Día Cincuenta y Cinco

Creo que fue entonces cuando comencé a comprender el alcance, el efecto que aquel estúpido accidente había tenido en mi cuerpo…y en mi mente. Que nadie se engañe. No es el cuerpo, mejor o peor entrenado, el que gana una carrera, el que resiste 40, 50 ó 100 Km. Por supuesto, es necesaria una cierta forma física, una alimentación, unos cuidados…pero es aquí dentro, en la cabeza, en donde todo alcanza un sentido, un fin, un objetivo, una razón de ser.
Y ahora, inesperada y repentinamente, yo no podía comprender cual era el objetivo, ni hacia donde me dirigía. ¿El futuro de la Humanidad? ¿El 32 de Diciembre? ¿Una profecía, un Libro que a saber de dónde venía? Nada tenía sentido. Al menor con Drezner a mi lado, con sus sabias palabras de apoyo, de amistad, de comprensión, me sentía seguro, fuerte, y aunque no comprendiera el fin último de todo aquello, sentía que había una buena razón para llegar a aquella extraña meta…fuera donde fuera y ocurriera de la manera que ocurriera.
Nada de eso se encontraba en mi camino ahora.
Nada.
Apenas pude entrenar media hora, y los pocos kilómetros que conseguí hacer fueron a desgana, con mi mente en el recuerdo del amigo fallecido y el dolor de su compañera, de Nadia…
No, no podía hacer nada.
Enterramos a Drezner al día siguiente, dos días después de su fallecimiento. Los pocos, no mas de tres docenas, que poblábamos aquel mundo perdido de la mano de la providencia, nos reunimos en lo alto de la montaña, sobre el pueblo. Una vista maravillosa, sí, un lugar por el que había pasado corriendo docenas de veces. Pero esa mañana, cubierto de una espesa niebla que apenas dejaba ver nada, se me antojaba la antesala del Infierno.
Joan pronunció unas palabras, algo que siempre se le ha dado muy bien. Retórica no exenta de cierta verdad, de cariño hacia aquella buena persona que ya no estaba. Hacia el AMIGO que se había ido. Nadia y yo permanecimos todo el tiempo al lado de Ángela, consolándola. La ceremonia se nos hizo breve a todos, y Joan encontró un momento para caminar a mi lado mientras descendíamos la ladera, de regreso al pueblo, envueltos en la niebla que espesaba como un manto de dolor.
Me preguntó por el entrenamiento, y le dije la verdad. No me sentía con ánimos de entrenar en aquellos instantes, no me sentía con ánimo de nada, y no podía asegurarle cuanto tiempo tardaría en volver a sentirme bien, en condiciones. Joan, evidentemente, se mostró preocupado. El tiempo pasaba. Faltaba un mes y medio para el Fin De Año, aunque no sabía que cojones quería decir eso realmente. Pero se notaba la impaciencia y el nerviosismo en su gesto. Cómo si algo se le estuviese escapando entre los dedos.
“No sé ni siquiera si podré volver a entrenar, o mantener la forma que he adquirido, hasta final de año, y menos aún sin la bebida que Drezner me daba”.
Joan me miró como si hubiese dicho una blasfemia. Y algo más.
Vi algo más, pero en aquel instante no podía saber aún que quería decir.
“Entonces todo está perdido”, dijo Joan mientras daba media vuelta y se encaminaba de regreso a su casa.
Y, ciertamente, así era como yo lo veía también.
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