allí. Había un último mensaje de Carlos en el mesenguer: "Te veo después de comer en la entrada principal de SegCom. No quiero que nos vean hablar dentro del edificio".
Cuando llegué al Hospital, mi padre se había estabilizado. He permanecido a su lado un par de horas, sentado al lado de su cama. El médico que lo ha atendido, un hombre joven y de aspecto confiable, ha recomendado que permanezca un par de días allí, bajo observación. Con frases veladas, pero sinceras, me ha dado a entender que queda poco tiempo. Es algo que sé desde hace meses. Me gustaría sentir piedad por él, y en cierto modo la siento, pero supongo que no de la misma manera que se siente hacia un ser querido, al menos hacia alguien que se quiere al 100% y sin reservas. Han sido demasiadas cosas, demasiadas ausencias sobre todo, en estos años, como para permitirme sentir algo más que no sea un poco de lástima.
Aún sí, le he observado, allí, carcomido por la vejez. He recordado sus fotos, las que mi madre me enseñaba de vez en cuando. Ha sido un hombre fuerte. Duro. Nada de eso queda ya. Solo un pecho que respira con dificultad, la piel blanquecina, el silbido en los pulmones...Ya no queda nada más que eso.
He vuelto caminando hacia SegCom. Absorto en mis pensamientos. Recordando, o quizás debería decir mejor buscando recuerdos que no existen. Eso ha sido lo peor de todo. Los momentos que podrían haber sido y no fueron. Y, de repente, me he encontrado comiendo con Nadia y hablándole de todo ésto. De mi vida, de mi madre fallecida, de mi padre que ha sido un cabrón y que ahora es un cabrón enfermo. Ha sido la primera vez que hemos tocado el tema, y ella se ha mostrado en todo momento tranquilizadora y comprensiva. Ha tomado mi mano y ha escuchado mi historia, mis recuerdos que no lo son, asintiendo, sonriendo a veces. Y por primera vez he visto en su rostro una nota de melancolía . Y, porqué no, me he sentido más unido en ese momento a ella que en todo el largo, frío y cálido fin de semana.
Ahora sé que ella no tiene nada que ver con todo ésto. Y en ese mismo momento decidí que sería lo primero que le diría a Carlos. Que ella tenía que ser informada de que algo había ocurrido, y de que estaba seguro de que nos ayudaría, quizás con información valiosa, quizás aportando un nuevo punto de vista en esta extraña y curiosa investigación.
Por desgracia, esta idea de "loco medio enamorado" tendrá que ser pospuesta. Carlos me esperaba en la entrada de SegCom. Hemos cruzado la calle, hacia el parque que hay enfrente, en donde se reune mucha gente joven, estudiantes universitarios en su mayoría, a la hora de comer. Y allí, algo alejados del edificio, sentados en un banco, me ha mostrado un listado, extraido de la red de SegCom la noche anterior a altas horas de madrugada, mientras veía como el BMW negro se alejaba de mi calle, al mismo tiempo que despuntaba el alba sobre la ciudad.
Un listado de los quince trabajadores, eventuales y fijos, de SegCom, que desde el lunes siguiente a la llegada del correo electrónico, no habían vuelto por la empresa. La mayoría, porque se les había terminado el contrato eventual. Tres de ellos porque habían enfermado de gripe, y ya se habían reincorporado. Y uno, solamente uno, permanecía sin reincoporarse debido a un accidente vásculo-cerebral.
Marcos Molina.
"Es nuestro hombre", afirmó Carlos con absoluta convicción. "Fíjate en el trabajo que estaba haciendo".
Al parecer, el tal Molina trabajaba para una rama de SegCom dedicada a las auditorías de departamentos. A él, en concreto, le habían encargado la auditoría de Servicios Financieros.
"Y todos sabemos quién es el máximo responsable de Servicios Financieros", me recordó Carlos.
Definitivamente, no ha sido mi día.

mayo 01, 2005

Día Doce



Dos días pueden no caber en doscientas páginas, o en doscientos diarios, o en dos mil Blogs. Y no voy a pretender ir más allá de unas pocas letras. En estos momentos, estoy demasiado preocupado, demasiado confundido como para ir más allá de unas breves anotaciones.
Nadia me tenía una sorpresa preparada. Había cambiado mi reserva en el hotel por una cabaña, solitaria y aislada, en plena sierra. Un alquiler en el paraiso. Dos días rodeados de nieve, de riachuelos convertidos en hielo, viendo amanecer y anochecer. Lo increible de todo ésto ha sido que me haya dado tiempo a entrenar durante esos dos días. Pero bueno, cuando lo llevas en la sangre, es casi como un muelle que te impulsa todas las mañanas. Y, allí afuera, perdidos en medio de la nada más blanca que haya visto en mi vida, me sentía a cada minuto más y más pletórico, cargado de fuerzas y de energía. Y, ademàs, llevábamos provisiones para una semana entera.
Los entrenamientos fueron casi perfectos. Lo otro, también. No recuerdo exactamente cuando ni cómo ocurrió, pero ocurrió, y ambos lo sabíamos desde que nos habíamos propuesto ir a pasar este fin de semana perdidos en medio de la sierra. Pero, aunque agradable y, para que negarlo, muy satisfactorio, no ha sido lo mejor del fin de semana. Poder pasear juntos, comer y cenar en cama, al abrigo de la chimenea, caminar entre la nieve...En fin, demasiado largo para ser contado y demasiado corto para no ser añorado.
Todo habría sido perfecto si no le hubiera visto a él.
La primera vez fue al volver del primer entrenamiento, el sábado por la mañana. Un punto lejano, una figura informe. Un hombre, alto, con gabardina, cabellos negros, al lado de un coche negro, un BMW. En lo alto de la colina, por encima de la cabaña, bastante alejado pero bien visible en medio de la blancura de la mañana.
La segunda vez, esa noche, mientras Nadia preparaba un baño. He salido al exterior. Anochecía. Aún se vislumbraba claridad a lo lejos. Y, en esa claridad, claramente dibujado, el BMW negro.
El domingo por la tarde dejamos la cabaña y, tras despedirnos y emplazarnos para mañana a la hora de la comida, Nadia me ha dejado en casa. Escribo ésto, como muchas noches, desde mi dormitorio. Y, desde aquí, sentado, mientras leo y releo lo escrito, me basta con mover ligeramente la cabeza para ver, desde mi ventana, el BMW, ahí abajo, en la calle, y la sombra que, en su interior, permanece inmóvil.
Acabo de llamar a Carlos. Después de llamarme loco e imbécil por haberme metido en este "fregao" con Nadia ("como tenga algo que ver, se te van a llenar los pantalones de mierda", ha dicho), se ha mostrado aún más preocupado por la presencia del tipo de la gabardina. Ambos hemos estado divagando un buen rato, conectados a internet, a través del mesenguer. Yo he tenido la idea de girar la webcam lo suficiente como para que él pudiera ver el coche al otro lado de la calle.
Carlos ha sido bien claro: "vete a dormir, que yo estaré vigilando. Si hace algún movimiento raro, te doy una llamadita". Se lo he agradecido. Ha sido un fin de semana agotador (no lo digo con segundas). El entrenamiento en la nieve, y a altitud elevada, es cojonudo, pero el cuerpo queda destrozado.
Intentaré dormir.
Aunque dudo que lo consiga.

abril 29, 2005

Día Once




Ayer me pasé casi todo el día descansando. La cabeza ha dejado de dolerme. Entrené un poco, pero apenas. No dejo de pensar en cómo diablos alguien pudo descubrir que yo estaría en casa de Carlos esa tarde.
Y hoy ha sido el día más extraño de mi vida.
Me he levantado recordando que este fin de semana había reservado habitación en un hotel de montaña a unos 200 km de la ciudad, en plena sierra. Las bajas temperaturas son ideales para entrenar la resistencia y por lo menos tres o cuatro entrenamientos cerca de la nieve (o en ella mismo) siempre son de agradecer. Los últimos acontecimientos me lo habían hecho olvidar. En cualquier caso, siempre puedo cambiar la reserva para otro fin de semana...pero me apetecía realmente ir hasta allí. He estado en otras ocasiones. Y se trata de un lugar simplemente maravilloso.
Carlos me ha mostrado con evidente satisfacción, mientras llegábamos juntos a nuestras mesas, lo que sospecha que ocurrió. Disimuladamente, mientras fingía mostrarme unos documentos, ha señalado hacia el techo de la planta en la que, junto con otros diez compañeros, desperdigados, nos encontrábamos. Apenas perceptibles, en las esquinas. Allí están. Pequeñas, diminutas cámaras de seguridad. Según dijo Carlos, estan por todas partes. En la cafetería, en las plantas, en la entrada del edificio, en los ascensores...
No he podido dejar de pensar en ellas durante toda la mañana. Nunca antes me había sentido vigilado, al menos no de esa manera, no constantemente, no durante tanto tiempo. Hasta he buscado alguna en los lavabos. Pero ahí no parece haber ninguna. Y digo parece porque....
Carlos me ofreció comer juntos, pero yo ya había quedado...con Nadia. No parece haberle molestado. Pero en su mirada había una petición de cautela. Mantener las distancias. No sé que pensar al respecto. Cuantas más vueltas le doy, más tengo la sensación de que ella nada tiene que ver con todo este asunto.
Algo ocurrió en SegCom durante el fin de semana. Alguien , desesperado, encontró como única alternativa enviar un correo electrónico. Y tomó el primer ordenador portátil que pudo encontrar. El de Nadia. Tiene que haber ocurrido de esa manera. Pero entonces, ¿porqué no puedo dejar de pensar en la mirada de Carlos?. Cautela. Cautela. Cautela.
Comer con Nadia es cada vez más agradable. Ella procura no nombrar apenas el trabajo. Sabe que yo estoy aquí por la gente, por el contacto con el público, y diría que eso le gusta cada vez más. Me ha preguntado, veladamente, en qué suelo invertir los fines de semana aparte de mis continuos entrenamientos. La idea de que me esté preparando para un Maratón parece haberla entusiasmado. O casi.
Sin saber cómo ni porqué, me he encontrado contándole lo del hotel en la sierra, lo del entrenamiento en nieve. Y, lo juro, la mirada se le iluminaba mientras yo iba entusiasmándome al hablar del pequeño hotel. Nadia sabe lo que quiere, y tiene la seguridad suficiente como para pedirlo...o cogerlo.
Así fue, supongo, como me propuso que nos fuéramos este fin de semana a la nieve. Como dijo mientras medio sonreía : "para rellenar los huecos entre carrera y carrera".
Y así fue como yo, casi sin pensarlo, dije que sí.

abril 28, 2005

Día Diez



Siempre he odiado la violencia. Con esto no quiero decir que no haya perdido los nervios alguna vez. O algunas veces. O que no haya visto Rocky, o que no me guste Doce del Patíbulo. Sé, no soy tonto, que es algo inherente al ser humano. Está ahí. Tenemos que convivir con ella. Pero suelo contar hasta diez. O cien, si estoy realmente cabreado.
Recuerdo que de pequeño, en el colegio, me peleaba a menudo. Y aún siendo adolescente pasé algún tiempo, una fase, una etapa, supongo, buscando bronca con los compañeros del barrio. Eran otros tiempos, otra época...otra mente.
A veces me cabreo cuando voy corriendo y alguien me mira de mala manera, o no se aparta un poquito, cubriendo orgullosamente la acera y casi impidiéndome el paso. Pero siempre encuentro un hueco para seguir corriendo. Siempre.
Quizás la razón por la que, en estos últimos días, haya llegado a obsesionarme con ese extraño mail es porque huelo, presiento, intuyo la violencia. Intuyo algún tipo de daño, presiento que las cosas no van bien para alguien...huelo "el otro lado".
Y finalmente, he tenido la confirmación.
Cuando me desperté, Carlos estaba frente a mi, y yo tumbado en el sofá de su apartamento. Me miraba con aire preocupado, pero sonreía. Había oido el golpe contra mi cabeza (por cierto, vaya dolor , desde la nuca hasta la mitad de la espalda y en las cervicales), y había oido, ya con mucha más claridad, el impacto de mi cuerpo contra el suelo. Todo, frente a su puerta.
"Alguien te ha tendido una trampa, está claro", concluyó Carlos. Pero tenía que ser alguien que sabía que yo le visitaría, alguien que supiera que estábamos citados en su casa. Y eso era imposible, sencillamente porque nos habíamos citado a tenor del mensaje que él me enviara a mi móvil. Nadie podía leer ese mensaje. Nadie.
"En eso te equivocas, como hemos podido comprobar. No te envié el mensaje al móvil por pura casualidad. Podría haberte enviado un mail, pero ambos sabemos que algo ocurre con el correo en SegCom. Ahora, podemos asegurar también que algo ocurre a nivel de vigilancia".
¿Vigilancia?.
Carlos me había enviado el mensaje de texto a propósito. Quería comprobar si realmente yo o él o ambos estábamos siendo vigilados. Pero sabía que no existía o al menos el no conocía la tecnología que permitía interceptar un mensaje de móvil a móvil. Así que, si alguien había golpeado mi cabeza frente a la puerta de su apartamento, es que ese alguien había leido el mensaje y sabía que yo estaría allí...
"Claro que lo sabía", concluyó Carlos mientras golpeaba la palma de su mano izquierda con el puño derecho. "Y mañana mismo te mostraré como".
Entonces supe que, si yo me había metido en aquel asunto porque estaba seriamente preocupado por alguien, por una persona, Carlos lo hacía porque disfrutaba del juego como pocos. Le encantaba ser el gato primero y después el ratón.
A mi, sinceramente, no me estaba gustando tanto. El golpe en mi cabeza sonaba a advertencia. Sabemos que estás detrás de ese mail "perdido". Sabemos quién eres. Y sabemos lo que haces en cada momento. Ellos parecían saberlo todo sobre Carlos y sobre mí.
Y yo no sabía nada.

abril 27, 2005

Día Nueve



¿Puede haber algo más delicioso que las fresas con yogur?. Sí, lo sé, los puristas dirán que las fresas con nata, por supuesto. Y yo lo respeto. Pero las fresas con yogur son tema aparte. La textura, de entrada, no tiene nada que ver. La fresa se "fusiona" con el líquido, entremezclándose sabores y texturas. Con la nata tenemos dos elementos diferentes que, aunque se unen en la boca, permanecen a distintos niveles en la copa. El yogur parece haber nacido para unirse a las fresas, de tal manera que, aunque lo conozcamos en solitario, incluso lo apreciemos en solitario, es con las fresas con lo que alcanza todo su esplendor.
A Nadia le gustan, le apasionan las fresas con yogur. ¿Es curioso verdad?
También le gusta que le hable de porqué estoy en SegCom. Ella se pasa la vida moviéndose entre números y más números, creando con otros departamentos nuevos productos que le resulten rentables a la empresa y a la vez puedan resultar atractivos a los clientes. Yo intento darles seguridad, encontrar aquello que es mejor para sus vidas, a veces incluso enviándoles a la competencia, cosa que he procurado no nombrar en nuestra charla mientras saboreábamos, despues de la comida, dos copas de fresas con yogur.
Pero Nadia se dedica al dinero. Llanamente, y aunque a mi me resulta triste, si hay algo que comprendo es que alguien tiene que tocar el trombón en la orquesta. No es mi instrumento favorito, no me entusiasma, pero hay docenas de piezas que aprecio en las que el trombón está presente. Pues eso es lo mismo.
Lo que sí he percibido es un brillo en sus ojos diferente, algo nuevo, cuando le he comentado porqué me gusta tanto mi trabajo en SegCom. Como si comprendiera mi, llamemosle "pasión" hacia el contacto con las personas.
Después de comer nos hemos despedido. A mi me quedaba media hora todavía, y ella tenía que volver a su despacho en el piso 23. Así que me he quedado un buen rato pensativo, observando la ciudad a través del gran ventanal de la cafetería. Ha sido entonces cuando ha llegado un mensaje a mi móvil.
Era de Carlos. Esa misma mañana, a primera hora, me había llegado otro, diciéndome que se había cogido un par de días libres para concentrarse en buscar y rebuscar en la red de SegCom. El mensaje de ahora me invitaba a pasar por su casa esta misma noche.
"Esto te va a encantar", terminaba en su última linea.
Conociendo el curioso humor de Carlos, decidí que tal vez aquella frase no fuese de todo cierta. Pero, como muy bien sabía él, picaba mi curiosidad. Cómo decir que no ante tamaña afirmación.
Así que esta tarde he ido a entrenar, sesión de velocidad, fuerte. Varias series. Todo el entrenamiento me ha llevado casi una hora y media, y después he tenido que recuperar, ducharme y comer una buena ración de pasta.
Carlos vive en un apartamento cercano a SegCom, un lugar pequeño, apenas decorado y extrictamente funcional. Una cama, tres ordenadores, una extensa biblioteca sobre temas informáticos y algo así como tres docenas de cajas de pizza que se amontonan cerca de la entrada. Sé todo ésto porque una vez, hace varios meses, me invitó a su apartamento para mostrarme una especie de videojuego que estaba diseñando, y me obligó a bajarle tres bolsas de basura.
Supongo que el apartamento está igual. No lo sé. Ni me dió tiempo a llamar a la puerta. Sentí el golpe en la nuca y todo se volvió oscuro.
Y, aunque apenas debieron pasar décimas de segundo antes de perder el conocimiento, recuerdo que sentí MIEDO.

abril 26, 2005

Día Ocho



Hace algún tiempo que no salgo con nadie. Bueno, he tenido que pararme a pensar cuánto tiempo hace, así que debe ser bastante. Cuatro meses. No sé exactamente la razón. He tenido bastantes relaciones en mi vida con el sexo opuesto. De todo tipo, o al menos de casi todos. Encontrar a alguien, entablar amistad, descubrir todo un mundo nuevo, ese mundo que estaba oculto a nuestros ojos, esos gustos extraños, esas aficiones, ese timbre especial de la voz, es casi casi como llegar en el Enterprise a un planeta nuevo y desconocido. Sabemos que habrá vida humanoide, que serán unos tipos parecidos a nosotros pero maquillados con "ligeros retoques", y sabemos que, en el fondo, tendremos cosas en común. La diferencia es que Kirk se pasaba el tiempo viajando de sistema solar en sistema solar para ligar con desconocidas y Picard lo hacía para entablar relaciones de otro tipo...al menos, en un principio.
No voy a negar que me sentía intimidado ante la idea de entablar, no una relación, dios me libre, aunque no negaré su atractivo, ese que los poderosos tienen en la mirada y en el gesto, con Nadia Senén, pero sí un acercamiento necesario para ir un paso más allá en...en lo que sea que me esté metiendo, dios mío.
Pero, como suele ocurrir en estos casos, el universo confabula para echarme una mano. Nadia estaba leyendo, mientras saboreaba un poco de arroz con trocitos de pollo y ensalada, una revista de viajes. Desde la barra de la cafetería, a pocos metros de ella, pude distinguir perfectamente el tema del viaje en si.
Nueva York.
Ahora me habría gustado elegir otra frase que no fuera un simplón "primera vez o pensando en volver", pero el caso es que resultó. Era su primera vez. Yo ya había estado. Qué más se puede pedir.
Hablamos durante casi una hora sobre Nueva York, sobre el Pier 17, sobre el Village, el Soho, la Quinta Avenida, sobre Woody Allen, Times Square, sobre sus gentes, sobre la experiencia. Tengo que reconocer que a estas alturas yo ya me había olvidado de cual era el propósito de todo esto. Simplemente me sentía cómodo con aquella mujer. Tiene la voz dulce, extrañamente dulce para tratarse de "una jefa", y una sonrisa algo melancólica. Sus gestos no parecen en absoluto amanerados o pretenciosos, y aunque se muestra muy segura de si misma, no parece una pose. Es o parece ser alguien sencillo que ocupa un puesto de relevancia.
Agradeciéndome la compañía y la charla, se ha despedido, y yo me he quedado pensativo durante un buen rato, intentando reflexionar sobre el siguiente paso a seguir. Hablarle del "exito" del primer acercamiento a Carlos parecía el siguiente movimiento, y eso decidí hacer al volver a mi mesa de trabajo. Había dos clientes esperando, así que simplemente he asentido con la mirada. Carlos me ha mirado con gesto divertido. Me gustaría saber qué coño significaba ese gesto.
Me he sentado frente al ordenador y lo he encendido.
Había correo.
"¿Comemos mañana y me sigues contando cosas de Nueva York?"

abril 25, 2005

Día Siete



Los lunes suelen ser días difíciles. Los lunes después de haberte quemado la vista y las neuronas buscando una combinación de letras en un buen puñado de folios suelen ser días agotadores. Los lunes en los que tu compañero de trabajo, el de la mesa de al lado, te hace señas constantemente para que te escapes con él a la cafetería, son simplemente exasperantes.
Carlos insiste en que algo tenemos que estar haciendo mal. Los dos. No es posible que, por diferentes caminos, ambos hayamos llegado a la misma conclusión. Sus datos, esos que baraja como quiere y con los que se siente vivo y feliz, le dicen que el mail fué enviado desde el portátil de Nadia Gutierrez Senén, Presidenta de los Servicios Financieros de SegCom. Pero ella no ha podido ser la persona implicada en todo este asunto. Primero, porque en el mail se podía leer claramente la frase "Y yo estoy aquí, encerrado". Y segundo, porque Nadia Senén ha cruzado por delante de la puerta de la cafetería tres veces mientras hablábamos, ha charlado con un par de jefes de esos que parecen llevar el palo de la escoba bien ensartado e incluso ha dirigido un par de miradas hacia la cafetería durante sus paseos.
Cómo dice Carlos, ella no puede ser, pero eso no quiere decir nada. Pueden haberle cogido el portátil en ese momento. Pueden haber enviado el mail desde su domicilio o desde SegCom. Las variables que intervienen son, sino innumerables, por lo menos bastante elevadas. Así que dicho esto, poco queda por hacer, al menos según Carlos.
Lo que Carlos no parece haber tenido en cuenta en su argumentación es que ya hace mucho tiempo que he olvidado qué significa darse por vencido. Si antes esa actitud era moneda corriente de cambio en la mayoría de los aspectos de mi vida, eso pasó a la historia. Sea como sea, una persona, probablemente un hombre, ha enviado un mail desde el portátil de una señora que es, por lo menos, alguien con capacidad suficiente para ponerme a mi, a Carlos y a media plantilla de patitas en la calle si se nos ocurre mirarla mal. Pero, que narices, si hay que correr un pequeño riesgo, que al menos no nos echen solamente por mirarla mal.
Las carreras no siempre las ganan los más veloces...sino aquellos que siguen corriendo.
Nadia Senén debe andar cerca de los cuarenta. Traje clásico a rayas, de ejecutiva, cabellos castaños, ojos grandes del mismo color, figura estilizada, fitness y ensaladas, juraría. Mandícula cuadrada y gesto decidido. Una mujer fuerte.
Lo de la ensalada lo he podido confirmar. Al pasar por delante de la cafetería, a media mañana, estaba comiéndose una en una mesa, al fondo, cerca de la gran cristalera que permite ver el perfil de la ciudad.
Carlos dice que me lo piense mejor, que él va a seguir buscando en la red interna de SegCom, que algo tiene que haber, algún rastro, algún detalle que se le haya pasado por alto.
Así que me lo voy a pensar mejor...mmm....Bién, ya está, una vez pensado mejor, he decido que mañana intentaré que Nadia Senén no coma sola.


abril 24, 2005

Día Seis



El domingo es el día en el que los "maratonianos" hacemos lo que se suele llamar "la tirada larga". Si durante la semana los entrenamientos no suelen sobrepasar la hora u hora y poco, el domingo es el día de llegar a las dos horas, más o menos. O más, dependiendo del momento del entrenamiento en el que te encuentres. Mientras que durante la semana se buscan objetivos específicos (velocidad, resistencia, cambios de ritmo), el domingo se busca simplemente conseguir "fondo". Aguantar corriendo cada vez un poco más.
Y es, claro está, el día en el que más tiempo tienes para pensar y darle vueltas a los acontecimientos de la semana en tu cabeza.
Tengo una amiga, una muy buena amiga, que odia el hecho de que mi vida transcurra de manera ordenada. Levantarme a una determinada hora, entrenar, desayunar siempre "ésto y ésto", sentarme con la taza de café frente al ordenador para leer mis correos, tomar mis notas en la oficina siempre en el mismo papel y no en otro, usar siempre la misma marca y modelo de zapatillas para entrenar, llevar siempre a las competiciones la misma camiseta, etc. Por no mencionar mis manias con la comida. Pasta solamente fresca, carne roja solo una vez a la semana, beber poca agua con la comida y mucha entre comidas, endulzar el café o el té únicamente con miel...y un largo etcétera, tan largo que ni yo mismo recordaría anotar aquí los pequeños detalles.
Durante algunos años, bastantes, muchos, mi vida fue un auténtico caos. Desde el momento en el que aquella lesión llamó a mi puerta, pasando por la búsqueda de un trabajo que me hacía ir a su vez de empleo en empleo, añadiendo mi poca capacidad para permanecer unido a una mujer más de, digamos, dos o tres semanas, hasta llegar a la frustración que todo aquello suponía en mi vida. Sencilla, simple y llanamente, viví en el CAOS. En casi todos los aspectos de mi vida. Pero llegado el momento, un par de años atrás, las cosas comenzaron a cambiar. No podría decir exáctamente cómo ni de qué manera, pero apareció SegCom, mamá falleció después de una larga enfermedad, mis constantes devaneos con el sexo opuesto trajeron consigo una larga lista de personas con las que podría haber tenido buenas o excelentes relaciones pero que se convirtieron en recuerdos vacíos, cuando no enemistosos, lo cual me hizo replantearme muy seriamente mi relación, ya no solamente con ellas, sino también con cualquiera al que poder llamar y tener por amigo....Y además de todo eso, volvieron los entrenamientos, casi al mismo tiempo que la figura de Manuel, mi padre. A veces pienso que para recordarme constantemente todo lo malo que hay en mí, y la posibilidad de superarlo.
Por eso, solamente le pude responder a esa buena amiga, a la que hace demasiado tiempo que no veo, que después de tantos años viviendo en ese Caos, era normal que mi mente buscase todo lo contrario. El orden, sino absoluto, cercano. El porqué. La razón. Todo encajando en Todo.
Por eso este fin de semana, no he hecho otra cosa, además de entrenar y descansar, que no fuera leer, puntear, anotar, tachar y releer los listados en busca de la combinación de palabras que formasen un nombre, un apellido, unas iniciales parecidas, semejantes o, porqué no, idénticas a Ngusen.
Nada de nada.
Bueno, nada de nada hasta que me he dado cuenta, casi al final del día, de que faltaban algunos nombres en esa lista. Están, desde luego, todos los empleados que tienen un ordenador, un terminal y una cuenta de correo propia de la empresa, con acceso a su vez a las cuentas de los demás empleados. Casi todos.
Siguiendo una corazonada, me he conectado a la página web de la empresa. Sabía que en el listado que Carlos había buscado e impreso para mi faltaban algunos nombres. Doce en concreto, los doce nombres que, en la página web de Segcom, aparecían, con sus respectivas fotos, al pulsar en el enlace Equipo Directivo.
Y, entre esos doce nombres, el de la Presidenta de Servicios Financieros.
Nadia Gutierrez Senén.


abril 22, 2005

Dia Cinco



La mejor manera que conozco para pensar sobre algo es mientras entreno. Mientras piso una y otra vez el asfalto, la hierba o la tierra, a veces la arena de la playa, en mi cabeza se entremezclan recuerdos, proyectos, inquietudes y convicciones. Y, cuando me quiero dar cuenta, llevo más de una hora corriendo y va llegando el momento de detenerse.
Hasta los 18 años, corría casi todos los días. Formaba parte del equipo de atletismo del Instituto, y era bastante bueno en distancias cortas, 100 metros lisos, 4x100 relevos y tal, pero las cosas se torcieron. En mis entrenamientos y en casi todo lo que puedo recordar. Tuve una lesión que me apartó de la velocidad, y prácticamente dejé de correr. Mi padre, al que todos en el barrio conocían por don Manuel, decidió que, después de muchos años, tenía que elegir entre su vida alternativa, la que había llevado mientras todo el mundo creía que sólo tenía una, y la vida que todos conocíamos. Y eligió la otra. Con otra mujer. Mamá y yo nos quedamos solos, y a duras penas conseguimos salir adelante. Pero mi madre era una mujer fuerte, y lo consiguió. Supongo que, si alguna vez llego a la meta, será precisamente por eso.
Terminados mis estudios, fui de trabajo en trabajo, en una empresa de mensajería, trabajo administrativo en otras dos o tres empresas, etc. Hasta que apareció SegCom. Aún hoy en día me sigo preguntando porqué SegCom. Evidentemente, está el hecho de que el trabajo me deja mucho tiempo libre. De 8 de la mañana a 3 de la tarde es un horario como para presumir de él. Y así puedo entrenar por las tardes, escribir estas anotaciones, etc. Pero en un principio, no fue esa la razón que inclinó la balanza hacia ellos. Lo mejor del trabajo ha sido y siempre será el contacto con la gente.
A una compañia de seguros vienen personas que buscan seguridad. Y tanto Carlos como yo (y otros muchos) somos casi su primer contacto con la empresa. Y les damos la seguridad que buscan. Y, en mi caso particular, incluso aunque eso implique enviarles a otra parte o perder un cliente. Esto es algo que, por supuesto, no saben del piso 10 para arriba, pero no me importa demasiado. Siempre he sabido que estaba allí, ayudando a los demás de la manera en la que yo sabía, por alguna razón.
Y así es.
En cuanto a mamá, después de su fallecimiento, hace un par de años, don Manuel volvió a aparecer. Su vida alternativa se había esfumado, y necesitaba un hombro sobre el que llorar y, ya mayor y cansado, alguien que le echara una mano. Yo tenía que haber aprovechado el momento para decirle lo que pensaba de él, y en parte lo hice, pero también vi en su rostro como el paso del tiempo indicaba lo avanzado de su enfermedad, sus continuos desvaríos y sus fallos en la memoria, así que contraté a alguien para que le cuidara y decidí, en la medida de lo posible, paliar aquellos estragos con algo de cariño y quizás alguna que otra sonrisa.
Y así fue como volví a correr despues de mas de 15 años sin haberlo hecho. Poco a poco al principio, muy lentamente, y sabiendo siempre que la velocidad ya no sería nunca más lo mío. Pero sí el fondo. Correr durante km y km, durante horas y horas, solos yo...y yo.
Son las personas las que me importan. En el trabajo, mis clientes, y cuando corro alguna carrera, todos esos rostros anónimos que aplauden, que nos dan ánimos a los que corremos, que nos entregan una parte de su tiempo con un "vamos, que ya queda poco", y nos sonríen y animan sin conocernos de nada.
Y de esa manera, recordando a esas personas, aquellas con las que trato casi todos los días, aquellos que se presentan en mi mesa de trabajo por primera vez, aquellos que me empujan con sus aplausos cuando queda menos de 1 km para llegar al final y la meta se ve aún muy lejana, pensando en todas ellas, fue como esta mañana me he dado cuenta de que hay una persona detrás de ese correo extraño, alguien que puede estar sufriendo, quizás alguien que haya sido herido, y eso me ha aterrorizado tanto como el hecho de haber oído extraños ruidos la noche anterior en mi teléfono. Aparte de haber decido usar únicamente el teléfono móvil, y prescindir del fijo hasta que ésto haya terminado, he hecho algo que espero nunca se sepa más allá de la planta 10 de SegCom.
He impreso un listado con los nombres de los casi 200 trabajadores de SegCom, extraido gracias a las hábiles manos de Carlos de la base de datos de la empresa, y me pienso pasar todo el fin de semana leyendo nombres sin parar. Porque mientras Carlos rastrea la red en busca de ese posible remitente, de su ordenador y de su lugar en SegCom, yo necesito hacer algo y, aunque sé que es dar palos de ciego, he llegado a la conclusión de que, quizás, con un poco de suerte "Ngasen@yahoo.com" sea una dirección de correo formada en parte por el nombre, o el primer o el segundo apellido de alguien de esa lista.
Queda un largo fin de semana por delante, tan largo como el camino que me ha llevado hasta aquí.

abril 21, 2005

Día Cuatro



Existen pocas cosas en esta vida tan agradables y necesarias como una comida fuera de casa. Puede tratarse de una cita, puede tratarse de una reunión de negocios, o simplemente de un banquete entre amigos. Da lo mismo. Lo importante es que "la celebración" vaya unida al hecho en sí. Por eso, quizás, resulte tan molesto cuando, por alguna razón, alguien deshace la magia de una buena comida o cena, porque al hacerlo, rasga sin piedad el tapiz sobre el que se está tejiendo un momento mágico.
Carlos y yo decidimos comer en La Lanterna. Queso provolone, enladada de endivias con plátano, spaguettis marineros, tortellini fungui porcini y fresas para rematar la faena. Y, entre plato y plato, acompañarlos de un delicioso Lambrusco. Carlos hubiera preferido comer venado, caza o similar. Pero sé que ha quedado más que satisfecho con la comida. Por descontado, hoy no habrá entrenamiento. Pero, como decía Hipócrates, de todo un poco, y de poco, suficiente. Básicamente, después de meses y meses de entrenamiento y carreras, he llegado a la conclusión más evidente. Si estás en el punto perfecto, nunca podrás mejorar. Y el mejorar es lo que impulsa la voluntad hacia una meta.
Carlos habló y habló durante casi toda la comida. Sobre Internet, sobre el mail recibido, analizándolo detenidamente, cosa que yo ya había hecho mentalmente durante mis entrenamientos. Desde el día en que lo recibí, sus palabras, sus pocas líneas, me han acompañado sin cesar, paso a paso. De la misma manera que, en otras ocasiones, las suelas de mis zapatillas han imitado a una goma de borrar, ayudándome a limpiar mis recuerdos de memorias ingratas, esta vez no han conseguido sino acrecentar mi obsesión sobre las palabras contenidas en el correo.
Así que, después de mucho divagar, hemos llegado a algunas conclusiones aventuradas, supongo que inspirados en parte por la buena comida y el buen vino. A la sazón, hemos concluido que: 1.-El mail fue enviado a más personas, probablemente a toda la libreta de direcciones del remitente; 2.- Se trataba de alguien desesperado. Si sus palabras son ciertas, estaba con su portátil, tecleando desde alguna habitación, armario o similar, procurando no hacer ruido; 3.- Por alguna razón, no pudo terminar de escribir su mail y pulsó la tecla de "Enviar" antes de lo deseado. Si ésto es así, esa persona está o estuvo en peligro en su momento, y puede que algo grave le haya ocurrido; 4.-Si Carlos y yo, dos personas que nos conocemos únicamente por llevar dos años trabajando juntos, y no tenemos amigos comunes, estamos en su libreta de direcciones, es probable que...se trate de alguien que está relacionado con nuestra oficina...con nuestro trabajo...puede que incluso un compañero entre los más de doscientos que trabajan en el mismo edificio de SegCom, la compañía de Seguros para la que trabajamos ambos; y 5.-Esto puede ser peligroso.
¿Qué hacer ahora? ¿Cuál va a ser el siguiente paso? De momento, tenemos que diseñar una estrategia a seguir, y Carlos dice que lo más seguro es intentar localizar exactamente el portátil desde que fue enviado el correo. Esto hace necesario rastrear todos los ordenadores de la sede central de SegCom...algo que le llevará todo el fin de semana, por lo menos.
Si negara que, mientras caminaba de vuelta a casa, pensativo, no me sentía a la vez orgulloso de haber llegado a las conclusiones a las que habíamos llegado, formando un interesante equipo, algo que nunca se me habría pasado por la cabeza...mentiría.
Hace un rato, antes de sentarme ante el ordenador, he recordado que ya iba siendo hora de telefonear a papá, para ver como le ha ido la semana. Hace tiempo que, al no convivir juntos, nuestra relación ha pasado del punto desagradable al "te tolero". Y hace poco tiempo que me he dado cuenta, precisamente, del poco tiempo que a él le va quedando. Y supongo que ejercer de buen hijo no restará puntos a mi opinión sobre él.
Ha sido entonces, al descolgar el teléfono para llamarle, cuando lo he percibido. El ruido. Estática. Ha durado tres o cuatro segundos, y se ha cortado bruscamente. Y, lo peor de todo, es que inmediatamente, lo primero que ha venido a mi cabeza ha sido el punto 5.

abril 20, 2005

Día Tres



Cuando Carlos dice mañana, normalmente quiere decir "lo conseguiré, pero no te impacientes". De la misma manera que hay personas que te cuentan una anécdota empezando con un "hace un par de días...", que normalmente quiere decir "el verano pasado...", Carlos se zambulle en un mundo desconocido para la mayoría de los mortales, un mundo basado en unos y ceros, en direcciones IP , en servidores, y en un montón de terminos que, aunque ahora, con la popularidad alcanzada por Internet, a muchos nos suenan, para él son el pan suyo de cada día, y para los demás, casi siempre algo lejano y desconocido, o en algunos casos, en el mío por ejemplo, términos familiares, pero tanto como esos familiares lejanos...como "ese primo de tu padre..." al que conocemos por fotografías y referencias.
Hoy he tenido un entrenamiento normal, tranquilo, suave. Llovía un poco, y al pasar por el bosque cercano a la playa, he visto una ardilla, subiendo por un árbol a toda velocidad, mientras un par de pájaros echaban a volar desde una rama, asustados quizás. Y, al ver a esa ardilla, apenas vislumbrarla, no he podido evitar, una vez más, como casi todos los días, recordar Central Park y Nueva York, por supuesto.
Las personas que viven en Nueva York, en su mayoría, la describen como el centro del Universo conocido. Y, para que vamos a engañarnos, probablemente tengan razón.
Nueva York me atrapó nada más pensar en visitarla. Y me atrapó como nunca antes, y no creo que después, lo haya hecho ninguna otra ciudad. Desde los músicos callejeros, desde los largos y tranquilos paseos por Central Park, desde el lujo de Tiffany´s, desde sus Deli´s, donde se puede comer cualquier cosa , desde cualquier parte y cualquier punto de la ciudad entre las ciudades, uno se siente libre, se siente parte de la vorágine, y sobre todo, se da cuenta de cuanto va a añorarla en cuanto tenga que volver a su ciudad. Porque, aunque todos queramos y amemos el lugar del que venimos, en Nueva York se encuentra todo eso que amamos en nuestras ciudades, y además, todo aquello que echamos de menos en ellas.
Por eso la echo tanto de menos, y por eso no ha pasado un solo día desde la visita, en el que no la recuerde de una u otra manera. Se te queda dentro, te atrapa, te captura, te echa el lazo y lo mejor de todo es que te gusta sentirte atrapado, porque necesitas, porque añoras ese perrito caliente, ese centro del mundo que es Times Square, y lo mejor, lo más sorprendente de todo, es que añoras a sus gentes, añoras cruzártelos todos los días en la calle, añoras, y esto sí que es inevitable, las calles de Nueva York. Y, si entrenarme para el maratón ocupa tanto tiempo en mi vida, en estos momentos, sé que más adelante, en algún momento, llegará la hora de volver a la ciudad entre las ciudades, y correr en ella su maratón, entre otras 30.000 personas, arropados todos por sus gentes y por sus calles.
Así que, corriendo y recordándola una vez más, transcurrió el entrenamiento de hoy, y cuando quise darme cuenta estaba sentado, una vez más, frente al ordenador, consultando el correo. Y, para mi sorpresa, el primer mail que llegó era de Carlos.
Tuve que leerlo varias veces, no para entenderlo, sino para asimilarlo.
Lo reproduzco literalmente:
"Querido Amigo: Me disponía a comenzar mi investigación y me he sentado frente a mis ordenadores, como hago todos los días. Pero, como es costumbre en mi, antes he consultado mi correo. Mis diversas cuentas de correo. Y, agárrate a la mesa, entre los mails del día anterior...estaba el mismo correo que tú recibiste. Así pues, los dos tenemos el mismo correo en nuestro buzón, y eso me lleva a pensar que, si no se trata de una broma, entonces esa persona, ese alguien, nos conoce a ambos, y a ambos nos ha pedido ayuda. Así que voy a seguir toda la noche dándole vueltas a este asunto, y mañana te dejo que me invites a comer".
Bueno, aunque una de las bases de cualquier entrenamiento para una maratón es el descanso y, sobre todo, dormir como mínimo ocho horas diarias, me pregunto cómo coño voy a hacer para dormirlas esta noche.


abril 19, 2005

Día Dos



Carlos trabaja conmigo. Él atiende a los clientes desde hace menos tiempo, y es un hacha en esto de Internet. Dicho así, parecería que se trata de un hacker en toda regla, uno de esos tipos que se pasa la vida bajándose cosas, rompiendo barreras, colándose en donde no debe y todas esas historias que siempre leemos u oimos sobre esos tipos que viven literalmente frente a su ordenador.
Pues sí, Carlos es uno de ellos.
Carlos nunca ha cuidado su alimentación, ni lo que se lleva a la boca. Fuma como un descosido, está tremendamente pálido y ojeroso, respira con dificultad, tiene un ligero problema de sobrepeso y cosas por el estilo. Y, por si fuera poco, tiene muy, pero que muy mala leche.
He imprimido el mail y se lo he enseñado. Pero eso no ha sido suficiente. Apelando a la suerte que supone tener contacto con alguien como él, decidí que lo mejor era pedirle su opinión, quizás su ayuda en lo que a este correo inesperado se refiere. Pero Carlos, hijo puta donde los haya, simplemente me respondió que de acuerdo, que bien, que vale, que lo haría, que necesitaba que le reenviase el mail, y por su cara, por la mirada que tenía cuando le mostré la hoja impresa, comprendí que, cuanto menos, estaba intrigado.
Pero claro, si todo fuera tan sencillo, la vida sería maravillosa, y esto no es así, al menos cuando de Carlos se trata. A cambio de darme alguna respuesta, alguna pista, algo, me hizo una petición muy simple. Literalmente, estas fueron sus palabras : "Si eres capaz de darme una razón convincente para prepararse para un maratón como tú lo haces, te echaré un cabo y te diré algo en menos de 24 horas".
Que bién.
Recuerdo la primera vez que participé en una carrera. Fué una media-maratón. 21 kilómetros. Llevaba varios meses entrenándome. Y recuerdo como me miraban los compañeros de oficina durante aquellos meses de preparación. Y recuerdo sus miradas al día siguiente de la carrera. Desde la admiración, pasando por la incomprensión, hasta el respeto. Y esas miradas, y sus actitudes correspondientes, han permanecido desde entonces.
Creo que la vida es una carrera contra el tiempo. Un perro vive de media unos doce años. Una ballena mas de ciento cincuenta, un humano alrededor de los ochenta. Cada uno tiene su propio "ritmo" en esta vida, en su vida. De la misma manera, una carrera, maratón, media maratón, entrenamiento, etc. , es a la vez una vida en unas pocas horas y una lucha contra el tiempo y el destino. Peleamos contra nosotros mismos para intentar llegar un poco más allá, para hacer un mejor tiempo, para darle la vuelta a la tortilla. Y, cuando lo conseguimos, cuando conseguimos terminar un maratón, o bajar un par de minutos con relación a la última carrera, nos vemos como alguien "que puede hacerlo". Vemos como la situación se transforma, pasando de un "no sé si podré" a un "puedo, y puedo mejorar un poco más".
Creo que esa es la definición del ser humano. Un poco más. Un poco mejor. Aprendiendo de los errores, limando y puliendo, luchando un poquito más. El maratón es una de esas últimas odiseas que quedan por cubrir. La montaña, la bajada del río salvaje, la distancia a recorrer...Hay que hacerla, hay que vivir, quizás sufrir un poco esa odisea, porque la montaña, el río o los 42 kilómetros están ahí.
Podría haber añadido todos los beneficios físicos y mentales que el ejercicio y el entrenamiento suponen, pero no fué necesario.
Carlos, con mirada orgullosa, por encima de su bolsa de Doritos, me ha dicho que mañana tendré noticias suyas.


abril 18, 2005

Día Uno



Ha sido una mañana dura. Desayuno, vitaminas, entrenamiento, más entrenamiento y después, casi al final, un poco más. Correr, variar de velocidad, sentir el cuerpo, sentirlo hablar, las historias que me cuenta en esa larga hora en la que estamos a solas, zancada tras zancada, paso tras paso. Antes me acompañaba del Ipod, pero la música me desconcentraba. Prefiero que estemos a solas, los dos, mi mente y mi cuerpo.
Aún faltan meses para el gran día. Pero Zatopec decía que un maratón era una carrera como cualquier otra, la única diferencia es que comenzaba en el kilómetro 30. O sea, que hay que aguantar esos 30 Km para después hacer los 12 restantes.
Al llegar a casa, y después de recuperar líquidos, de comer fruta, de tomar miel y de la deseada, anhelada ducha, me he sentado una vez más, como todos los días, frente al ordenador. Es otra rutina. Una rutina dentro de la rutina. Leo mails, escribo mails, contesto mails, todo antes de salir hacia la oficina.
No habría, o al menos yo no conocía, una razón especial para comenzar este Blog, una diferente a la rutina de todos los días, pero la hay. La hubo. Al abrir el correo esta mañana, entre todos los mensajes de listas de correos, de foros sobre atletismo, sobre cine, sobre la vida y sobre los que han escrito sobre ella, allí mismo, estaba el mensaje más escueto y extraño que he recibido nunca. Y esa es la razón de este Blog.

El remitente: "Ngasen@yahoo.com".

"Están detrás de la puerta. Los oigo. Su respiración. Sus pasos. Susurrando. Y yo estoy aquí, encerrado. Con el portátil. Nada más. Tecleo rogando a Dios que no me oigan. Por favor, este mail es para todos los que estáis en mi libreta de direcciones. Si "

Y nada más. El último "Si", ese "if" que me mira sin dejarme pensar en otra cosa que no sea él mismo, sigue ahí, y me tortura desde el monitor. Su libreta de direcciones. Su dirección. No la conozco, no le conozco, no sé nada salvo que el mensaje está frente a mi y no sé que hacer con él.
No sé que hacer.
Borrarlo?
O quizás analizarlo con más detenimiento cuando vuelva del trabajo.